Patronos y caciques

Nelson Acosta

La política es así

Nelson Acosta Espinoza
acostnelson@gmail.com

La proximidad de las elecciones parlamentarias hace propicio indagar sobre temas que ayuden a explicar la coyuntura política del país. Sobre este particular parece útil traer a colación la diferencia que establecen los antropólogos entre cultura política y cultura de la política. Conceptos semejantes pero que apuntan sobre ámbitos distintos. Estas dos dimensiones pueden o no acoplarse armoniosamente. Su discrepancia, por ejemplo,  da cuenta  de la “ilusión de armonía” que prevaleció en nuestro pasado reciente y proporciona argumento que explica el carácter orgánico de la crisis presente en el país.

Detengámonos un momento en el primer concepto. Por cultura política podemos entender el conjunto de valores y percepciones sobre las cuales se ha construido nuestra vida democrática. Por ejemplo, en el país ha predominado a lo largo del siglo pasado una cultura democrática y civilista. Parafraseando a Manuel Caballero, este sustrato político y cultural ha permitido desplazar las armas por las palabras y al enemigo por el adversario. En corto, respeto a las diferencias.  A pesar de los errores cometidos, este carácter democrático ha permanecido inalterable y,  en cierto sentido, ha constituido un obstáculo a las pretensiones militaristas que modelan la conducta del líder del proceso.

En relación al segundo concepto podemos sostener que en nuestro país la cultura de la política se ha constituido a contrapelo de la que ha prevalecido en nuestras comunidades. Un indicador lo constituye el hecho de que ha sido la práctica clientelar su rasgo dominante. El Estado proporciona bienes materiales, protección y acceso a diferentes recursos privados y públicos; y el cliente ofrece servicios personales y apoyo que, en el ámbito de la política, se traduce en votos. Este carácter particularista de la relación y el volumen de la demanda de favores provocan un nivel de gasto y corrupción insostenibles. El caso PDVAL expone con crudeza esta cultura que caracteriza al oficialismo. Este tema ha puesto al descubierto un vario pinto mosaico de cacicazgos en los que se revelan vínculos entre el poder político y económico, y la representación parlamentaria. Práctica clientelar que ha invadido la casi totalidad de nuestras instituciones. Su prevalencia sobre las ideas ha socavado la revolución bolivariana.

Retomando la idea inicial. Las venideras elecciones parlamentarias deben asumirse, entre otras, como una oportunidad para iniciar la construcción de una nueva cultura política. Vale decir, propiciar un relato que destierre las prácticas caciquiles y abra camino hacia la construcción de una nueva modernidad.

Sin embargo, es válido preguntarse ¿se encuentra la oposición libre de las costumbres que ostenta el oficialismo? ¿Juega aún el patronazgo un papel relevante?  ¿Acaso, la historia la absolverá?

 
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