BATISTA COMUNISTA

Manuel Felipe Sierra

FABULA COTIDIANA

MANUEL FELIPE SIERRA
manuelfsierra@yahoo.com

En las elecciones del 26-S se escogerán los nuevos miembros de la Asamblea Nacional, pero esta vez el voto tendrá una implicación adicional: su totalización servirá para rechazar o avalar el proyecto castro-comunista de Chávez.

Fulgencio Batista

Si bien en la consulta parlamentaria no está en juego el poder de Chávez, como lo estuvo en el referendo del 2004 y la elección presidencial de 2006, se trata de un episodio cuyo desenlace tendrá efectos en eventos posteriores; y que abrirá nuevos espacios a la confrontación entre la democracia y la propuesta chavista.

El cardenal Jorge Urosa Savino advirtió que Chávez trata de imponer el comunismo. María Corina Machado ha centrado su campaña como aspirante a la AN en el tema; y lo mismo ha hecho el “Frente contra la entrega de la Soberanía al Castro-comunismo”,  integrado por personalidades civiles y militares.

Chávez ha reaccionado tardíamente negando la naturaleza comunista de su proyecto aunque exalta su identificación con la experiencia cubana como si se tratara de dos cosas distintas. Por supuesto, que los procesos históricos no tienen nada que ver con las copias fotostáticas y cada uno de ellos tiene matices específicos con relación al otro pero en este caso mantienen identificación con elementos esenciales que definen su naturaleza. La reacción de Chávez se explica porque el “comunismo” sigue siendo (pese a haber cesado la Guerra Fría y desaparecido la URSS) una “mala palabra”, un producto indigerible como oferta electoral y una propuesta definitivamente inviable. De allí que su implantación haya sido producto de actos de fuerza, de revoluciones o golpes de estado. Los bolcheviques en 1917 derrocaron al zarismo en Rusia e iniciaron la construcción de un modelo que si bien inspirado en las recetas marxistas, enfrentaba la contradicción de confiar en campesinos famélicos y no en contingentes proletarios, como sostenía el viejo Marx. Ya se sabe las complicaciones que este proceso debió atravesar bajo la tutela de Lenin hasta la implantación de la Nueva Política Económica (NEP),  las divergencias insalvables con el trotskismo y las purgas de Stalin en busca de niveles de productividad.

La revolución china acaudillada por Mao Tse Tung fue una rebelión campesina que asumió luego la definición comunista, a través de la revisión de dogmas marxistas hasta el punto que ello permitió 30 años después su reconversión económica al capitalismo. El Bloque Soviético se configuró como resultado del reparto de la Segunda Guerra Mundial, y pese a obedecer todas ellas al Kremlin, se registraron rebeliones como las de Hungría y Checoslovaquia; y crónicos desencuentros como la Yugoslavia de Tito e incluso la Rumanía de Ceaucescu. En ningún país del mundo el comunismo pudo acceder al poder mediante el sufragio.   No es cierto que el Frente Popular que llevó a Salvador Allende a la presidencia de Chile en 1971 ofreciera el “paraíso comunista”. Se trataba de un frente de izquierda que proponía cambios en el marco de las reglas democráticas.

En aquella época tenía vigencia el esquema bipolar que le daba a la URSS la condición de contrapeso de Estados Unidos en el escenario geopolítico y los países comunistas prometían respuestas eficientes a temas como la salud, la educación, la investigación científica, el deporte y algunas expresiones culturales, además de la solidaridad con las naciones que luchaban contra el colonialismo.

Fidel Castro siempre negó sus convicciones comunistas y subrayó sus discrepancias con el Partido Socialista Popular (que agrupaba la militancia comunista) y que se opuso al asalto al Cuartel Moncada, la invasión del “Gramma” y las acciones urbanas en la lucha contra la dictadura batistiana. Fue sólo en 1961, después de derrotar la invasión de Bahía de Cochinos y de comprar a la URSS una póliza de sobrevivencia militar que renovó durante cuatro décadas, cuando Cuba se declaró como país comunista.

Era tanto el daño que entonces hacía y que ahora con mayor razón debe hacer este calificativo que estando Castro en México en los preparativos de su invasión, el gobierno de Batista solicitó a las autoridades aztecas una investigación sobre sus actividades conspirativas y la relación de éstas con el comunismo internacional.  Castro escribió un artículo el 22 de junio de 1956 en la revista “Bohemia” de La Habana (que fue publicado en plena dictadura) en el cual negaba cualquier vinculación con el comunismo y emplazaba al dictador: “¿Qué autoridad moral tiene, en cambio, el señor Batista para hablar de comunismo, si fue candidato presidencial del Partido Comunista en las elecciones de 1940, si sus pasquines electorales se cobijaron bajo la hoz y el martillo, si por ahí andan sus fotos junto a Blas Roca (en aquel entonces secretario general del Partido Comunista) y Lázaro Peña, si media docena de sus actuales ministros y colaboradores de confianza fueron miembros destacados del Partido Comunista?”.

El periodista Tad Szulc, su biógrafo, cuenta que en 1966 Castro comentó: “Creo que todos los revolucionarios radicales en determinados momentos o circunstancias se abstienen de anunciar programas que podrían unir a todos sus enemigos en un frente común. A lo largo de la historia, los revolucionarios realistas siempre propusieron solamente aquello que podía ser alcanzado”. Un sabio consejo para quienes aspiran a perpetuarse en el poder.

 
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