NECROFILIA Y PERSONALISMO

Tulio Hernández

Tulio Hernández
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El nuevo discurso oficialista sostiene que Bolívar está vivo. Es decir, que no está muerto. Se considera, por tanto, una herejía, una afrenta o un pecado que un venezolano mortal afirme que el padre de la patria murió. Es, por lo menos, de lo que han acusado voceros oficialistas al cardenal Urosa Savino (Tal Cual , 21 de julio de 2010). Porque ya no se trata de una metáfora del tipo “Bolívar sigue vivo en el corazón de los venezolanos”, sino de una especie de fe revelada que impulsa a algunos de los funcionarios presentes en el acto de exhumación de los restos del prócer a demostrar no sólo que sus ideas están vigentes, sino que es el Libertador en persona el que sigue con vida. No es un juego de palabras. Es una afirmación.

Lenin embalsamado. El cuerpo del "padre" de la Revolución Soviética fue embalsamado después de su muerte y se puede visitar en el mausoleo de la Plaza Roja de Moscú. El culto a la personalidad es algo común en los sistemas dictatoriales y aunque Lenin no era partidario de esto, fue Stalin (su sucesor) quien lo impuso en su férrea y sanguinaria dictadura. Utilizó el cuerpo de Lenin (que nun- ca vió con buenos ojos a Stalin) como parte de su sistema de propaganda política.

Como el bueno del Juan Diego frente a la Virgen de Guadalupe, los sacerdotes de la religión bolivariana entrados en trance confiesan haber sentido la respiración del gran hombre y presentido los latidos de su corazón mientras le vislumbraban vivo montado a caballo atravesando valles y montañas en su lucha por la libertad. Es lo que cuentan. Algunos, incluso, hasta hablaron con él: “¿Padre, seré yo?”.

No es una idea nueva. La voluntad de eternidad, el deseo de mantener presentes a grandes líderes políticos en torno a quienes, ya en vida o después de su muerte, se desarrolló un culto a la personalidad ha sido una tentación reiterada en el tiempo y cultivada con especial énfasis en el seno de regímenes colectivistas y autoritarios.

El estalinismo no se resignó a la idea de que Lenin había muerto y para demostrar que “seguía con vida” hizo embalsamar su cadáver y lo exhibió en su urna de cristal. Otro tanto hizo el Partido Comunista chino con el cadáver de Mao Zedong. Y los norcoreanos, como bien lo recordaba por estos días Manuel Caballero, fueron aún más lejos y hacían que los embajadores de gobiernos extranjeros presentaran sus credenciales ante el cadáver embalsamado del “presidente eterno”, Kim Il Sung.

El culto a la personalidad, las religiones laicas y los credos forjados alrededor de importantes figuras históricas pueden convertirse en verdaderas taras o camisas de fuerza para los países en donde se le practica. También en pesados instrumentos de dominación.

Se trata generalmente de una aberración. Creer que en el pensamiento y la vida de una sola persona, por más grande, sacrificada y talentosa que ésta haya sido, se encuentra resumido o prefigurado todo lo bueno, grande y justo a lo que puede aspirar una república es por lo menos una simplificación.

Pero no hay cultos inocentes.

Generalmente detrás de todo proceso de beatificación civil de un líder histórico se halla una operación de transferencia y apropiación de su poder, prestigio y reconocimiento social del venerado por parte de sus sacerdotes. Ya sean estos un partido, una clase, una logia o un líder personalista.

La religión laica venezolana en torno a la figura de Bolívar, iniciada por los caudillos militares del siglo XIX, ampliada por los dictadores del XX, conservada acríticamente por los gobiernos democráticos y llevada a sus más extravagantes dimensiones por el autoritarismo de Hugo Chávez, ha cumplido también esa función. Tres de nuestras patologías políticas más relevantes ­el personalismo, el militarismo y el mesianismo­ se hallan, de alguna manera, asociadas directamente a esa religión.

Entre las tantas tareas intelectuales del futuro, si en verdad queremos construir una sociedad democrática, nos urge ­además de la relación con el petróleo y el trabajo, con la propiedad y el Estado­ un replanteamiento del uso colectivo de la figura de Bolívar que le devuelva el papel histórico y político que le fue arrebatado por un culto de siglos que le fue convirtiendo en figura divina, mítica, ahistórica y de mármol, lejana de su condición específicamente humana.

Por suerte, lo venezolanos ya contamos con una tradición intelectual en la que se inscriben las reflexiones de Germán Carrera Damas, Luis Castro Leyva, Manuel Caballero, Elías Pino Iturrieta y, más recientemente, Ana Teresa Torres y Tomas Straka, concentradas en demostrar el lastre social que ha significado el culto desmedido y sesgado de la épica de la Independencia y de la figura de Bolívar. Paz a sus restos.

 
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