La agonía del Metro

El Metro de Caracas se inauguró el 2 de enero de 1983 en el gobierno de Luis Herrera Campins

Lo que durante años fue ejemplo de eficiencia y buen servicio ahora representa una pesadilla cotidiana para los usuarios del sistema subterraneo de transporte.

MIRELIS MORALES DE ARMAS

A las cuatro y media de la tarde el Metro de Caracas es un monstruo en calma. El gusano de acero se desliza, sin mayor novedad, a un máximo de cuarenta y cinco metros por debajo de la superficie, a lo largo de las veintidós estaciones de la Línea 1. Al menos, eso parece. Me subo en la estación Altamira con dirección a Propatria, como cualquiera de los 1,8 millones de usuarios que a diario utilizan el sistema. Consigo puesto. Un vagón con aire acondicionado. Y un tren sin fallas. Todo por el precio de 0,5 bolívares fuertes o el equivalente a un cuarto del pasaje del transporte superficial. Ello gracias a la política socialista que mantiene el boleto del subterráneo congelado desde junio de 2006.

Parto de lo que podría llamarse el reducto de la clase media. De la única estación donde se puede conseguir un stand para adquirir computadoras a crédito. O una venta de perfumes de contado. Que goza de accesos limpios y despejados de buhoneros o mototaxistas. Pero que no se salva de la invasión de propaganda política, aunque esté ubicada en territorio opositor. Es así. Ni los metros y metros que nos alejan de la superficie sirven para abstraernos de la realidad.

Asi son normalmente las estaciones del metro en horas pico

Se nota que el rojo lo tiñó todo. La emblemática letra M naranja que identificó a la empresa por más de veinte años cambió por una estrella roja y un eslogan que reza: “Motores a máxima revolución”. Los uniformes que dejaban ver la diferencia de jerarquía entre cada trabajador poco a poco se han ido unificando con chalecos rojos. Lo único que aún sobrevive es la franja de colores de los vagones, como símbolo de tolerancia. Pero ese detalle desaparecerá en el año 2012, cuando lleguen a Venezuela los cuarenta y ocho nuevos trenes traídos de España. A partir de allí, el metro será “rojo, rojito”, como diría el ministro Rafael Ramírez. Y a quien le incomode, no tendrá otra que tomar su camionetita a un costo cuatro veces mayor.

Miro los afiches de mi alrededor que otrora servían para publicitar Mantequilla Nelly, Lavadoras Condesa o Toallas Sanitarias La Mía, y ahora sólo veo propaganda de misiones. Memorable aquella que dice “Más que amor frenesí” junto con la imagen de Chávez cargando una niña. Cómo olvidarla. Observo muchas cajas luminosas vacías y el resto con mensajes de organismos del Estado. Veo pintas en los asientos hechas con marcador negro que le recuerdan a Chávez que “sea varón” (como le dijo Uribe en una cumbre presidencial) o que culpan a Globovisión de promover el odio. Y me convenzo de que aquí la división viaja silenciosa, latente, sin pagar su ida y vuelta.

¿Bodega o Pulpería?

Me gustaría saber qué pensaría el primer presidente del Metro, José González Lander. Él, que sobrevivió por veinte años a cuanto gobierno adeco o copeyano pasó por Miraflores, para garantizar una continuidad administrativa en tiempos de la llamada Cuarta República. De seguro, tendría mucho qué decir. Más si supiera que sólo durante la gestión de Hugo Chávez han desfilado diez presidentes por la empresa de transporte. Casi uno por año. Así, como si se tratara de una bodega o una pulpería. Entro el andén −sombrío y silencioso− y al rato escucho al operador recordarle a los “señores usuarios” que deben permanecer detrás de la raya amarilla hasta que el tren se detenga. ¿Por qué tendrán que recordar siempre lo mismo?, me pregunto. Pero al ver al hombre que tengo al frente –moreno, de unos veinticinco años, jeans, gorra y zapatos de goma voluminosos− sobre la raya, entiendo por qué tanta repetición. Debe ser esa serpiente amarilla que ahora está dibujada en el piso del andén, con la intención de marcar distancia entre el caos y el orden, que tiene confundida a la gente. No veo otra explicación.

Muchos vagones, sin aire acondicionado, se hacen asfixiantes.

