EL ATENTADO DE LOS PRÓCERES

Simon Alberto Consalvi

Simón Alberto Consalvi

La gente creía que a Rómulo Betancourt nunca lo alcanzarían sus enemigos porque lo protegían designios sobrenaturales. En varias ocasiones trataron de darle muerte. En La Habana, un hombre se le acercó de improviso con ánimo de inyectarle veneno de cobra, pero de un manotón sacudió al agresor que huyó como si hubiera cumplido el encargo. El periodista Humberto Hernández escribió: “Se dice, y no son pocos los que lo creen, que todo ese esotérico poder que lo protege emana de su pipa ensalmada por un brujo barloventeño”.

El presidente Rómulo Betancourt se dirige a la Nación, un día después del intento de magnicidio.

El 24 de junio de 1960, Día del Ejército, la pipa ensalmada fue puesta a prueba. El Presidente de la República se dirigía a Los Próceres para presidir la ceremonia militar. Respetaba a las Fuerzas Armadas y las Fuerzas Armadas lo respetaban a él. Quiso ser puntual como siempre.

Acompañado del ministro de Defensa, general Josué López Henríquez; su esposa brasileña, Dora; y del jefe de la Casa Militar, coronel Ramón Armas Pérez, Betancourt salió de la residencia de Los Núñez, en Altamira, en el auto oficial conducido por Azael Valero.

Habla Betancourt

Vale la pena cederle la palabra al Presidente: “En la avenida de Los Próceres, a las 9:20 de la mañana, estalló una poderosa explosión, que lanzó el automóvil nuestro fuera de la vía y lo convirtió en una masa de hierro y fuego. Pereció allí mismo, alcanzado directamente por el cono de la explosión, el valeroso y bueno Ramón Armas Pérez, ascendido post mórtem a general de brigada. Murió también el estudiante Juan Eduardo Rodríguez, transeúnte ocasional. El chofer Azael Valero fue despedido del vehículo y cayó sobre el pavimento, pira ardiendo. Y por entre la cortina de fuego que nos rodeaba y nos lamía, alcanzamos a escapar con vida el ministro de la Defensa, su esposa y yo, los tres con quemaduras generalizadas de primero y segundo grado. Se había hecho estallar una poderosa carga de dinamita y gelatina inflamable colocada en un vehículo que se situó paralelo a una intersección de la avenida por donde debíamos pasar.

Fue usado el novísimo sistema de atentados políticos, que teníamos el dudoso privilegio de estrenar, de hacer estallar la poderosa bomba desde una distancia de centenares de metros, mediante un mecanismo de microondas”.

El automóvil presidencial en llamas horas después del atentado.

El Presidente resultó con serias quemaduras, particularmente en el rostro, los ojos y las manos. Fue llevado de urgencia al Hospital Clínico Universitario, donde le aplicaron los primeros auxilios. El atentado había sido de tal magnitud que no quedaba duda, además de asesinar al jefe del Estado, debía ser el detonante de la toma del poder. Contra Betancourt y contra la democracia conspiraban desde la izquierda y la derecha, hasta fuerzas extranjeras desahuciadas pero obstinadas.

Por eso, el mandatario pidió que lo trasladaran esa tarde a Miraflores, y a los médicos que moderaran la aplicación de morfina y de los sedantes que consideraron indispensables, porque necesitaba estar lúcido. A las 11:45 de la noche llegó al palacio. Recordaba que solía decirle a los amigos que de Miraflores saldría con los “pies para adelante” o caminando por sus propios pasos para entregarle la banda presidencial al sucesor, y esa noche entraba “en una camilla, ambas manos como guindajos de carne quemada; la cara deforme; escasa la visión; oyendo poco”.

Algunos creían que Betancourt estaba protegido por su embrujada pipa.

Pero llegaba vivo al puesto de mando…

Lo primero que hizo fue reunirse con los jefes de las cuatro fuerzas militares, y con los ministros de Relaciones Exteriores y de Justicia. Antes que nada, se aseguró del control del país y de la normalidad en las regiones. Durmió mal, pero estaba vivo, pasada la más seria de las pruebas.

Al amanecer se atrevió a mirarse al espejo. No tenía visión por el ojo derecho y la inflamación generalizada le cerraba el izquierdo.

Pensó que estaba tan feo como el Pajarote de Doña Bárbara, y terminó pensando que era un “Quasimodo dinamitado”. Disfrutó con su sentido del humor negro. El Presidente resolvió dirigirse al país porque en la calle se decía que estaba muerto y grabó un mensaje que consideró indispensable. Tenía que demostrarle a los ciudadanos no sólo que estaba en condiciones de garantizar la estabilidad y la seguridad de todos, sino de emprender la investigación de aquel magnicidio frustrado y sus probables conexiones con la red de conspiradores que pretendían ir más allá.

En el mensaje, leído mientras le sangraban los labios, dijo: “No me cabe la menor duda de que en el atentado de ayer tiene metida su mano ensangrentada la dictadura dominicana. Existe una conjunción de esfuerzos entre los desplazados el 23 de enero y esa satrapía, para impedir que Venezuela marche hacia el logro de su destino final; pero esa dictadura vive su hora preagónica. Son los postreros coletazos de un animal prehistórico, incompatible con el siglo XX”.

Cuando días después los venezolanos lo vieron en televisión, las manos envueltas en algodones y vendas blancas y su rostro quemado, pero resuelto y sereno, pudieron calibrar al verdadero líder que había en Rómulo Betancourt. Del episodio nos separa medio siglo de olvido.

 
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