Levita y sotana

Victor Bolívar

EN TIEMPO REAL
VÍCTOR ANTONIO BOLÍVAR C.

De las últimas actuaciones del diplomático gringo Larry Palmer y de nuestro Obispo de San Cristóbal, Monseñor Mario Moronta, deducimos la improbabilidad a corto plazo de una designación definitiva del embajador en Caracas o de la bendición pontificia para el cardenalato de nuestro apreciado pastor.

Mons. Mario Moronta

En el caso de Palmer, se trata de un diplomático de carrera que, dada sus posturas en los cargos que ha ejercido, se le tiene por laxo a la hora de entenderse con regímenes de cualquier tendencia.

Luego del receso vacacional, la designación por Obama del nuevo embajador será ratificada o no por la Comisión de Relaciones Exteriores de un Senado controlado por los Republicanos, quienes en una fina jugada política sacaron a la luz pública tanto sus respuestas al cuestionario que se le hizo llegar, como los señalamientos que el Senador Demócrata Menéndez formulara sobre la falta de fortaleza y contundencia del embajador para asumir la legación en Caracas.

Puede que estos acontecimientos hayan arrinconado tanto a Palmer que lo llevaron a pasar a una actitud tan radical que va mas allá que la mismísima del Senador Richard Lugar, que es mucho decir.

Se nos antojan dos lecturas. Una, la de poner concertadamente de relieve la erosión de nuestro sistema democrático, en la que ha sido determinante la conducta complaciente de militares que estarían obligados a defender constitucionalmente ese sistema de  paz y libertad frente a la presencia de la narcoguerrilla en Venezuela.

La otra, que Palmer valiéndose de la ocasión, optó por procurarse otros destinos, sabiendo de antemano que sus respuestas al cuestionario provocarían el rechazo por parte del régimen. De cualquier manera, los platos rotos los seguirá pagando la oposición, ya que esta imprudencia sólo lleva agua al molino del exacerbado antiimperialismo chavista en tiempos electorales.

Paralelamente, y luego que Hugo Chávez sugiriera el nombramiento de Monseñor Moronta como Príncipe de la Iglesia en Venezuela, atribuyéndole su exilio en Táchira a problemas internos del episcopado, observamos cómo su propósito de dividir al clero se le vino abajo.

Por supuesto, que méritos tiene el Obispo, pero no por que le vengan de un sesgado reconocimiento de quienes juegan a la crisis de la institución más antigua y de mayor credibilidad del país, esa que por cierto cumple un encomiable papel de mediación en Cuba. Pero las cosas pasaron a mayores cuando -en forma pública- Monseñor emplazó a la narcoguerrilla, amiga de este gobierno, a que liberen sin condiciones  a nuestros secuestrados.

Dijo valientemente: “Dejen tranquilos a nuestros taxistas, a nuestros campesinos, a nuestros empresarios y agricultores, a nuestras comunidades. No vamos a pagar más vacuna ni más extorsión. Que viva la libertad. Ustedes no tienen ningún derecho. No sean cobardes”, y remató diciendo: “Los guerrilleros que están en tantas partes de Venezuela, que no nos molesten. Nosotros queremos la paz, pero también la justicia”.

De forma tal, que por la vía del gobierno es impensable ver a Monseñor con el capelo cardenalicio, al que por méritos propios tiene todo el derecho.

Cuando la levita y la sotana alertan sobre la presencia de irregulares en Venezuela asumen el riesgo de correr la misma suerte.

 
Víctor A. Bolívar C.Víctor A. Bolívar C.
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