EL PROFETA DEL PETRÓLEO

Manuel Felipe Sierra

FABULA COTIDIANA

MANUEL FELIPE SIERRA
manuelfsierra@yahoo.com

Los sábados a las 9 de la mañana, Juan Pablo Pérez Alfonzo solía dictar sus clases magistrales en la “Quinta Curaraima”, su espaciosa casa de Los Chorros. Vestido con chaqueta blanca, corbata blanca, camisa vino tinto, pantalones oscuros, y el gorro blanco que ocultaba su corte al rapé, “el padre de la OPEP” (como lo bautizara The New York Times) fijaba criterios sobre el tema petrolero y el futuro del país.

Juan Pablo Pérez Alfonzo

Su tesis del “Efecto Venezuela” era conocida internacionalmente. La criatura que procreó junto con el ministro de Petróleo de Arabia Saudita Abdullah Al Tariki había cobrado un inusitado protagonismo a raíz del conflicto árabe de 1973. Por los días de sus conferencias sabatinas (1974-1975) el asunto energético ocupaba la atención mundial. En Venezuela se discutía la nacionalización de la industria petrolera; y Carlos Andrés Pérez propugnaba una agresiva diplomacia tercermundista en procura de un “nuevo orden económico internacional”. Un heterogéneo auditorio poblaba los jardines de la mansión recostada al Ávila. Se reunían estudiantes y periodistas que viajaban a escudriñar el pensamiento de un personaje que como dijera su biógrafo, Eloy Porras, era “el hombre que sacudió al mundo”.

Ya Pérez Alfonzo, nacido en 1903, había recorrido un largo trecho en el estudio y la comprensión del fenómeno petrolero. En la discusión de la reforma de 1943 salvó su voto como diputado en desacuerdo por la cuantía de los impuestos que debían pagar las compañías. Siendo ministro de Fomento, de la Junta Revolucionaria de Gobierno, el 31 de enero de 1946 se aprobó el esquema del “fifty-fifty” en la relación impositiva con las operadoras. La medida se propagó como un derrame de aceite: Irán la adoptó en 1949, Arabia Saudita en 1950, Kuwait en 1951 e Irak en 1952.

Cuando Pérez Alfonzo al frente de una calificada delegación, viajó en 1959 al Primer Congreso Árabe de Petróleo en El Cairo ya estaban dadas las condiciones para una política de coincidencias entre productores y exportadores. En la delegación viajaban dos ejecutivos de la Shell de Venezuela: José Martorano y José Giacopini Zárraga. Martorano presentó a Pérez Alfonzo al ministro saudita Tariki a quien había conocido en sus años como agregado petrolero en la embajada venezolana en Washington. En la entrevista inicial se convocó a una reunión formal en el club náutico “El Maadi”, donde se suscribió un “Pacto de Caballeros”, que se ratificaría un año después, el 14 de septiembre de 1960, con la fundación de la OPEP en Bagdad.

En las memorables conferencias de Los Chorros, Pérez Alfonzo había asumido la condición de un riguroso pensador. Apoyaba la ley de nacionalización pero era crítico de la manera cómo se administraban los altos ingresos fiscales. A la “Gran Venezuela” de CAP la bautizó como el “Plan de la Destrucción Nacional”; alertaba sobre el riesgo de desviaciones en la OPEP; se alarmaba ante un incontrolable crecimiento demográfico; exaltaba propuestas ecológicas y postulaba la necesidad de someter a prueba la capacidad de trabajo de los venezolanos.

Una de aquellas mañanas le pregunté el porqué de su insistencia en comparar el petróleo con una sustancia diabólica. Con la serenidad del maestro dijo que no olvidaba la respuesta del primer ministro de Noruega, Einar Henry Gerhardsen, cuando fue invitado por él y por Tariki a que su país formara parte de la OPEP. Ambos eran partidarios de fortalecer la organización con una nación petrolera europea y Noruega tenía considerables reservas aunque una modesta producción. Contó entonces que el alto funcionario, después de escucharlos atentamente les deseó buena suerte en el proyecto y los despidió con una frase cortante: “es mejor dejar el diablo bajo tierra”.

Otra mañana le pregunté hasta dónde el “Efecto Venezuela” no tenía que ver con la propia naturaleza del venezolano. “Le voy a contar una anécdota”, me dijo mientras nos sentábamos en un muro. Refirió que siendo ministro de Fomento se descubrió en Guayana el diamante más grande del mundo. La noticia recorrió el planeta y el afortunado minero llamado Jaime Hudson fue objeto de varios homenajes y el diamante fue bautizado con su nombre de batalla: “Barrabás”. En el exilio, Pérez Alfonzo siguió las noticias sobre la suerte de la joya que era exhibida en una exclusiva tienda de la Quinta Avenida de Nueva York. A su regreso y siendo ministro de Minas e Hidrocarburos, la secretaria le dijo un día que un personaje que decía llamarse “Barrabás” insistía en una audiencia. Pérez Alfonzo dio instrucciones que se la concediera. El día y a la hora convenida entró a su despacho un hombre convertido en una deplorable estampa de pobreza. Pérez Alfonzo le inquirió qué había pasado con el famoso diamante porque hasta ese momento pensaba que él era un próspero hombre de negocios. Hudson le hizo un relato de sus fracasos que lo condujeron a trabajar como portero en un prostíbulo en la selva. Cuando le preguntó a que obedecía su visita, Hudson le contestó: “ministro, quiero que me ayude con una concesión para buscar diamantes y le garantizo que en menos de dos meses encontraré un diamante más grande y precioso que el “barrabás””. Pérez Alfonzo se levantó con una palmada en mi hombro y exclamó: “Ve ud, somos un país de mineros”.

El 3 de septiembre de 1979 murió en Washington Juan Pablo Pérez Alfonzo. Había pedido que sus restos fueran cremados y por ello sus cenizas fueron esparcidas en el mar. Unos meses antes le había dicho a un periodista norteamericano que aspiraba vivir hasta el año 2000. Desde entonces, pocas cosas para bien han cambiado en Venezuela y en el mundo del petróleo.

 
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