No solo las balas matan

JESÚS HERAS –

Dedicado a la memoria de Franklin Brito, quien no había muerto cuando esto se escribió.

Ha sido una semana de muertes, una tras otra. Orlando, Pedro, Néstor, Popy, Elías, Lino, Luis, el que fue gobernador, siete en cuatro días. A tres les falló el corazón, dos debieron sufrir mucho porque los atrapo el cangrejo… ¿cuántos habrán muerto baleados? Esos no tienen nombre, los hay ricos y los hay pobres, sobre todo pobres, pero no tienen nombre, sólo un número, porque son demasiados.

Diecinueve mil en un año, casi cuatro veces más que diez años antes. Las cifras surgen de una fuente seria, no hay deseo de especulación o ganancia partidaria. Son números sin color o de todos los colores.

Varias son las causas que inducen a la violencia: las armas, catorce millones según otra fuente autorizada, y nadie sabe donde están. Los ajustes de cuenta entre bandas que trafican droga. Son jovencitos, entre los quince y los veinticuatro años de edad. Se matan entre sí por cuatro lochas, porque quienes ganan son los de arriba. Una tercera causa – para los expertos la más importante- es el lenguaje procaz de quienes nos mandan.

Pulverízenlos dijo el Presidente en la campaña anterior, demuélanlos les dijo a sus seguidores ahora. No es nada nuevo. ¿A cuántos adecos les frió la cabeza? A ninguno. ¿Cuántos realmente creen en la monserga Patria, Socialismo o Muerte? Muy pocos, pero incita, incita. Sólo vale la incitación. Incitación al odio, a la violencia. Violencia que a la postre desemboca en muerte.

Es lo mismo que la frasecita oficial lleva implícito, primero el socialismo y después la vida. Y si es más importante que la vida ¿de qué sirve el socialismo para el que quiere vivir?

Se trivializa la palabra empeñada. No importa lo que prometas que mañana te desdices. Se trivializa la moral. ¿Qué importa robar, si no hay castigo? Se trivializa la salud. ¿Qué importa que los hospitales no sirvan si el que sufre es otro? Se trivializan los contenedores de comida podrida, un atropello, un atraco, una vergüenza mundial. Se pintan de rojo y se cambia su contenido, como si el hambre o la moral tuvieran algún color.

Se trivializa la muerte misma. En campaña es la muerte imaginaria del adversario real, en la vida cotidiana, es la muerte real del enemigo imaginario. Y muerte además sin consecuencias en un país sin ley.

Pero cuando comienzan a aparecer tantas muertes con nombre, como ocurrió esta semana, empezamos a pensar que no sólo las balas matan, que también mata la ansiedad, la angustia, la amenaza permanente,  la tensión en que vive esta Venezuela descompuesta. Descompuesta, sí, como los alimentos, como los hospitales, como la moral, como la muerte misma y su sinrazón.

El nudo aprieta. A lo mejor está llegando la hora de decir ya basta!

 
Jesús HerasNo photo
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