LA LENTA MUERTE DEL CASTRISMO *

Fernando Mires

Fernando Mires

Mi ruptura con la Cuba de los Castro se produjo después del golpe de Estado de Pinochet. Desde ese momento prometí posicionarme en contra de todo gobierno que mantuviese cárceles repletas de presos políticos, que obligara a miles a vivir en el exilio, que en vez de políticos, gobernaran militares. Cuba era una de esas naciones.

Miremos hacia la Cuba de hoy: un Fidel enfermo y senil. Un Raúl que se sujeta en las sotanas de curas católicos para no caer definitivamente en el abismo. Una Habana maloliente, destartalada y maltratada, pero sobre todo, emputecida y violada. Cientos de presos salidos de cárceles infernales, negociados a cambio de un puñado de dólares que permitan respirar algunos minutos más a los esbirros del régimen. Prisioneros en mortales huelgas de hambre. Mártires de la democracia. Blogueros valientes, inclaudicables. Mujeres vestidas de blanco. En fin, todo eso, y muchos más, son los símbolos precisos de la lenta muerte de un sistema social injusto, de una dictadura implacable, de un error histórico cuyas magnitudes son muy superiores al tamaño de la hermosa Isla.

La dictadura del los Castro agoniza, y el problema para Raúl es como saltar hacia el otro lado del abismo, o lo que es parecido: como realizar una transición económica desde el comunismo salvaje hacia el capitalismo social de mercado, salto mortal que llevará más temprano que tarde a otro salto aún más mortal: el salto que va desde una sangrienta dictadura militar hacia una democracia moderna. Ambos saltos son muy superiores a las fuerzas de Raúl y los generales que lo siguen.

Cuba no muere, pero en Cuba más de algo está muriendo. Y, por lo mismo, naciendo. Tal vez algún día Pablo Milanés hará un canto a lo que está naciendo. Pero por el momento nadie sabe lo que es. En cualquier caso, después de haber leído el magnífico libro escrito por Jaime Benson tengo la impresión de que ese “algo” que muere (y que nace) es más que el fin de uno de los últimos regímenes exponentes del “socialismo real”.

La muerte de un nonato

Por supuesto, en Cuba muere uno de los últimos exponentes del socialismo real. Y lo peor, muere antes de haber nacido, y si seguimos con atención los capítulos “económicos” (sobre todo los dos primeros del texto) del libro de Jaime Benson, tendríamos que decir que, además, muere antes aún de haber sido concebido. En ese punto el destino de Cuba no se diferencia demasiado del que corrieron los regímenes satélites de la URSS después de la caída del imperio soviético. Todos perecieron en medio de un socialismo imaginado por las correspondientes dictaduras como fase inferior del comunismo, periodo de supuesta transición hacia la sociedad perfecta, fase que constituye uno de los objetos preferidos del análisis de Benson.

No está de más recordar que todas esas economías del pasado reciente llamadas socialistas obedecían las líneas de un plan llamado de transición; por lo general, de una doble transición, a saber: la transición del capitalismo al socialismo y la transición del socialismo al comunismo. Parodiando a Trotsky quien postuló la tesis de la revolución permanente, podríamos decir que las dictaduras comunistas se orientaron de acuerdo a la tesis estalinista de la “transición permanente”.

El mismo término “socialismo real” quería significar que ese socialismo que imperaba en esas naciones era el “hasta ahora” posible, parte de una transición que alguna vez iba a terminar en el socialismo sin transición: el comunismo total, el fin de la historia, el más allá de todo más acá.

La ideología del socialismo como transición permanente cumplía, a su vez, el objetivo de justificar las más perversas desviaciones políticas de nuestro tiempo.

De todas esas perversiones quizás la más perversa era y es la perversión dictatorial pues hasta ahora nadie ha sabido de un proceso de construcción del socialismo que haya sido realizado en términos democráticos.

