LO EXTRAORDINARIO Y LO COTIDIANO

Tulio Hernández

Tulio Hernández
hernandezmontenegro@cantv.net

Somos un país de homicidas con licencia y sin castigo. Un país en el que cualquiera porta un arma y el Estado mismo les provee las municiones. Hay que convocar a una gran cruzada que le devuelva a Venezuela un mínimo de paz y recupere el valor sagrado de la vida.

¿A quién le importa?

Hace ya unos cuantos años, cuando el sandinismo era todavía una esperanza, residí por unos días en un centro de convenciones de Managua. El lugar era una vieja urbanización de veraneo de los oficiales de Somoza que la revolución había convertido en albergue para los invitados internacionales.

Todo iba bien en la casa que nos asignaron hasta que la señora encargada del lugar nos dijo: “Señores, hasta hoy puedo atenderles”. Preocupado le pregunté si algo andaba mal y ella, sin inmutarse, como quien habla del estado del tiempo, nos respondió: “Es que mataron a mi esposo”.

Atribulado le di el pésame y, como eran los tiempos de la guerra entre los sandinistas y la Contra, que para entonces ya había dejado cerca de 20.000 muertos, le pregunté: “¿Fue la Contra?”. Y ella, con el mismo tono neutro, me aclaró: “¿A quién le importa? A estas alturas me da igual si fueron los contra o los sandinistas”. Luego me enteré de que para ese momento ya habían sido asesinados su padre, dos de sus hermanos y un primo.

¿A quién le importa?

Viene al caso el recuerdo porque mientras converso con Román Hernández, presidente de Un Nuevo Tiempo en el estado Táchira, llega una llamada para informar del asesinato de Ciro Sánchez Delgado, directivo estadal de esa organización. Por razones del azar, que deja de ser aleatorio para convertirse en estadística, fue Román quien meses atrás me llamó para avisarme del asesinato, también a balazos, de Peter Padilla, un exitoso empresario tachirense comprometido con gremios y asociaciones nacionales que primero había sido víctima de un secuestro y luego terminó muerto no se sabe si a manos del mismo grupo que le secuestró.

Entonces, precisamente por el recuerdo, me abstengo de hacer la pregunta sobre los culpables porque me imagino que mi amigo tachirense puede responderme con el mismo tono de la señora de Managua: “¿A quién le importa? A estas alturas me da igual si fueron las FARC, el ELN, los paramilitares, el Frente Bolivariano de Liberación o la delincuencia común”.

Y en el fondo es verdad. En Táchira, como en toda Venezuela, lo extraordinario se ha vuelto cotidiano: la vida vale cada vez menos. El asesinato impune, por nada, por un par de zapatos, una mala mirada, un robo menor o el capricho de un ratero, se ha vuelto un asunto natural. Nadie está a salvo. Ni siquiera los familiares del ministro de Relaciones Interiores. Venezuela ostenta el triste récord de encabezar la lista de los países con más altos índices de homicidios y el estado Táchira seguramente es uno de los lugares donde más delitos mortales ocurren a la vista impotente de todos.

El escenario

Al Gobierno y al Presidente, esta guerra real de todos los días, que deja más muertos que todas las guerras recientes que han ocurrido en el planeta, poco les importa. En nada les interesa. Ocupados como están con los juegos de guerra con los que se entretienen, con la épica que como niños tontos se han inventado, con la invasión de Colombia o del imperio que nunca ocurre, no mueven ni uno solo de sus dedos para tratar de frenar esta catarata de sangre que convierte a nuestro país en uno de los más tristes e inseguros lugares en donde vivir. Les parece banal. Secundaria. Pero nos acostumbramos. Un total de 54 homicidios en un fin de semana, el número de muertos que llegaron a la morgue de Bello Monte en Caracas el pasado fin de semana, se nos ha vuelto algo normal. Somos un país de homicidas con licencia y sin castigo. Un país en el que cualquiera porta un arma y el Estado mismo les provee las municiones.

La gran cruzada

Cuando se llega a estos niveles de degradación, sólo una gran alianza nacional de todos los sectores ­ciudadanos, Gobierno central, gobiernos locales, empresarios, iglesias, academias… puede poner fin a la tragedia. Hay que convocar a una gran cruzada nacional por el desarme y contra el homicidio y la inseguridad que le devuelva a Venezuela un mínimo de paz y recupere el valor sagrado de la vida. A esa tarea desde ya invito a la próxima Asamblea Nacional. Un gobierno que disfruta dividiendo al país no puede convocar esa alianza que nos necesita unidos.

Nota de la redacción: Los antetítulos son nuestros.

 
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