En mis travesías en el Metro −y que conste que son bastantes, como usuaria o reportera− he visto a operadores llamar la atención a pasajeros que saltan el torniquete. He escuchado regaños en público “a la madre irresponsable” que dejó a su hijo sentarse en el andén. He sentido pena ajena por “el hombre de camisa azul” a quien agarraron escupiendo hacia los rieles. He visto jóvenes viajando en el espacio que queda entre vagón y vagón por pura excitación. He recibido fotos de usuarios tomando cervezas en los pasillos del tren y de carteristas en acción. Y he pasado por aquella papelera que “meó” el borracho, que aparece en el famoso video de youtube. El viaje es libre para la anarquía.

En mi vagón −de paredes beige, sillas naranjas, techo y suelo marrón− se exhiben afiches que pretenden hacer entender que “Cumplir las normas del Metro es facilito”. Un niño es quien da lecciones de civilidad y le recuerda al usuario que debe ceder los puestos de color azul a los mayores. Otra niña señala que hay que usar audífonos para escuchar música, a fin de no interferir con los mensajes del operador. Pero no hay manera. A mi lado, un abuelo está parado junto a una de las puerta y de fondo escucho la salsa “No le pegue a la negra” como más bien si viajara en un “por puesto”.

“Hasta aire tenía”

La Cultura Metro caducó. Eso que fue ejemplo de civilidad de la ciudad murió de tan gastada. Y de ella sólo se acuerdan quienes vivieron los inicios del sistema. Allí por 1983. Cuando en la capital sólo había medio millón de vehículos y cerca de dos millones de habitantes, según cifras oficiales. El Metro, en ese entonces, transportaba un promedio diario de ciento cincuenta y tres mil pasajeros en días laborales. Hoy, luego de veintisiete años de servicio, la Caracas del Metro es otra. 1,9 millones de vehículos y cerca de seis millones de habitantes ocupan el territorio que se extiende hasta las ciudades dormitorios.

Demasiada gente para un sistema que fue diseñado para atender una demanda de 1,3 millones de pasajeros diarios y que en este tiempo no ha logrado crecer lo suficiente para mantener su capacidad instalada. Sin contar que tampoco ha logrado repotenciar una maquinaria que sobrepasó su vida útil. De allí que al menos treinta y dos de los cuarenta y ocho trenes de la Línea 1 presenten fallas, principalmente por problemas en sus motores. Más de veinticinco por ciento de las escaleras mecánicas de la Línea 1 (sesenta y nueve de las doscientas setenta y seis) no están disponibles por problemas de mantenimiento. Y el funcionamiento del aire acondicionado corre por cuenta del azar.

Músicos utilizan los trenes para sus presentaciones y pedir dinero.

Así que, a tono con el socialismo, el sufrimiento dentro de los vagones del Metro de Caracas es igual para todos. Todos pasamos calor. Todos viajamos hacinados en las horas pico. Todos nos calamos el mantenimiento eterno de las escaleras mecánicas. Todos hacemos colas para usar un torniquete. Todos somos desalojados de los vagones cuando presentan fallas. Todos padecemos los retrasos. Pero pocos reclaman. Sólo cruzamos entre nosotros miradas de descontento. Y ya. Estamos acostumbrados.

Hay preocupaciones mayores, según escucho a mi alrededor. “Qué va. Eso es muy caro”, le reclama una mujer de aspecto descuidado, bajita y pasada de peso, a una compañera. “Eso se consigue más barato”, acota. Un hombre canoso, de unos setenticinco años, jeans y camisa de rayas comenta: “Anoche los calambres no me dejaron dormir… Y esa pastilla que me mandaron no se consigue”, dice mientras su amigo intenta abanicarse con el periódico, que lleva por título de primera página: “Alimentos aumentaron 32% en los últimos 6 meses”.

Un poco de capitalismo no hace mal

De los trabajadores del gobierno identificados con carnet o uniforme no he logrado escuchar reclamo alguno durante estos percances. Pero de los ciudadanos sin identificación sí. Y a cada rato. “Este Metro no quiere servir para media mierda”, le escucho decir a un pasajero cuando nos desalojan del vagón en la estación Colegio de Ingenieros. “Chico, si estaba funcionando perfecto. Hasta aire tenía”, le dice su compañera. Cierto. Éramos privilegiados y no lo sabíamos.

Pero el Metro es así, impredecible. De los cien minutos de retraso diario en promedio que registra por fallas, alguno nos tenía que tocar. Aun así –y allí lo más cómico de todo- es que nadie se atreve a tomar el transporte superficial. Todos esperamos el próximo tren. Molestos, pero lo esperamos. No sólo por un tema de costo. Sino porque -a pesar de todo- siempre es posible llegar más rápido en metro. Aparte, nos ahorra la angustia de pasar cuatro horas diarias encerrados en el tráfico o la molestia de toparnos en un estacionamiento con el cartel “No hay puesto”. Así que errado no estuvo quien lo bautizó en la década de los ochenta como “La Gran solución para Caracas”.

