SAGRADO Y OBSCENO

Sergio Dahbar

Sergio Dahbar
sdahbar@hotmail.com

La historia que voy a comentar mostró una hebra por primera vez en el año 1998, en el condado de Durham, zona de enormes contrastes en el norte de Inglaterra. En su universidad estudian 17.000 jóvenes, que se forman plácidamente a las orillas del río Wear.

William Shakespeare fue conocido también como el Bardo de Avón.

Se trata de la institución académica más antigua de Albión, después de Cambridge y Oxford, y una de las que aquilata mayores saberes sobre el enigmático y profuso escritor William Shakespeare.

De semejante majestuosidad de piedra fue hurtado en 1998 uno de los ejemplares sobrevivientes del Primer Folio (1623), escrito por el Bardo de Avón, y considerada una obra de las más importantes que se han impreso en lengua inglesa. De esa obra se editaron 700 ejemplares, de los cuales sobreviven 231 copias.

Luego cayó un manto de oscuridad y silencio sobre este infausto hecho. Una suerte de maldición que se extendió por una década. La policía tropezó una y otra vez con adversidades de diferente espesor a la hora de investigar el paradero de este incunable.

Diez años más tarde, en junio de 2008, un hecho inesperado sorprendió a los asistentes habituales de la biblioteca Folger Shakespeare de Washington.

Entró un hombre llamado Raymond Scott. Vestía una franela demasiado grande para su cuerpo, unos mocasines italianos sin medias y unos anteojos Tiffany’s, que no se quitó del rostro en toda la mañana.

El bibliotecario jefe de Folger, Richard Kuhta, entendió que había llegado un ser especial a su territorio. Scott se presentó como un multimillonario escocés que había comprado en Cuba un ejemplar original de Shakespeare, editado en 1623 como una orfebrería.

Scott sabía el terreno que pisaba. Folger posee 79 de las 231 copias que aún existen del Primer Folio . El problema es que el mejor lugar para venderlo puede convertirse en el peor de los sitios posibles.

Primer Folio escrito por el Bardo de Avónen 1623.

Kuhta fue asaltado por sentimientos encontrados. El libro parecía auténtico, mas el portador tenía toda la pinta de esconder un secreto inconfesable.

Kuhta no es un hombre que llegó ayer al mundo de los incunables. Advirtió que la historia que contaba Scott padecía de algún descontrol y pidió 48 horas para certificar la autenticidad del libro.

En Estados Unidos sobran especialistas de casi todas las cosas que incumben a los seres humanos. Daniel de Simona trabaja en la Biblioteca del Congreso, y se dio cuenta de inmediato que ese libro había sido mutilado. Sangraba en sus manos. Le faltaban páginas.

No le encajaba a Simona la historia contada por Scott: “Ese ejemplar del Primer Folio había permanecido oculto en el cuarto de un guardaespaldas de Fidel Castro en Cuba”.

Menos podía creer Stephen Massey que el origen de ese hallazgo se encontraba en el Caribe: procedía de Durham, Inglaterra.

En poco tiempo la Oficina Federal de Investigaciones (FBI), la Embajada Británica en Estados Unidos y la policía de Durham unieron esfuerzos y advirtieron que era el libro robado en 1998.

Este equipo policial entendió que era hora de investigar a Scott. De seguro no era el multimillonario que vendía su negocio de maquinaria pesada en Escocia, ni el joven indolente que había abandonado a una madre insufrible en Montecarlo, ni aquel inversionista con conexiones en Liechtenstein.

Otro era su perfil. Este estafador había sido condenado 25 veces desde 1977. Nada mal para un solterón que vivía con su madre en el condado de Durham, y que era conocido como un desempleado consuetudinario, que sobrevivía gracias a los subsidios del Estado.

No se había descubierto el costado más interesante de esta historia, el vaso comunicante entre lo sagrado y lo obsceno.

Scott robó una obra única de la inteligencia humana, una pieza imposible de sustituir, porque se había enamorado.

Scott debía 108.000 euros en cuentas de tarjeta de crédito.

Se enamoró de una bailarina de 21 años de edad en Cuba. Le envió 12.000 euros en 5 meses. No era esta estilizada joven cubana su único capricho. También le fascinaban los sombreros Panamá y los Ferrari amarillos.

Con la venta del Primer Folio planeaba rescatar a su amor de esa tierra con aguas por todas partes que es Cuba y dedicarse a la buena vida. Pero un juez de Newcastle lo condenó a ocho años de cárcel por intentar vender objetos robados.

Con cierta sorna anglosajona, le ha recomendado que aproveche para leer a Shakespeare.

No es mala idea.

 
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