El camino de Santiago

Mons. Baltazar Porras

Mons. Baltazar Porras
faustih@hotmail.com

Peregrinar a Santiago de Compostela es renovar la fe y la esperanza

Peregrinar, ir de un sitio a otro con rumbo y sentido, ha sido parte de la condición humana. La edad media, tiempo en el que Europa se cerró sobre sí misma, favoreció una movilización hacia lugares emblemáticos, ligados al culto cristiano.

Los caminos que llevan a Santiago son la mejor huella de aquella errancia que atrajo a príncipes y plebeyos, artistas y pícaros, vendedores y aventureros, pero, por sobre todo, a multitud de personas en actitud de sacrificio y oración. El arte románico, gótico y renacentista que se generó en aquellas autopistas de la fe y la creatividad, en edificios públicos y privados, iglesias y hospitales, monasterios y albergues, es prueba fehaciente de constancia, esperanza y productividad, que crecieron con el tiempo.

Cada vez que la fiesta de Santiago el mayor, el 25 de julio, cae en domingo, es año santo compostelano. Se abre la puerta del perdón, se sube al camerino a dar el abrazo al apóstol y se desciende luego a la cripta donde está la urna de planta con los restos del patrono.

Este año no se puede contemplar el pórtico de la gloria, en el que la tradición obliga a poner la cabeza sobre la del maestro Mateo, autor de aquel portento de arte y de fe. Los estudiantes antes de cada examen difícil, desfilan ante él, en actitud suplicante para que les transmita clarividencia que los haga salir airosos en las pruebas académicas.

Peregrinar a Santiago de Compostela es una experiencia que vale la pena compartir para renovar la fe y la esperanza que se nos diluye por los entresijos de la vida cotidiana, huyéndole a la trascendencia de Dios; la única capaz de darnos alegría y gozo, coraje y constancia en la siembra del bien, como los que durante siglos han hecho de los caminos de Santiago un monumento a los valores espirituales del ser humano.

 
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