Revolución y contrarrevolución

El escritor español Pío Moa y su acertado libro “Los Mitos de la Guerra Civil” publicado en el 2003.

Orlando Ochoa Terán

Las revoluciones de izquierda, tarde o temprano, se vuelven contra la religión. Así fue en Francia, Rusia, Europa Oriental, la república española, en Cuba y es el caso ahora de la revolución bolivariana en Venezuela.

“Baste con establecer, con muy pocas dudas, que las izquierdas fueron quienes, movidas por sus aspiraciones, rompieron las reglas del juego y empujaron a la guerra civil (…) y que fueron los conservadores quienes, deseando evitar el choque, sostuvieron mayoritariamente una actitud moderada, próxima a veces a la cobardía, hasta que la amenaza se les hizo cuestión de vida o muerte”. Mitos de la Guerra Civil de Pío Moa.

De la historiografía sobre la guerra civil española, la obra de Pío Moa, es quizás la más controversial. Moa fue un activista de la resistencia a Franco y en su juventud un miembro del partido Comunista que cerró filas con GRAPO, una organización terrorista maoísta que participó en acciones armadas durante y después de la dictadura de Franco. Moa evolucionó a posiciones más moderadas y conservadoras, y en su polémica obra, desmonta la romántica noción que asoció la República española con ideas de democracia y libertad.

Por su resonancia con nuestro presente, sucumbimos de nuevo a la tentación de transcribir algunos pasajes de su obra, Los Mitos de la Guerra Civil. En ella Moa se pregunta: ¿nació de una extrema amenaza fascista o de un inminente peligro revolucionario?

Habla Pío Moa

La revolución republicana escindió a España en dos partes. Antonio Machado la llamó “las dos Españas”. El Frente Popular había prometido un programa “para que la República jamás salga de nuestras manos, que son las manos del pueblo”.

Si la revolución llegó pacíficamente no se debió a los republicanos, que intentaron imponerla por un golpe militar, sino a los monárquicos los cuales permitieron presentarse en las elecciones a los republicanos y socialistas, sólo cuatro meses después del fallido pronunciamiento golpista. ¡Sorprendentemente la oligarquía había abierto el paso a la revolución republicana! Los republicanos no mostraron generosidad con quienes les habían regalado el poder. El gobierno “modernizador” fue permisivo con los vándalos y punitivo con sus víctimas.

Si los desmanes hubieran venido de la derecha, sin duda el gobierno los habría reprimido y así lo hacía con la Falange. Dejaba impune, en cambio, a los revolucionarios, evidentes autores de la gran mayoría de los atentados. Ello hundía la legitimidad democrática del gobierno. No fue la Iglesia la que hostigó a la república, sino los políticos revolucionarios de la república quienes hostigaron sin tregua a la Iglesia.

Es evidente que esta provocación sistemática se hacía en la creencia de que cualquier reacción sería fácilmente aplastada. Además, las ideas revolucionarias eran todas de origen foráneo sin que hicieran mucho esfuerzo para adaptarlas o aportarles matices.

Guerra Civil Española

Guerra y odio

La acumulación de odios estimulados desde el poder condujo a desafueros insospechables. Millones de españoles llamados ‘reaccionarios’ o ‘derechistas’ no eran sino labriegos, clase media y pequeños comerciantes que defendían el derecho a la propiedad o se identificaban con los principios de la Iglesia Católica.

Los monárquicos y la Falange constituían grupos muy minoritarios, como probaron las elecciones de 1933 y 1936. Así pues, en el alzamiento militar de julio de 1936 no puede verse como la culminación de una sorda subversión anti-republicana desde el mismo nacimiento del régimen, sino una rebelión ante una situación juzgada insoportable, no sólo por las derechas, sino por políticos izquierdistas.

Fue por tanto, un movimiento azaroso, casi a la desesperada, apoyado por casi toda la derecha, convencida de que la marea revolucionaria estaba a punto de ahogarla. Los conservadores no creían defender los intereses del “gran capital” o la “reacción”, sino la religión, la propiedad privada, el Estado, la unidad española. Los revolucionarios aspiraban a abolir esas instituciones por considerarlas formas burguesas de dominación o cadenas que había que liberar para forjar el “hombre nuevo”.

Un enigmático y marginado general lideró la sublevación. La represión judicial de la posguerra,  aparte de venganzas espontáneas, ejecutó a unos 50.000 revolucionarios.

Las masas armadas y el desordenado ejército republicano no pudieron impedir que aniquilaran a  las milicias populares y que el general Francisco Franco se hiciera dueño del poder por 36 años “para poner orden” a un gobierno que sufría de un “exceso de retórica, un exceso de violencia, un exceso de incompetencia y un exceso de corrupción”.

Nota de la redacción: De no ser la frase tan manida, estamos seguros de que el autor habría advertido que cualquier semejanza con lo que ocurre en Venezuela es pura coincidencia. Las negrillas son nuestras.

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