Las 32 guerras del coronel Buendía

Simon Alberto Consalvi

Simón Alberto Consalvi
sconsalvi @el-nacional.com

En esta época de guerras imaginarias, de invasiones marcianas y amenazas de suspensión del envío de petróleo al imperio, me refugio en Cien años de soledad . Si fuere necesaria alguna justificación, diría que es muy sencilla, prefiero el mundo de la mentira al de la verdad. Quiero explicarme: la verdad está de capa tan caída que para no engañar ni ser engañado conviene confesar que aquí todo lo que se escribe es mentira y, por consiguiente, puestas las cartas sobre la mesa, admitiremos que la realidad ha dejado de ser realidad y se ha convertido en novela. Revivimos los tiempos del coronel Buendía, aunque a veces adquieran modos de novela negra.

Cien años de soledad transcurre bajo el signo de las fantasías de José Arcadio Buendía, el viejo extravagante, tan loco como don Quijote. De él parten las aventuras de sus hijos José Arcadio y Aureliano. Sobre todo de Aureliano, el coronel desafortunado que libra 32 guerras y las pierde todas, que tiene 17 hijos con 17 mujeres y los 17 son asesinados en una misma noche porque estaban marcados por el destino con una nube de ceniza en la frente.

Hay momentos críticos en las guerras del coronel Aureliano: cuando descubre, por ejemplo, que los terratenientes liberales se unen con los terratenientes conservadores para impedir la revisión de los títulos de propiedad. El coronel Aureliano decide revisar los títulos “hasta cien años atrás”, y se da cuenta de que es su propio hermano José Arcadio uno de los autores de mayores despojos. Al ir a participarle a la viuda del hermano que sus mal habidas tierras serán devueltas a sus legítimos dueños, Rebeca contesta ya sin inmutarse de fantasmal que estaba: “Se hará lo que tú dispongas, Aureliano. Siempre creí y lo confirmo ahora que eres un descastado”.

Las guerras del coronel Buendía fueron el epílogo demencial de las guerras civiles de Colombia, como pudieron serlo las de un coronel venezolano con sólo cruzar la frontera por los desiertos de la Guajira. El tiempo no se ha detenido. La maldición de las guerras civiles no nos abandona.

La “guerra de los mil días” de Colombia se escapa de las páginas de Cien años de soledad para aleccionar a los buscadores de épicas. Esa guerra duró desde 1899 hasta 1902. De modo que en Colombia, el siglo XX llegó bajo el trauma de la muerte, el odio y la destrucción, de la fatiga y de la ruina, como en muchos otros países latinoamericanos, Venezuela entre ellos. Una guerra que devastó la tierra, dejó cementerios por todas partes y condenó la nación a la bancarrota.

En Venezuela sucedió lo mismo. El historiador norteamericano William Sullivan escribió: “En total, Venezuela disfrutó de sólo 27 años de relativa paz durante el siglo XIX”. Admitamos que el siglo comenzó en 1810, que fue el siglo de las guerras de independencia, pero predominaron las otras, las llamadas impropiamente “civiles”. La paz siempre fue la paz del más fuerte, del que tenía más armas como ocurrió con Guzmán Blanco. De ahí la expresión de “relativa paz”.

Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, desterrados entonces en Colombia, vieron venir “la guerra de los mil días”, su invasión de Venezuela coincidió con su estallido en 1899.

Tomaron el poder en un país arrasado por los conflictos. Al general Juan Vicente Gómez se le asigna el mérito de haber acabado con las guerras, quizás ayudado por la extenuación y la miseria. Y, después, por lo mismo de Guzmán Blanco: el petróleo le deparó fusiles y aliados extranjeros. No obstante, la paz de Gómez fue la paz del “país metido en cintura”.

Si las guerras de independencia, según grandes historiadores, fueron guerras civiles, ¿qué otro nombre podrían tener éstas que ya no son las imaginarias del coronel Buendía? Pues, eso, guerras civiles y ningún otro. De modo que hablar de guerra no sólo es un despropósito, una temeridad, un suicidio, sino una aventura antihistórica, propia de quienes desconocen el interés de los pueblos y pretenden imponerles sus designios intervencionistas y sus proyectos ideológicos extemporáneos.

Otras clases de conflictos bélicos figuran en el catálogo: los que se inventan a sabiendas de que no se irá a ninguno y que, además, las amenazas del extranjero no existen. Son las “guerras” dirigidas a los pobres de espíritu, con las cuales se quiere tender cortinas de humo, como la de los “cien años contra el imperio”. Es el más peligroso de los juegos, naturalmente, y se corre el riesgo de que alguien las tome en serio.

La historia está llena de ejemplos de personajes que apelaron a las guerras para manipular a sus pueblos.

Me refugio en Cien años de soledad.

Fabulación y confabulación. Gabriel García Márquez cubrió sus páginas con su ironía piadosa y su humorismo extraordinario. Sobre una historia trágica, edificó la epopeya del coronel Buendía como una moraleja destinada a quienes no pueden vivir sin guerras, pero las pierden todas.

 
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