EL REINO DE LAS FARC

Manuel Felipe Sierra

FÁBULA COTIDIANA
MANUEL FELIPE SIERRA
manuelfsierra@yahoo.com

“Cuando avanzábamos por el río, más claro parecía que las FARC estaban aprovechando la aparente simpatía de Chávez por su causa para atravesar la porosa frontera entre Venezuela y Colombia. De pronto comenzamos a captar emisoras venezolanas en la radio, como nunca antes lo habíamos hecho. La señal no era confusa ni distorsionada, sino nítida y con buen volumen, y se hacía más fuerte cada día en la medida en que nos movíamos hacia el sur”, recuerda Keith Stansell. El relato continúa: “mi instinto me decía que ya habíamos cruzado la frontera, y una breve mirada al gps de Enrique me lo habría confirmado. Tomé nota del hecho de que los guerrilleros parecían tan acostumbrados al terreno en esta región fronteriza como lo estaban en sus bastiones en la parte central de Colombia”.

Tom Howes, Marc Gonsalves y Keith Stansell.

Marc Gonsalves, compañero de cautiverio de Stansell explica a la vez que mientras permaneció cautivo “fue obligado a utilizar un uniforme rebelde que decía “Hecho en Venezuela”, por eso se sorprende que Chávez se rehúse llamar “terroristas” a las FARC. Comenta Marc: “cuando yo miro a un presidente de un país diciendo una cosa así creo que él está mostrando al mundo su ignorancia”. Tom Howes, el otro protagonista de la odisea narra la angustia que vivió en espera que la intervención de Chávez le permitiera regresar con vida a la familia. Los testimonios pertenecen al libro “Lejos del Infierno” (una odisea de 1.967 días en manos de las FARC), convertido en best-seller desde su publicación en julio del 2009.

Los tres contratistas norteamericanos confesaron al periodista Gary Brozek sus vivencias desde el 13 de febrero de 2003 cuando el avión en el que viajaban aterrizó de emergencia en la selva colombiana, hasta el 2 de julio de 2008 cuando fueron rescatados por el ejército. Se había cumplido de esta manera la “Operación Jaque” que los liberaba de las manos de las FARC junto a la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt, la senadora Clara Rojas y once militares y policías.

Si algún valor tienen ahora estas revelaciones de los rehenes es que confirman que, ciertamente, el territorio venezolano sirve de escenario de operaciones para los grupos que protagonizan a violencia colombiana.

Las recientes evidencias presentadas por el embajador de Colombia Luis Alfonso Hoyos ante la OEA no son nada nuevas ni develan un espeso misterio. Tienen, por supuesto, el valor de haber sido consignadas por un gobierno ante una organización representativa de los estados del hemisferio, y que vienen a corroborar la identificación política entre el proyecto chavista y las

FARC, una organización desde hace tiempo despojada de sustancia ideológica y convertida en instrumento del narcotráfico y la industria del secuestro y la extorsión.

La presencia de combatientes venezolanos en Colombia y de colombianos en Venezuela resulta inevitable por razones de vecindad geográfica. En el siglo XIX y a comienzos del XX la frontera fue utilizada como corredor por grupos armados que actuaban frecuentemente en ambas naciones. En 1952 la prisión en Caracas del guerrillero liberal Eliseo “Cheíto” Velásquez trascendió a la opinión pública. Velásquez en un célebre juicio fue defendido por los líderes de URD, Jóvito Villalba e Ignacio Luis Arcaya y, una vez en libertad fue asesinado en la frontera del Arauca, al parecer por agentes de la Seguridad Nacional en complicidad con la dictadura de Rojas Pinilla.

En los últimos años la situación se ha hecho particularmente grave en la medida que el fenómeno del narcotráfico cobra fuerza y se convierte en una poderosa empresa financiera con tentáculos mundiales. ¿Era posible que permaneciera inmune la frontera venezolana? ¿Cómo evitar que este territorio no sirva de refugio transitorio a los grupos armados del vecino país? Ello explica recurrentes encuentros en las zonas limítrofes durante los últimos años y operaciones como la llamada masacre de “El Amparo” en 1988 cuyas consecuencias fueron ventiladas por la justicia internacional y que provocó la eliminación de los Teatros de Operaciones Antiguerrilleros en las zonas fronterizas de Apure, Táchira y Zulia.

Estos hechos, sin embargo, eran abordados en defensa del territorio y la soberanía nacional. La diferencia con lo que ocurre desde hace once años es que para la revolución bolivariana los grupos guerrilleros se consideran aliados de una estrategia continental para el establecimiento del socialismo del siglo XXI. Ello hace que los miembros de las FARC, el ELN, FBL y grupos menores encuentren espacios como aliviadero y zona de repliegue y permite además que como respuesta a éstos, también operen las fuerzas paramilitares que se identifican con las guerrillas en las mismas prácticas y en los mismos objetivos mercantilistas e ilegales. Basta con visitar poblaciones de la frontera para constatar que en ellas el gobierno de facto lo ejercen estos núcleos comprometidos con el conflicto colombiano.

Esta y no otra es la explicación por la cual el régimen de Chávez elude las investigaciones que exigen las denuncias colombianas y bloquea las verificaciones que resultan pertinentes en estos casos, a través de la mediación de otras naciones. Obviamente, por esta vía se prorroga la raíz de una situación que se tornará inevitablemente cada vez más conflictiva. El nuevo presidente de Colombia Juan Manuel Santos una vez que pase la “luna de miel política” que sigue a una aplastante victoria electoral, deberá retomar unas denuncias y unos señalamientos que resultan decisivos para el curso de la lucha antiguerrillera de Colombia.

 
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