La muerte de la vieja ciudad y el recuerdo de un plato de mondongo *

Alfredo Fermín

Crónicas en Vivo
Alfredo Fermín

Debe ser difícil encontrar en Venezuela una ciudad más agredida como Valencia. Pareciera que propios y extraños se pusieron de acuerdo para acabar con ella, mientras quienes la representan se mantienen conformes con vivir entre ruinas que crecen diariamente.

En las calles, el asfalto cedió su espacio a los huecos, al agua empozada, a la maleza. Los comercios están cerrando por falta de venta y los altos impuestos; los centros culturales están “guapeando” por falta de presupuesto y de incentivos; el transporte público da pena y el patrimonio arquitectónico es despreciado.

Así, una vez que acabaron con el centro de la ciudad, ahora la emprendieron con las urbanizaciones del Norte. La primera víctima fue El Viñedo cuyas mansiones fueron derribadas para montar cafés, cervecerías y tiendas que, en breve tiempo, han desaparecido, convirtiendo la zona en una boca de lobo.

A Las Acacias, que junto con la Alegría fue de las primeras urbanizaciones valencianas, ya les llegó la sentencia de extinción, sin que el Concejo Municipal tome en consideración que las ciudades son un proceso lento de formación en el que, durante siglos, se va creando la identidad de cada lugar.

Por eso París, Florencia, Sevilla, Bogotá, Lima o Buenos Aires son tan particularmente hermosas porque, ninguna autoridad se atreve a destruir el patrimonio arquitectónico. Aquí es todo lo contrario. Basta con que un burócrata diga que a las casas viejas hay que tumbarlas para que, de inmediato, se cumpla su deseo.

Esta semana derribaron la Maternidad Las Acacias, en esta urbanización de los años 40, que marcó el esplendor de la sociedad valenciana. Cerca ya cayó el emblemático hotel Excélsior, sin ninguna necesidad. El pretexto fue la construcción del Metro. Dicen que de por medio hubo una sustanciosa comisión, pero lo cierto es que la edificación está invadida dando más señales de marginalidad.

Las Acacias

La urbanización Las Acacias dio un carácter particular a una ciudad que salía del ambiente recolecto del centro para encaminarse a la modernidad con residencias confortables de amplios jardines y avenidas sombreadas de árboles frondosos. Aún se conserva la imponente residencia de la familia Castillo Lebrún, originalmente propiedad de Luis Branger; están la antigua casa de los gobernadores de estado, que hace muchos años fue saqueada, la casa de don Lino Arocha, del doctor Pratt y de la familia Pinto Lamanna.

Como dice el tango de Gardel: una sombra muy pronto serán. La Maternidad Las Acacias fue la residencia de la familia Yanes Gordils que luego la vendió a los doctores Aldo Giugni y José Lussinger quienes instalaron allí la prestigiosa clínica donde nacieron generaciones de valencianos.

Hoy, cuando he visto su brutal destrucción siento una profunda nostalgia porque tengo de ese inmueble el recuerdo de haberme salvado de la muerte. Ignoro por cuáles circunstancias el eminente neurocirujano Marcelo Corradi me sometió, en el quirófano de allí, a una operación para impedir la ruptura de “una aneurisma del tamaño de un garbanzo” que teníamos “en la arteria comunicante posterior, entre la silla turca y el esfenoides”, como decía la historia clínica.

Renací en Las Acacias

Celebridades de la neurocirugía, entre ellos Martínez Coll y Abraham Krivoy, me habían desahuciado en el Hospital Clínico Universitario. Me dieron de alta hasta que Dios quisiera. Pero mi madre, Concha Ordaz de Rojas, supo que aquí en Valencia estaba un doctor de apellido Corradi y a su consultorio me trajo. El médico se interesó tanto en el caso que, personalmente, viajó a Boston a comprar unos aparatos. Y, cuando regresó, me operó en la Maternidad Las Acacias, el 2 de mayo de 1967. La operación fue filmada y luego presentada en la Escuela de Medicina de la Universidad Central de Venezuela, donde se dijo que había sido un verdadero milagro.

Lo que más recuerdo de mi estancia en esa Maternidad es que el día en que el doctor dijo a mi familia que ya podía comer, después de ocho días de alimentación por sonda, una hermana, que tenía como doce años, con quien me dejaron cuidando mientras mi madre fue a preparar una sopa, le preguntó a una enfermera alemana, Helga, que donde vendían por allí algo sabroso. Ella le dijo: lo que te recomiendo es el mondongo de El Mayantigo, que queda por aquí cerca.

Mi hermana fue rapidísimo a la arepera (ya desaparecida) y trajo un envase con un oloroso mondongo que me dio por cucharadas disfrutadas como el más delicioso manjar. Al poco rato, comencé a convulsionar y a echar espuma por la boca. Llamaron de urgencia al doctor Corradi quien, cuando supo lo que había comido, le armó un zaperoco a la enfermera y ordenó un lavado estomacal. ¡Es absurdo que un mondongo arruine mi obra maestra!, gritaba el doctor con su característico acento ítalo-romano.

Al doctor Corradi aquello nunca se le olvidó y, cuando ya estaba yo aquí como periodista, siempre se despedía diciéndome: “quiéreme mucho porque yo te salvé dos veces la vida”. Y, si había amigos, les contaba la anécdota del mondongo.

Hoy, al ver los escombros de la Maternidad Las Acacias, apuramos el paso mientras nos acompaña el recuerdo de aquél hombre sabio quien, sin contar con la tecnología de hoy, practicó en mí “una cirugía perfecta”.


* Por razones de espacio, el texto ha sido ligeramente editado.

 
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