Asesinos

Peter K. Albers
peterkalbers@yahoo.com

Una especie de desesperación siente uno cuando se entera de la forma como nuestros amigos y amigas van siendo asesinados. Personas con las cuales alguna vez se ha tenido amistad, o esa sensación de compañerismo que sólo da el haber compartido pupitres en una ya muy lejana infancia, o esa nostalgia que nos arropa cuando, al saber de una amiga de quien hacía tiempo no sabíamos, su recuerdo nos trae imágenes de los festejos (“picoteos” se llamaban) donde los entonces adolescentes aprendíamos a bailar bajo la vigilante mirada de las señoras que, con un ojo abierto y el otro espantando el sueño, cuidaban de que los varones no les manosearan a sus niñas, ni “bailaran pegao”.

Era la ciudad amable, tranquila, donde la noticia relevante era la fuga de “Petróleo Crudo”, un famoso ladrón que escapó del penitenciario de la Isla del Burro a nado. Hoy, Dimas Sangrona, que así se llamaba (si no recuerdo mal), no pasaría de ser un modesto ratero. Eran años cuando las familias se sentían intranquilas por los acosos de “El Sobador”, un misterioso personaje que, a decir de las “niñas bien” visitadas en la oscuridad de la noche, era un donjuanesco y atrevido desconocido que se introducía en sus alcobas para acariciar sus núbiles carnosidades. Por lo menos, eso era lo que aseguraban las niñas, tal vez poniendo su imaginación al vuelo luego de leer subrepticiamente alguna novelita picaresca o “Dos Noches de Placer”. No deja uno de creer que tales “sobadores” existían sólo en la imaginación de las enamoradizas muchachas, o que tal vez algún criollo Romeo subiera por el balcón hasta la Julieta de sus ardores, provocando la alarma general en la respetable y recatada familia.

Pero me he dejado llevar por la nostalgia de una ciudad donde era posible disfrutar de la llegada de la noche paseando a pie por las calles, sin el temor de que una partida de desgraciados, ocultos en las ramas de un árbol de mango, pudiera dispararle al transeúnte a mansalva, con el solo objeto de vengar la imposibilidad de atracarlo y robarle todas sus pertenencias. Me da rabia que deba uno permanecer encerrado en su casa (lo cual tampoco garantiza nada) para evitar ser chocado su vehículo y así obligarlo a detenerse, con el objeto de practicarle algún “secuestro express” o al menos despojarlo de todo lo que de valor pueda cargar encima. El colmo es que, después de robados y vejados, debemos agradecer al criminal no habernos quitado la vida.

Cosa que no ha pasado con el par de casos que me motivan a escribir estas malhumoradas líneas. Dos seres valiosos, una honorable dama valenciana, y un joven de promisor futuro, han sido vilmente asesinados. Todo dentro de la más infame impunidad, pues no hay detectives ni policías suficientes para prevenir el delito, ni jueces para castigarlo. Dicho así, suavemente, para evitar detalles.

Y finalmente se pregunta uno cómo saldremos de este deterioro social en que nos ha sumido el sembrador de odios, el emisor de falsas promesas, el engañador de incautos. No se vislumbra que los venezolanos podamos formar de nuevo una sociedad donde se respeten los derechos de los demás, cuando la clase dirigente enseña precisamente lo contrario. No imagina uno cuándo podremos volver a salir del hogar sin el temor de no regresar vivos a él, en esta Venezuela que hace tiempo dejó de ser de todos.

“Patria, o socialismo y muerte”

 
Top