El antihéroe

Desiré Bouterse presidente electo de Surinam

Américo Martin

Si el pragmatismo consiste en sobreponer lo útil a lo verdadero, o a lo que ciertos empecinados consideran verdadero, una ojeada al panorama latinoamericano podría conducirnos a aceptar que esta escuela –tan despreciada por no pocos– ha venido arrinconando, dividiendo y poniendo en retroceso a la trepidante izquierda de la última década y a la ultraderecha que la combatía sin demasiado éxito. El concepto de izquierda nada o poco significa hoy. No obstante, su identificación con la ola de victorias electorales de gente que se asumía como tal llevó a muchos a proclamar que el socialismo en su versión revolucionaria había llegado para quedarse. Pero sin mucha bulla la realidad ha horadado su fuerza y en forma serena impone su ley, se apropia del lenguaje y coloca las exigencias de lo útil allí donde mandaba el apocalipsis revolucionario, que parece cerca de ultimar su cuarto de hora de fama.

Pragmáticos y no ideológicos son los gobiernos latinoamericanos más exitosos no importa la escuela que crean, sinceramente o no, defender. El socialismo de Lula, Mujica y Bachelet puede coincidir fácilmente con el liberalismo de Laura Chinchilla, Santos, Figuera y Martinelli; la socialdemocracia de García y Lionel, el socialcristianismo de Calderón y, gústenos o no, el peronismo de la pareja Kirchner.

No es lo difícil que está resultando sostener el tinglado del ALBA y zarandajas parecidas, ni la tendencia de varios de sus miembros a caminar por su cuenta, perceptible en Correa, lo que induce a repensar este conflicto entre revolución Vs. democracia, o utopías racionalistas del siglo XIX Vs. la severa resistencia que les opone la realidad. Pensemos más bien en un hecho reciente quizá apropiado para medir cuánto puede durar una oferta revolucionaria antes de ser descongelada por la incidencia de lo que es útil y necesario para llevar nuestras sociedades a altos niveles de desarrollo en beneficio de las grandes mayorías.

En un país de sistema parlamentario que no había tenido gran sonoridad como Surinam ha sido electo presidente un golpista por partida doble, cuyo prontuario parece repelente. Se trata de Desiré Bouterse, llamado Desi por amigos y enemigos. En tardío remedo de Fulgencio Batista, el sargento Desi acaudilló dos golpes militares exitosos. Se le encausó en Holanda por asesinar a 15 personas y ser un connotado narcotraficante; pagó 11 años de cárcel, y sin embargo en su pequeño país de 600 mil almas ganó unas correctas elecciones, y allí lo tenemos: presidente por inobjetable designio del parlamento.

Se trata de un hombre con mala reputación, razón por la cual ningún jefe de Estado asistió a su proclamación. Chávez quería ir pero alguien –¿Lula? ¿Kirchner?– lo hizo desistir. En Holanda se tiene a Desi como un “antihéroe”. Después de su cautiverio se había declarado admirador de Chávez y enemigo del “imperialismo” de la inocente reina Beatriz. Esa fácil manera de esquivar hostilidades emocionó a cierta izquierda, que lo está saludando como nuevo paladín bolivariano. En el FMLN guatemalteco, por ejemplo, han condenado al “infame” Nederland, cuyo imperialismo casi se reduce hoy a imponernos su sabroso queso holandés.

¿Tendrá nuevo socio el ALBA? Surinam es rico en bauxita, madera y oro, pero sin capital y tecnología no puede aprovecharlos. Desi –bruto no es– podrá preguntarse que si Venezuela se desangra por la pérdida de cerebros e inversiones, cuál sería su tragedia si le suma semejante desconfianza a la que ya lo abruma.

Ha prometido defender los derechos humanos, combatir el narcotráfico y guardar buenas relaciones con todos los países. ¿Palabras vanas? Ya lo veremos, pero a Surinam le conviene una buena dosis de pragmatismo y sospecho que algo de eso debe estar totumeando el inefable Desi.

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