AL RESCATE DE LA ASAMBLEA NACIONAL *

Simon Alberto Consalvi

Simón Alberto Consalvi
sconsalvi @el-nacional.com

El discurso presidencial al aseverar que una Asamblea independiente sería incompatible con el régimen bolivariano, prefigura una rebelión contra la voluntad popular.

Según la prédica del jefe del PSUV, el Poder Legislativo debe ser una dependencia del Ejecutivo. Vale la pena ver la otra cara de la historia.

ESTADOS UNIDOS

En pocos países del mundo, el Presidente de la República está tan condicionado por el Congreso como en Estados Unidos. Ni siquiera en etapas en que los presidentes cuentan con la mayoría de sus partidos pueden disponer a diestra y siniestra de los recursos económicos, ni de las facultades constitucionales en que la ley exige la aprobación del Poder Legislativo. Son los jefes de Estado los que postulan los secretarios del gabinete, los magistrados de la Corte Suprema, los embajadores, los jefes militares, etc., pero es el Congreso el que los aprueba, luego de intensos interrogatorios e investigaciones sobre su récord, sus aptitudes, sus principios éticos.

Las comparecencias de confirmación son arduas. No pocos nominados se quedan en el camino. Algo semejante sucede con los recursos económicos, el presupuesto de la nación, los programas especiales. La independencia de los poderes constituye uno de los pilares fundamentales de la democracia en Estados Unidos.

No basta que los presidentes o sus partidos tengan mayoría. La confirmación nunca ocurre como una operación mecánica. Las disidencias son tan frecuentes como legítimas. No existe el automatismo.

La “disciplina” partidista es un exotismo en Estados Unidos.

Luiz Ignácio Lula da Silva es considerado uno de los presidentes más exitosos del Brasil, teniendo un congreso pluralista donde su partido es minoría.

BRASIL

Brasil es una república federativa, formada por 26 estados y el Distrito Federal. El Congreso no es menos poderoso que el de Estados Unidos, con la particularidad de que no es bipartidista, de que es pluralista y diverso, integrado por 81 senadores y 513 diputados, y si deseamos añadir otro dato útil, el Partido de los Trabajadores (de Lula) está entre los minoritarios.

No obstante, Lula ha gobernado con éxito sin precedentes. La correlación política lo ha favorecido: demostró su talento de negociador y su capacidad de persuasión. El Ejecutivo ha estado bajo control riguroso, y las cuestiones de mayor jerarquía política o económica, las reformas y los grandes lineamientos de política exterior han sido trazados mediante la concertación como políticas de Estado, permanentes y no volátiles. Ni Barack Obama ni Lula da Silva se han rasgado las vestiduras.

Ni han recorrido sus extensos países con el grito reaccionario y antidemocrático de que es preciso dominar el Parlamento de manera absolutista o viene el fin del mundo.

Tantas veces que el presidente Hugo Chávez Frías fue a Brasil y perdió el tiempo. Para él no existe otro modelo que el cubano, la Asamblea Nacional que cumple, como en las monarquías antiguas, un papel ceremonial. Muy distinto al de las monarquías parlamentarias, como la de España, en la que el papel ceremonial lo cumple el rey como jefe del Estado, pero el poder político está en el Congreso.

La separación de poderes en Colombia fue lo que no le permitió a Uribe ir a otra reelección, pero sí a Juan Manuel San- tos ser elegido presidente con bastantes votos.

COLOMBIA

Colombia es otro ejemplo de país cuyos poderes públicos preservan su jerarquía. La enorme influencia de Álvaro Uribe Vélez no le fue suficiente para imponer sus ambiciones de permanecer en la Presidencia, a pesar del gran respaldo popular con que contaba.

No cabe duda de que el presidente Juan Manuel Santos disfruta de gran mayoría parlamentaria, pero de seguro la perdería si pretendiera romper el equilibrio de los poderes. Así está escrito. El Presidente será el primer guardián de esas claves de la democracia colombiana.

ARGENTINA

En Argentina, la dinastía de los Kirchner perdió el control del Congreso. Astutos y demagogos como han demostrado ser, con tan desmandada ambición dinástica, no le extrañe a nadie que un Congreso más exigente actúe para bien de la pareja millonaria. Lo que interesa resaltar aquí es simple: no han anunciado el fin del mundo porque ya no dominan el Parlamento. Es preciso reconocer, con todas las críticas que se les puedan formular, las discrepancias o las antipatías que susciten marido y mujer, que no han tratado de alterar los fundamentos constitucionales y juegan y maniobran dentro de sus límites.

Reflexiones de similar tenor podrían suscitar otros países de América del Sur. En Chile, Perú, Uruguay, Paraguay, con mayorías parlamentarias o sin ellas, los presidentes gobiernan dentro de las normas constitucionales.

Del PRI al PSUV
Podemos recorrer otros mapas. Años atrás, Mario Vargas Llosa llamó a México “la dictadura perfecta” porque en tiempos del PRI, el Presidente de la República tenía más poder que un monarca antiguo. El Congreso de entonces era dócil, porque los poderes del Estado eran más ficticios que reales. ¿No fue esa la razón de que el PRI cayera bajo el óxido del monopartidismo? Si las “dictaduras perfectas” se derrumban fatalmente, qué decir de las imperfectas, anacrónicas y personalistas, facsímiles de viejos militarismos.

