Efectos de la capitulación en Santa Marta

Hugo Chavez - Juan Manuel Santos

Orlando Ochoa Terán
o.ochoa@worldnet.att.com

Si como es sabido en diplomacia, la forma es fondo, el encuentro en Santa Marta no dejó la menor duda de la abismal superioridad de la diplomacia colombiana frente a la grotesca, improvisada y timorata diplomacia bolivariana.

Poco después que el presidente Chávez se reuniera con el presidente Santos en el preciso lugar donde los ancestros oligarcas del mandatario colombiano, según el líder bolivariano, asesinaron a Simón Bolívar, incurrió en otro dislate al rechazar públicamente la designación del embajador Larry Palmer como embajador de EEUU.

La insistencia posterior del Departamento de Estado en la designación del embajador Larry Palmer, haciendo caso omiso al rechazo público del presidente Chávez, luce como consecuencia de la inconstancia de sus amenazas y una excesiva ligereza para cambiar de opinión..

Toda la monserga bélica bolivariana contra las bases gringas en Colombia y la supuesta intención guerrera de este país contra Venezuela, proclamada hasta la saciedad bajo la premisa de que los presidentes Uribe y Santos eran “títeres y lacayos del imperialismo yanqui”, se derrumbó con la capitulación de Santa Marta.

Las condiciones del acuerdo fueron impuestas, en virtud de su superioridad, por la diplomacia colombiana. El gobierno bolivariano deberá pagar la deuda millonaria a la “oligarquía” empresarial neogranadina y a cambio el gobierno colombiano no insistirá en las denuncias de la OEA y evitar más daño a la imagen del presidente Chávez. Por supuesto, nadie podrá evitar que Álvaro Uribe continúe su ordalía internacional para que el presidente Chávez se encuentre con Diego Arria en La Haya.

Nótese que nos referimos al daño causado al presidente Chávez. Porque de esto se trató el encuentro en Santa Marta. Si el daño hubiera continuado sólo para los venezolanos el presidente Chávez no habría cedido. Pero el caso es que los colombianos advirtieron que el disparate de romper relaciones se había traducido también en un problema personal para el presidente. En un período electoral, escaló la inflación y exacerbó la crisis de alimentos adquiridos en emergencia por funcionarios tan corrompidos como los pollos y la carne que transportaban los contenedores.

Larry Palmer designado embajador para Venezuela por el gobierno de los Estados Unidos.

A la primera pedida.

Bastó pues que el presidente Santos enviara una señal perfumada y envuelta en un oligarca apellido para que se desvaneciera la estridencia bélica y el anti-yanquismo del presidente Chávez.

Con una premura, que debe haber sorprendido hasta a la adocenada plantilla de diplomáticos bolivarianos, el presidente no tardó en asir la oportunidad con un desespero tal, que incluso animó a la canciller Holguín a anticipar que lo prioritario era la deuda con los empresarios colombianos, implicando, para ventaja de Colombia, que reiniciar el intercambio comercial se resolvería en negociación aparte. Venezuela paga primero, como en efecto está ocurriendo, y negociamos después, fue el mensaje que recibió y aceptó el líder bolivariano.

Si como es sabido en diplomacia, la forma es fondo, el encuentro en Santa Marta no dejó la menor duda de la abismal superioridad de la diplomacia colombiana frente a la grotesca, improvisada y timorata diplomacia bolivariana.

A este contraste contribuyó la presencia del jefe de Estado venezolano, portando con rosas rojas y enfundado en tricolor, con una apariencia descompuesta, que parecía reflejar la autoflagelación emocional que sufría por tener que volver a desdecirse, esta vez en medio de la pompa y la circunstancia colombiana.

El dignatario.

María Ángela Holguín la nueva canciller de Colombia.

Curiosamente, al tiempo que el presidente Chávez sucumbía a los encantos de María Ángela Holguín y se rendía ante “el mafioso”, como alguna vez describió a Juan Manuel Santos, rechazaba la designación del embajador Larry Palmer, quien, interpelado por el Senado de EEUU había sugerido ¡Oh Dios! que el gobierno bolivariano protege a miembros de las FARC y que sectores de la FAN están desmoralizados.

Rechazar al embajador por estas razones agregando que “es imposible que el señor Palmer sea aceptado por un gobierno digno” como exclamó el presidente Chávez a sólo horas de haberse entregado graciosamente en los brazos de la pareja Santos/Holguín, fue de una impertinencia colosal. El Senado no había aprobado la designación y había señales que los republicanos podían congelarla en septiembre.

El propio Chávez les ofrecía algunas razones para rectificar y desafiar el inapropiado y público rechazo.

Paradójicamente también le dio razones al Departamento de Estado para insistir en el embajador Palmer. En primer lugar porque los republicanos estarían ahora más inclinados a su aprobación.

En segundo lugar porque ya habían advertido el espectáculo del presidente Chávez desdiciéndose de la mayor retahíla de insultos jamás prodigados a un jefe de Estado en la historia de la diplomacia y pese a reclamar ser “un gobierno digno”, rendirse graciosamente en Santa Marta, enfundado de tricolor patrio.

Si el dignatario venezolano reculó con “títeres y lacayos del imperio”, pensará el Departamento de Estado ¿qué no hará por el imperio? Pero en septiembre se decidirá definitivamente si, en virtud de una nueva vuelta en U presidencial, Larry Palmer es el nuevo embajador de EE UU.

¿Apostamos?

 
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