EL DERRUMBE

Manuel Felipe Sierra

FABULA COTIDIANA
MANUEL FELIPE SIERRA
manuelfsierra@yahoo.com

El chavismo enfrenta los efectos de una importante derrota. Es cierto que el 26-S no estaba en juego el poder de Chávez,  y que de acuerdo a los números del CNE el régimen mantiene la mayoría simple en el poder legislativo; y es cierto además que restan dos años y medio para la conclusión del mandato presidencial. No obstante, el revés debe interpretarse como la consecuencia de un sostenido derrumbe de su proyecto y no sólo como un episodio desafortunado en la relación victorias y derrotas propia de los partidos y los gobiernos. La propuesta chavista presenta signos de agotamiento que trascienden a las caídas de popularidad que pueden administrarse o detenerse en cada caso. El derrumbe, en cambio, genera dinámicas fatalmente irreversibles. El fenómeno es perceptible en aspectos tales  como lo económico, fracaso de la estrategia internacional y niveles ingobernables de ineficiencia y corrupción.

Las dificultades económicas (recesión, inflación y desconfianza), son en este caso resultados previsibles de la llamada “economía socialista” y no solamente consecuencia de la crisis económica mundial ni del comportamiento de la economía nacional. En las economías de mercado existen respuestas eficientes para afrontar coyunturas adversas: planes de ajuste, programas de emergencia, pactos sociales, mecanismos de cooperación internacional, etc., pero en el caso venezolano es el empeño en trasladar la experiencia castro-comunista la que ha provocado la caída de la producción, la desinversión nacional y extranjera, la fuga de capitales, una generalizada desconfianza y niveles imparables de inflación.  ¿Acaso no fue ese el resultado de las economías de los países comunistas? ¿Por qué razón Raúl Castro clama ahora por aperturas y cambios ante la ruina económica cubana?

Los cambios revolucionarios suelen ser portadores  de una épica, derivación de luchas heroicas y suelen mostrar conquistas capaces de establecer diferencias con el pasado que se pretende sustituir. La revolución cubana, por ejemplo, exhibió avances en educación, sanidad y deporte, que la convirtieron por un tiempo en referencia internacional. La revolución chavista, en cambio, surgió de una manipulación engañosa de la oferta electoral y más que medidas para satisfacer demandas sociales y económicas, se ha revelado como una empresa de destrucción nacional, una suerte de regresión necrofílica hacia formas sociales y culturales sepultadas en el pasado. A ello se une una pavorosa ineficiencia. El caso “Pudreval” es un símbolo de la corrupción  y la ineficiencia juntas, así como el deterioro de la vialidad, la infraestructura hospitalaria y educativa; y el dramático colapso de los servicios públicos.

Para todo proyecto revolucionario la política internacional no es sólo la relación entre estados sino un instrumento decisivo para la proyección externa de sus bondades y su fortalecimiento doméstico; de allí que la geopolítica pase a ser componente indispensable de la política nacional. No ha sido casual que el chavismo promueva el ALBA, la alianza con Irán, Siria, Libia, Bielorrusia, Zimbabwe, Corea del Norte y las organizaciones del Foro de Sao Paulo ni tampoco lo es la utilización de la “petrochequera” para amarrar apoyos y complicidades. A partir del año pasado, con la infortunada injerencia en Honduras, la diplomacia chavista no ha cesado de dar pasos en falso. El ALBA se reduce al “pacto de sangre” entre Chávez y los hermanos Castro y a una relación de aproximación política con Ecuador, Bolivia y Nicaragua, cuyos gobiernos están impedidos de avanzar en el control de los ámbitos sociales y económicos tal como lo prescribe la receta chavista. A ello se añaden dos nuevos factores: la situación económica de Cuba que ha obligado a su régimen a la liberación de presos políticos para congraciarse con Washington y la Unión Europea; así como el anuncio de cambios hacia el capitalismo, ya que tal como lo confesara el propio Fidel Castro, el fracaso del  modelo cubano impide su exportación. Por otra parte, la victoria de Santos en Colombia, que es una continuación de la política de “seguridad democrática” de Uribe (pese a una aparente distensión bilateral), tiende a complicar las relaciones colombo-venezolanas en el corto plazo.  ¿Quién duda que la muerte del “Mono Jojoy” y la inhabilitación de Piedad Córdoba, así como la existencia no desmentida de campamentos de las FARC en Venezuela se convierta en una “papa caliente” en las manos de Chávez?

Todo ello ha contribuido al desgaste de la base de sustentación del régimen. Como no era posible copiar fotográficamente el camino castro-comunista para liquidar el aparato productivo mediante decreto, se estimuló la llamada “boliburguesía” como una estructura paralela alimentada por los dineros públicos cuyos niveles de descomposición y corrupción han llegado al extremo de que el propio gobierno se haya visto obligado a la intervención, el desmantelamiento de empresas y a la detención de los beneficiarios más representativos de ella.

Todos estos elementos confluyen en un cuadro de debilitamiento acelerado del chavismo que como es lógico debían expresarse en una victoria política de la sociedad democrática (que más allá de la composición numérica de la AN), liquida el mito de la “mayoría chavista” y despeja el camino para la construcción de nuevas victorias en el futuro.

 
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