En el contexto regional, lo que sucede en Venezuela supone una ruptura. Según la doctrina del oficialismo, la misión de la Asamblea Nacional es subalterna. No la de un poder del Estado. El discurso presidencial al aseverar que una Asamblea independiente sería incompatible con el régimen bolivariano, prefigura una rebelión contra la voluntad popular.

VENEZUELA

Después de una década de asedios al Estado de Derecho, de demolición de principios constitucionales fundamentales como la independencia de los poderes públicos, de la implantación de un sistema económico incompatible con la libertad y la democracia, la misión de la Asamblea Nacional que los venezolanos elegiremos el 26 de septiembre adquiere connotaciones históricas.

Tiene razón el Presidente cuando abruma al país con el discurso fatalista de que perder el dominio de la Asamblea no significaría nada diferente del fracaso de la revolución que él comanda, encarna y disfruta. Desde luego que es el fracaso de la revolución bolivariana que él adelanta contra viento y marea; y de eso se trata porque se ha propuesto la demolición de la República y el establecimiento de un régimen absolutista que propicie su control vitalicio del país.

Para el Presidente, la abolición de la propiedad privada, la estatización de la economía, el rígido control monetario, todo confluye en la creación de un régimen calcado del sistema cubano. Esto es lo que está en juego, y de ahí el temor presidencial de que el pueblo, mediante el voto, civil y civilizadamente, derrote el proyecto personalista, el régimen que, según palabras del doctor Fidel Castro, “no funciona ni para los cubanos”. No funcionó para nadie, aunque algunos demoraron décadas en reconocerlo.

Los cubanos comienzan a disfrutar del único momento de felicidad del comunismo, cuando desaparece.

El discurso fatalista del jefe único del PSUV insiste en que el capitalismo está en crisis en todo el mundo, y que si no se derrota “no será posible conquistar la felicidad general”. En nombre del destino de la humanidad, ¡él ha asumido la gran cruzada de derrotarlo! Para lograr tales designios, ha liquidado la economía venezolana, expropiado miles de hectáreas productivas, confiscado cientos de industrias grandes, medianas y pequeñas, y ha convertido el Estado en el factor determinante y único del destino de la nación. Contra lo que prescribe la Constitución, sentenció la propiedad privada a la desaparición, ignorando lo que sucede en el mundo. Funda todos sus propósitos en la obsesión anti norteamericana, pues, para él, Estados Unidos es el único bastión capitalista del mundo.

La conquista del futuro

No seremos el último país surrealista que asume el fracaso como destino.

En los demás países, según el discurso fatalista, el capitalismo no existe, y, como es obvio, se instala el comunismo. Paradójicamente, ha proclamado a tres países como los “aliados estratégicos de la revolución”, Brasil, Rusia y China, las potencias económicas emergentes que con la India integran el llamado Grupo BRIC. Nunca el comunismo había estado tan lejos, tan remoto como de Rusia y China (por haberlo experimentado), o tan improbable como en Brasil y la India. Entonces, ¿a qué se debe el discurso fatalista, la obsesión de exterminar la propiedad privada, de fantasear con una guerra contra el imperio? Al tiempo que el Presidente postula el “socialismo del siglo XXI” (o viejo comunismo con otro nombre), de la República de Cuba llegan noticias de apertura y de rectificación, después de medio siglo. El Estado cubano, al fin, se rinde a las evidencias, no hay modo, despedirá 500.000 empleados públicos en una etapa inicial para que se vayan a inventar en el mundo de la economía privada y provean en el mercado su modus vivendi. Miles de cubanos dejarán la burocracia estatal para pasar al sector privado que tendrá las garantías necesarias para su desarrollo.

En una palabra, una revolución de otro signo.

El estatismo arruinó al Estado cubano. Cientos de empresas públicas ineficientes y anacrónicas quedaron como espectros burocráticos Y, por consiguiente, los ciudadanos fueron las víctimas finales, condenados a depender de muy mal pagados empleos.

Se calcula que en 3 años, alrededor de 1 millón deberán correr igual suerte, que en el fondo equivale a una liberación. ¿Quién y cómo puede pensarse que Cuba persista en el régimen comunista, y que esta apertura sea apenas un recurso para superar la crisis? Quizás se trata, en efecto, del reconocimiento de lo inviable del dogma.

De modo que no es el capitalismo (o las diversas formas de capitalismo que prevalecen en el mundo) lo que está condenado a muerte, como sostiene el Presidente de Venezuela. No. Lo que está muerto es lo que él promete y lo que se obstina en instaurar en el país, contra los principios consagrados en la Constitución.

Cuando decimos que el 26 de septiembre los venezolanos tomaremos una decisión de dimensiones históricas, no ensayamos una frase retórica. No hay mejor manera de expresarlo. De ahí, la misión de la Asamblea que hemos de elegir: la reconquista de la independencia y jerarquía de un poder del Estado convertido en estos años en dependencia subalterna de Miraflores. Paralelamente, el país rechazará la pretensión anti histórica de imponernos el comunismo, como si Venezuela fuera el último país surrealista que asume el fracaso como destino.

@ELNACIONAL

Nota: ABC de la semana ha reunido dos capítulos de Simón Alberto Consalvi para entregárselas a nuestros lectores en un solo cuerpo, agregándole subtítulos para facilitar su lectura.


* Título original: La Misión de la Asamblea Nacional.

 
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