Y bueno… A decir verdad, tiene sus salvedades. Hay quienes aprovechan el trayecto para dormir, sobre todo los que vienen de Los Teques. O para leer, así sea a hurtadillas el periódico del pasajero de al lado. Aún es posible ver un poco de civismo del caraqueño en cuanto a la limpieza del espacio. Y de cuando en cuando, logras escuchar alguna buena interpretación musical de los grupitos que han invadido los trenes, en busca de una ayudita y un gesto de receptividad.  Así que, ni modo, aquí nos quedamos.

El primer tren pasa, pero viene repleto. Llega otro: igual. Y siento que la gente se impacienta.Señores pasajeros, se le agradece su máxima colaboración. En breves minutos arribará otro tren al andén, se escucha decir por los parlantes. En mi espera veo entrar, con dirección a Propatria, el tren rotulado de blanco con la inscripción de letras en rojo que dice “Moral y Ética Socialista”. Un momento de reflexión me permite reconocer que −en estas circunstancias y con este calor− no tengo moral ni ética y menos una pizca de socialismo.

Un poco de capitalismo, a decir verdad, no le hace mal a nadie. El Metro también comulgó con esa corriente y de ella bastante que se benefició. Hablo de aquella época cuando las empresas pagaban millones por tapizar con sus marcas las paredes, escaleras, torniquetes del subterráneo. O por rotular los vagones con sus productos, a sabiendas de la exposición que tendrían bajo tierra. Pero esa explotación comercial se mantuvo hasta que la directiva del Metro decidió rescindirle el contrato a la firma DLB Group, por considerar que tenía un monopolio con la comercialización de los espacios publicitarios y así –de un día para otro− el consumismo se esfumó.

Lo barato sale caro

Lo que quizás no sabían es que el socialismo le saldría caro. Tal decisión le costó al Metro de Caracas dejar de percibir cerca de seiscientos mil bolívares fuertes mensuales por la pérdida de al menos cuarenta clientes. Y una empresa con un déficit de 1.450 millones de bolívares fuertes, según proyecciones de la Oficina Nacional de Presupuesto, no podía darse ese lujo. El actual presidente Víctor Matute parece haberlo entendido. Por eso, este año finalmente autorizó la comercialización de espacios publicitarios a cuatro empresas. Razón por la que comienzan a verse tímidamente algunas marcas en medio de avisos oficiales del Seguro Social, Cantv, Movilnet, entre otros. En un gesto de convivencia.

Me detengo a mirar uno. El afiche del Fonden (Fondo de Desarrollo Nacional). “Kilómetros y kilómetros de desarrollo nacional”, se lee. Me río, sin querer. Pero saco cuentas y los números no me dan. Según tengo entendido, la Cuarta República dejó un legado de cuarenta estaciones (cuarenta y siete kilómetros) más dos patios y este gobierno sólo ha construido diez estaciones (21,5 kilómetros), todas proyectadas en los tiempos de González Lander. Así que nada nuevo nos ha dejado. “¡Ya va, con calma!”, escucho gritar a una usuaria cuando intenta entrar al vagón y su súplica me saca de las cavilaciones. “¡No caben, no caben. Móntense en el techo!”, grita otro, al ver la marea de gente que intenta entrar. Es la hora. El caos se instaló.

En pleno túnel el tren se detiene. Lo que pude haber hecho en veinte minutos ya se ha extendido a cuarenta. Sigue parado unos segundos más y mientras tanto me quedo mirando el mapa del Metro. Ese que incluye estaciones fantasma como Las Mercedes, Chuao, Bello Monte para vendernos la idea de progreso. ¿Cuánto tiempo tendrá que pasar para que el Metro llegue al sureste de Caracas?, me pregunto. Pero me vienen a la mente las palabras de aquel presidente del Metro, Claudio Farías, quien se atrevió a decir –a costo de su despido− que la Línea 5 sería reformulada porque así como estaba planeada beneficiaba a la oligarquía. Y me convenzo –porque sé que ese proyecto sólo ha avanzado quince por ciento en tres años−de que ese anhelo puede demorar tanto como la llegada de un próximo gobierno.

−Permiso, por favor, que aquí me bajo yo.

ABC / Revistamarcapasos.com

 
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