María Ángela Holguín

Simon Alberto Consalvi

Simón Alberto Consalvi
sconsalvi @el-nacional.com

Al armar el ajedrez ministerial, el presidente Juan Manuel Santos escogió para conducir las relaciones exteriores a quien se puede definir como “la persona indicada, en el lugar indicado, en el tiempo indicado”. Abundan las razones que acreditan a la embajadora María Ángela Holguín. Sus condiciones personales de sutileza, claridad, comprensión, no dejan dudas. Una educación que la llevó a Canadá, Estados Unidos y Francia. Estudió Civilización y Literatura francesa en La Sorbona, Negociaciones Diplomáticas en Harvard, Estrategia y Diplomacia en el Centre d’Études Diplomatiques et Stratégiques de París, y Ciencias Políticas en la Universidad de los Andes. En suma, una formación humanística que le permite representar a su país con dignidad y lucimiento. Los antiguos tratados de diplomacia no exigían menos a quienes asumieran tan arduas tareas.

A todo esto es preciso añadir la experiencia profesional de María Ángela Holguín.

Fue embajadora en Venezuela en días que ya se insinuaban tormentosos en las complejas relaciones bilaterales.

Si alguna vez arrugó el ceño, nunca abandonó la sonrisa que desarma a los más atrabiliarios interlocutores. Su paso por Caracas fue memorable.

Elegante y fina, y de conversación vivaz, fue la anfitriona a cuyas reuniones nadie dejaba de asistir.

A diferencia de otras embajadas que ya tenían sus listas negras para discriminar a los “no gratos” al régimen, en la Embajada de Colombia reinaba el pluralismo como en un país aparte. Tengo la impresión de que para la embajadora Holguín su misión en Caracas fue como un posgrado en Ciencias Políticas, porque pudo percibir los rumbos ambiguos de la revolución, y en el arte de la diplomacia, porque tuvo que aguzar sus aptitudes para sortear crisis.

Después de Venezuela, María Ángela fue designada embajadora en Naciones Unidas. Buen lugar para ella, Manhattan y el mundo, o todos los mundos. Ningún destino puede compararse con la ONU para quienes dedican sus afanes a la política internacional. “Mujer de principios”, la han definido. Cuando observó que a la Misión comenzaron a llegar los hijos de papá, lo advirtió como era su deber.

La Misión en la ONU es para profesionales, más que ninguna otra, aunque la ONU esté en Manhattan y sea tan tentador vivir allá sin pagar impuestos.

María Ángela renunció discretamente. Los niños bien se quedaron allá. Ella había trabajado en la campaña de Uribe, pero esto los alejó. La mujer de principios no transige.

Como en esta vida no hay mal que por bien no venga, Holguín fue designada representante de la Corporación Andina de Fomento en Buenos Aires. ¿Qué mejor lugar para observar la política latinoamericana? De la Bahía de la Tortuga pasó a las aguas del Plata, no siempre plateadas. Ahora, en el momento indicado y en el tiempo indicado, dirigirá el Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia.

Es un gran destino, pero no un trofeo anticipado. América Latina atraviesa una extraña etapa de promesas y de inverosímiles negaciones. Se postula la unidad y se conspira contra ella. Se clama por la integración, y se toman caminos contrarios. Se pregona la paz, y se rinde culto a sus enemigos.

Se pide respeto, y se interfiere todo el tiempo en los asuntos ajenos. Se invoca la soberanía, y no existe la de los demás.

Los analistas colombianos observan que la política exterior de Uribe Vélez estuvo centrada en la relación Washington-Bogotá, dominada por los asuntos de seguridad. Quizás se opere un cambio sustancial, sin que necesariamente varíe la relación con el gran aliado, porque están en juego intereses de alta monta. Ciertos países trataron de aislar a Colombia utilizando el asunto de las bases. Cuando otros, como Brasil, suscribieron convenios similares, la guerra verbal amainó. El aliado, no obstante, no ha ratificado el Tratado de Libre Comercio encallado en el Potomac.

Las relaciones de Colombia con Estados Unidos son tan relevantes como las de Brasil, Perú o Chile. No obstante, la imagen es otra. Imagino que nadie mejor que quien ha observado desde el Cono Sur las verdades y mentiras de la integración, los intereses ideológicos predominantes, para interpretarlos y comprenderlos.

María Ángela Holguín conoce los avatares de Unasur, la organización aún no debidamente ratificada pero que ya cuenta con secretario general que, al mismo tiempo, es diputado al Congreso argentino y candidato presidencial. Hasta ahora, Colombia ha sido reticente ante Unasur, pero sin Colombia no se concibe el flemático organismo.

Quisiera abstenerme de pronósticos, porque no los deseo negativos, en cuanto a las relaciones con Venezuela, pero veo poco compatible la economía socialista cada vez más controlada por el Estado con la plural de Colombia. La relación entre Estados no admite las ambigüedades ni en las palabras ni en los hechos. Tener a María Ángela Holguín como interlocutora es un privilegio, pero también un desafío. Al tiempo le pido tiempo.

 
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