Martirio en el siglo XXI

Ovidio Pérez Morales

Ovidio Pérez Morales
ovidio.perez@gmail.com

Las persecuciones contra la Iglesia son cosa vieja. Y suelen actualizarse. El africano Tertuliano (160-240), apologista cristiano, acuñó en su tiempo la conocida sentencia: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”. Acotación: los perseguidores buscan en nuestro tiempo no tanto derramar sangre de creyentes, cuanto excluirlos e intentar destruirlos moral y psíquicamente.

Los términos martirio y mártir son calcados del griego y significan testimonio y testigo.

Todo cristiano está llamado, en múltiples formas, a ser mártir de Jesucristo y de su Evangelio.

Desde la cotidianidad del servicio prestado por amor, hasta el martirio en forma cruenta, como discípulo fiel del primer mártir, que dio su vida por la liberación y unidad de toda la humanidad, y quien advirtió: “Si me han perseguido a mí los perseguirán a ustedes… Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia” (Jn 15, 20; Mt 5, 10).

En los tiempos de la embestida persecutoria del socialismo del siglo XXI resulta refrescante leer algo de las Actas de los Mártires de los primeros tiempos del cristianismo. Relatos sencillos y escuetos, que invitan a la coherencia fe-vida, sin aspavientos, pero con fortaleza. Veamos a continuación uno de ellos.

Ubiquémonos en Cesarea de Palestina. Año 262, bajo el dominio del emperador romano Galiano.

Marino, oficial del ejército imperial, es decapitado por confesar su fe cristiana. Repasemos los antecedentes.

Hallándose vacante un puesto de Centurión ­comandante de cien soldados­, a Marino le corresponde el ascenso. Un rival se presenta ante el tribunal con una grave acusación: Marino es cristiano y se niega a ofrecer sacrificios, a rendirle culto al emperador; según las leyes, no puede, por tanto, ser ascendido.

El juez interviene. Interroga a Marino por su religión, quien confiesa su condición cristiana. En juicio relámpago se le da al acusado un plazo de tres horas para reflexionar. Las Actas de los Mártires continúan así: “Al salir del tribunal, Marino se encontró con Teocteno, obispo de la ciudad, y entró en conversación con él. El obispo lo tomó de la mano y lo condujo a la iglesia. Allí el obispo entreabrió la capa del oficial, le indicó la espada que llevaba colgada y al mismo tiempo le presentó el libro de los santos evangelios, mandándole escoger entre los dos según su decisión. Sin titubear, Marino extendió la mano y tomó el libro divino. Entonces Teocteno lo exhortó: Mantente unido, muy unido a Dios; que él te conforte con su gracia y que alcances lo que has elegido. ¡Vete en paz!”.

Marino vuelve ante el juez, confiesa su fe ahora con mayor fervor. La conclusión viene rápida: Marino es conducido al suplicio y consuma su martirio. Medito frecuentemente sobre el mensaje que nos hizo llegar Juan Pablo II en 1998: “El creyente que haya tomado seriamente en consideración la vocación cristiana, en la cual el martirio es una posibilidad anunciada ya por la Revelación, no puede excluir esta perspectiva en su propio horizonte existencial. Los 2.000 años transcurridos desde el nacimiento de Cristo se caracterizan por el constante testimonio de los mártires. Además, este siglo que llega a su ocaso ha tenido un gran número de mártires, sobre todo a causa del nazismo, del comunismo y de las luchas raciales o tribales” (Bula Incarnationis mysterium sobre el Gran Jubileo de 2000, 13).

El cristianismo no es simple adhesión verbal. Es, ha de ser: opción fundamental. Vida. Martirio.

 
Top