APETITO DE DESTRUCCIÓN

Ricardo Bello

Ricardo Bello
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Al comenzar 1944, el último de la ocupación alemana, París continuaba con su ritmo usual, liviano, alegre casi. Los franceses se iban al Moulin Rouge a escuchar a Yves Montand y Edith Piaf o frecuentaban el cine cuya electricidad era producida por cuatro atletas que pedaleaban un dinamo adaptado a una bicicleta. Nada podía impedir que la ciudad, conocida por sus rumbas y excesos etílicos, traicionara su espíritu, ni la escasez de alimentos o los cortes de luz.

Los alemanes tampoco desaprovechaban su estadía: Alfred Schlenker, por ejemplo, intérprete del Tribunal Militar que cada día enviaba un creciente número de franceses al paredón de fusilamientos por cuestionar las bondades del régimen nazi, no se había perdido un solo día en la Ópera de París desde su llegada tres años atrás.

En Europa Oriental, la cosa era distinta: algunos militares habían comenzado a desobedecer las órdenes de Hitler e incluso llegaron a entregarse a los aliados, a los que ofrecían información sobre los planes y capacidades del alto mando nazi a cambio de un salvoconducto. Hitler tuvo que firmar una ley, llamada Sippenhaft, por medio de la cual familiares de los oficiales corrían el riesgo de ser encarcelados y hasta ejecutados en caso tal de que decidieran no cumplir la misión asignada o rendirse al enemigo. La ilusión de un destino glorioso para el nacional-socialismo no la creían ya ni siquiera los soldados condecorados con la Cruz de Hierro, hasta hace poco devotos del Führer, el comandante, caudillo y jefe único del proyecto revolucionario alemán.

El general Dietrich von Choltitz pasó a la historia al negarse destruir la ciudad de París por órdenes de Hitler.

El hambre, sin embargo, acosaba la Ciudad Luz. Una comida para cuatro, que sólo podía adquirirse en el mercado negro, costaba dos veces el sueldo mensual promedio de una secretaria. Los parisinos habían perdido entre diez y veinte kilogramos de peso en los últimos meses a raíz de la estricta dieta impuesta por el dictador. Pero la Sala Situacional del bunker no estaba satisfecha. El último comandante del Gross Paris, el general Dietrich von Choltitz, recibió instrucciones personales de Hitler para destruir la ciudad, en caso de que no pudiera detenerse el avance de las tropas aliadas. Todos los puentes del río Sena, así como los más importantes monumentos de la capital francesa, debían ser demolidos: Notre Dame, la Saint-Chapelle, el Louvre, el Sacre-Coeur, el Palacio de Luxemburgo, el Arco de Triunfo, la Torre Eiffel.

No debía quedar piedra sobre piedra. El general fue también obligado a hacer un inventario de las principales industrias manufactureras que permanecían trabajando, con el fin de que la Luftwaffe pudiera bombardearlas desde el aire. Un pueblo que se resiste a aceptar su destino, el de ser sometido, controlado y abusado por un militar paranoico, nervioso y resentido, no merecía vivir en paz.

Charles de Gaulle quería que los aliados tomaran París de una vez, no sólo para evitar el trauma de una sangrienta y destructiva insurrección militar, sino para minimizar el peligro de una toma del poder por parte de los comunistas.

Eisenhower prefería pasar de lado, apurando el paso a Berlín y cortando de paso las rutas de suministros nazis, forzando sus ejércitos de ocupación a rendirse y ahorrándose una batalla. De Gaulle prevaleció y von Choltitz pasó a la historia al negarse a cumplir las órdenes de Hitler. Los aliados organizaron de inmediato un envío de víveres urgente hacia París para sus habitantes que agonizaban de hambre. El puente de comida más grande conocido hasta el momento fue organizado con la ayuda de aviones y camiones pesados.

Fueron entregadas 23.000 toneladas de alimentos, una sexta parte de la comida podrida de Pdval. Francia se salvó de la hecatombe.

 
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