EL REGRESO DE FIDEL

Ernesto Villegas Poljak

Ernesto Villegas Poljak
columnacontralacorriente@yahoo.es

Pájaro de mal agüero, pavoso, nube negra. Así me sentí el 31 de julio de 2006 cuando supe de la grave enfermedad que obligó a Fidel Castro a separarse de sus funciones como presidente de Cuba. Una meganoticia global frente a la que nadie en el planeta permanecía indiferente. En las calles de Miami hubo festejos. En La Habana una tensa desolación.

Once días antes, el 20 de julio, centenares de periodistas de todas partes del mundo habían cubierto la llegada del líder de la Revolución Cubana al Holiday Inn de Córdoba, Argentina, donde participaría como invitado especial en la Cumbre presidencial de Mercosur que admitió a Venezuela como miembro pleno, una admisión que luego debía ser ratificada por los parlamentos de los países integrantes.

Muerto o entubado.

Había gran expectativa sobre si Fidel finalmente iría o no a Córdoba, tierra de crianza del Che Guevara. Agencias y medios de todas partes del mundo enviaron hasta allá a centenares de periodistas, fotógrafos y camarógrafos. Al misterio que suelen rodear sus viajes al exterior, ninguno de los cuales está 100% confirmado antes de producirse, debido a los numerosos intentos de magnicidio que lo han tenido como blanco en medio siglo, se le sumó el enigma en torno a su estado de salud. La prensa de Miami había puesto a circular la especie según la cual Fidel estaba muerto o, cuando menos, entubado, a punto de despedirse de este mundo. Así lo repetían sus altavoces en Venezuela y el resto del continente.

Venezolana de Televisión me envió a Córdoba para transmitir desde allí el programa En Confianza, que entonces conducía en el canal estatal, debido a la trascendencia que tenía para Venezuela aquella cumbre internacional. Para mi sorpresa, el destino, el azar y la osadía me colocaron delante de un jovial Fidel Castro en medio del pandemónium que se armó en el lobby del hotel cuando de improviso arribó al lugar. Mayor fue mi sorpresa cuando aceptó de buena gana concederme una entrevista allí mismo y de inmediato, en una de las habitaciones de la delegación cubana.

Todo un privilegio para cualquier periodista de los siglos XX y XXI.

Fidel se notaba vital, activo. Sólo un gesto que aprecié en el ascensor delató algún ligero achaque propio de un hombre próximo a cumplir 80 años: mientras el aparato subía al segundo piso, él dejó que su espalda, ancha y erguida, se recostara de la cabina. Con discreción lo miré de arriba abajo. Sí, era él. El mismo del Moncada, de la Sierra Maestra, de centenares de afiches, documentales y fotografías en hogares, locales y manifestaciones de la izquierda en el mundo entero. Con su típico uniforme verde oliva, un poco menos ajustado que en otros tiempos, y en lugar de botas militares unos zapatos negros bastante más cómodos, que parecían deportivos.

Fueron sólo 32 minutos de conversación, durante los cuales la fascinación y el periodismo se batían en duelo en mi interior. El resultado de aquella lucha fue una insistencia de mi parte en preguntarle a Fidel, reiteradas veces, sobre su estado de salud y sobre qué pasaría en Cuba el día en que él, como todo ser humano, llegara al final de sus días. “Bueno, de eso me preocupé yo desde el primer año, sabiendo que me querían matar y que querían descansar de la Revolución e hice el esfuerzo necesario para que no pasara nada si me pasaba algo, porque teníamos ya la organización, la sustitución, la dirección, todas esas cosas”, respondió.

Lo cierto es que el orgullo por aquella exclusiva duró poco. A los 10 días se transformó en remordimiento cuando Carlos Balenciaga, su secretario personal, apareció en TV anunciando que Fidel Castro declinaba sus responsabilidades de Estado debido a complicaciones de salud.

Mis preguntas, quedaba demostrado, habían sido pertinentes desde el punto de vista periodístico, pero rayanas en la crueldad desde el punto de vista humano. Preguntar sobre la muerte a alguien, quienquiera que sea, que sin saberlo está al borde de ella, no es algo como para enorgullecerse.

Como el beisbol.

Pasados los años, Fidel fue recuperándose. El mundo se habituó a leer sus “reflexiones”. Pero verlo restablecido casi por completo, de pie, en su discurso ante el Parlamento cubano fue todo un impacto.

“Volvió, volvió, volvió”, titulamos en el diario Ciudad CCS, por estos días en su primer aniversario, una galería fotográfica del mito viviente otra vez erguido.

“Yo me muero casi todos los días, pero eso me divierte mucho y me hace sentir más saludable”, declaró en aquella que durante años pensé sería su última entrevista en uniforme, hace ya cuatro años.

Es válido parafrasear a Yogui Berra para extraer una moraleja: la vida, como un partido de beisbol, no se termina hasta que termina.

 
Top