EL CASTRISMO AL ASECHO DEL ELECTOR

Elizabeth Burgos

Elizabeth Burgos
eburgos@orange.fr

Por un lado, está el castrismo decidido a no perder elecciones en Venezuela y utilizando para ello su formidable aparato de control de las comunicaciones electrónicas en Cuba y en Venezuela. Por el otro está el talante democrático de los venezolanos, enfrentando a formidables obstáculos, pero obligados a votar para salvaguardar espacios, con la vista puesta en el 2012.

Según testigos que presenciaron la escena,  cuando Fidel Castro se enteró de la derrota electoral de los sandinistas en 1990, lleno de ira dijo que “nunca más perdería una elección de revolucionarios” y hasta hoy ha cumplido con su palabra. Castro, consciente de los nuevos tiempos en los que pese a que el poder se logre a punta de fusil, ya no se podía instaurar un gobierno sin pasar por el requisito electoral, les había aconsejado adelantar las elecciones al año de haber derrocado a Somoza, cuando todavía gozaban al estatus de “muchachos heroicos” que habían derrotado la dictadura, pero no  siguieron sus consejos. Pecaron de arrogancia.

La derrota de los sandinistas, es el ejemplo al que siempre recurre Castro en las sesiones de consejos a sus discípulos.

Desde que Castro abandonó el empleo directo de la violencia militar como método para incautar las instituciones estatales, y se adaptó a los tiempos adoptando los mecanismos formales de la democracia, ninguno de sus discípulos en el poder ha perdido una elección.

Mantener a Hugo Chávez Frías en el poder es un asunto de vida o muerte para el castrismo.  La continuidad del régimen del teniente-coronel en Venezuela es la garantía para que la oligarquía castrista se mantenga en el poder.  Venezuela no sólo le provee a Cuba los  medios económicos necesarios para medio alimentar a su población, sino también le permite mantener el estándar de vida de la oligarquía reinante.  Pero sobre todo, le ha posibilitado a la Habana recuperar una influencia política en el continente  que ya se había desgastado.  Gracias al apoyo del gobierno venezolano, Cuba ha rediseñado una nueva geopolítica de poder.

Es tal vez el único caso en la historia que un país arruinado, sin economía, cuya único producto de exportación se reduce a la imagen de un anciano que sufre de demencia senil, desarrolle una política imperial.  Ello de la pauta de la mutación que en su civilización está sufriendo el mundo, en donde lo real ha sido desplazado por la imagen y por un discurso destinado a seducir, que se nutre del anti-americanismo patológico.

Los demócratas venezolanos deben enfrentar un doble reto. Sumarse  al proceso electoral, al mismo tiempo que tienen dudas  sobre el poder de su voto al no confiar en el sistema electoral impuesto en el país desde la llegada al poder del teniente-coronel Chávez Frías.

El reto de ganar espacios

Quienes profesan una confianza absoluta en el sistema electoral, aduciendo la imposibilidad de que se tergiversen los sufragios, parecen ignorar que en Cuba existen profesionales y medios técnicos muy sofisticados, encargados del control de las comunicaciones telefónicas y que gracias a ello, Cuba ejerce un control absoluto sobre las comunicaciones por Internet.  El voto electrónico, permite que se realicen votaciones sin “fraude”, porque sencillamente desde un centro de control, se va orientado el sufragio, según los resultados deseados. Y precisamente, la técnica informática permite situar el centro electoral, que gracias a las nuevas tecnologías es virtual, en donde mejor le convenga al poder con vocación de poder vitalicio. Es evidente de que dicho centro se encuentra en La Habana que ante el surgimiento de las nuevas tecnologías de comunicación, se ha dedicado a formar técnicos de alto nivel al servicio del poder que ejerce el control absoluto sobre las telecomunicaciones de la isla y hoy  las de Venezuela.

Ante esa disyuntiva es lógico que planteen los demócratas de Venezuela el dilema de ir o de no ir a votar.

Por supuesto que la sensatez aconseja acudir a votar para no dejarle el espacio del todo libre a la instauración del totalitarismo, permitiéndole el monopolio en la Asamblea Nacional como ha sucedido hasta  ahora.  Pero también, someter a votación la elección de una nueva AN significa un paso obligado para continuar mereciendo el status de gobierno democrático y darle legitimidad a la próxima reelección que encamina al teniente-coronel hacia la presidencia vitalicia.

No se puede ignorar que la próxima elección es una etapa intermedia entre la elección de una nueva Asamblea  Nacional  y el reto del 2012, que es en realidad el que cuenta para Castro y Chávez.

A los demócratas venezolanos les toca en esta fase de la historia del país, demostrar una capacidad ilimitada de imaginación para ir ganando espacios e irse convirtiendo en una alternativa de poder.

La tarea no es fácil. Pese a los altos y bajos, y a la guerra social propiciada por el gobierno a través de la delincuencia, se le debe dar el reconocimiento que merece a la sociedad democrática venezolana, por  haber logrado hasta ahora evitar la guerra civil.

 
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