La exaltación del militarismo

El marxismo es la única ideología de nuestro tiempo que justifica e incluso exalta a la dictadura como sistema de dominación política. Esa, y no otra, es la razón por la cual tantos dictadores han sido atraídos por la ideología marxista aún sin haberse dado el trabajo de leer a Marx (como confesó una vez Castro y como confesó recientemente el “neo-marxista” Chávez). Es decir, mientras los dictadores no socialistas, desde Trujillo a Pinochet, los dictadores socialistas no solamente no niegan la existencia de sus dictaduras sino, además, las enaltecen como partes de una fase “científicamente” programada, destinada a realizar la (infinita) transición que se extiende desde el capitalismo al comunismo. En ese punto Karl Marx tiene más de alguna culpabilidad.

En el Manifiesto Comunista, así como en sus breves trabajos destinados a comentar los luctuosos acontecimientos que dieron lugar a la Comuna de París, Marx, llevado por su innegable ímpetu literario, utilizó, y más bien como metáfora, el concepto de dictadura para referirse a una estructura socioeconómica dividida en clases sociales: la dictadura de la clase capitalista sobre la clase proletaria. Luego -según Marx- la revolución socialista (o comunista) debería invertir los términos y en lugar de la dictadura de la burguesía, establecer la dictadura de la clase obrera: “la dictadura del proletariado”. El audaz Lenin, a su vez, desvió el sentido literario del concepto de Marx y otorgó al concepto de “dictadura” un significado “científico” escribiendo incluso una apología a “la dictadura del proletariado” en ese panfleto que encandiló la mente de Chávez titulado “El Estado y La Revolución”. El mismo Lenin -sin duda uno de los más eximios manipuladores ideológicos de la modernidad- se las arregló después para concebir una “dictadura del proletariado” sin proletariado, esto es, una dictadura del Partido del Proletariado. El “gran aporte” del castrismo al marxismo- leninismo fue, a su vez, concebir una dictadura militar en nombre del partido, en nombre del pueblo, en nombre de todo: “la dictadura del militariado” que eso fueron y son las diversas dictaduras tercermundistas que ha asumido el socialismo como ideología de transición perpetua, siniestra familia a la que pertenecen Gamal Abdel Nasser en Egipto, Muammar al-Gaddafi en Libia, Sadam Husein en Irak, Baschar Assad en Siria, Robert Mugabe en Zimbawe, Fidel Castro en Cuba y tantos otros dictadores “socialistas” de la modernidad tardía.

Devorándose a sí misma

Ahora bien, después del derrumbe del “segundo mundo”, el comunista, del antiguo socialismo del Tercer Mundo queda muy poco.

El proyecto chavista visto desde esa perspectiva no es otra cosa que el último intento castrista para sobrevivir en América Latina. Pero la lenta muerte del castrismo arrastra consigo al chavismo. Sin un proyecto como el castrista, que ya casi no existe, el gobierno militar de Chávez – siempre que la ciudadanía venezolana lo permita- sólo podría sobrevivir bajo la forma de una dictadura militar clásica, una más de las tantas que conoce América Latina. Sin embargo, esa forma de gobierno también se encuentra en extinción. La Cuba castrista, que ya no es parte de un proyecto socialista imperial o del “socialismo del Tercer Mundo”, ha revelado al fin, en el momento de su lenta muerte, su verdadero rostro: el de una vulgar dictadura latinoamericana, caudillesca, populista y militar.

No Marx ni Lenin, ni siquiera Stalin viven en Castro. Tampoco Martí ni Guiteras. Pero sí Machado y Trujillo, Somoza y Batista, han regresado desde ultratumba para morir nuevamente, cubiertos esta vez bajo ese piadoso manto ideológico que eso, y no más, es la ideología del socialismo del siglo XXl.


* Este es un extracto editado de un enjundioso ensayo escrito por Fernando Mires, chileno, destacado Profesor de la Universidad de Oldenburg, Alemania.

 

Un Comentario;

  1. jocelyn henriquez said:

    Excelente y lúcido artículo. Gracias por resumir de manera didactica y clara las verdades del disfráz dictatorial del socialismo del siglo XXI que abriga con deshonra para Bolivar la “revolución bolivariana”

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