Tradición y ruptura

Antonio López Ortega

Antonio López Ortega
alopezo@cantv.net

Los últimos años de gobierno podrían resumirse como un esfuerzo ofensivo para acabar con una tradición. La historia se ha querido reinventar, también la cultura, también los hábitos, también una idea de los patrimonios populares. Los nuevos censores van al pasado con pinzas, y extraen de él lo que les conviene, o lo que se amolda al doctrinario en boga.

La variedad y la complejidad ya no son valores; sólo la univocidad lo es. Octavio Paz hablaba de que toda cultura crecía en función de dos movimientos: tradición y ruptura. Pero su noción de ruptura no aludía a la muerte de la tradición, sino a su necesaria renovación.

La ruptura o corte que, en cambio, se ha querido imponer en esta década de mal gobierno quiere acabar con toda nuestra tradición e imponer otra dibujada según los caprichos muy específicos del gobernante de turno.

Una parte sustancial del país, sin embargo, sigue respondiendo a nuestras tradiciones culturales, las que emergen de manera muy natural, por ejemplo, en nuestra literatura oral o folklórica. Un repaso por ese legado de quinientos años o más, nos demuestra que el gentilicio venezolano hizo de la bondad, de la religión, de la participación, de la igualdad o del sentido de pertenencia un ancla para sujetarse a tierra.

Que esa herencia se haya enrarecido con las presiones de la pobreza, de la inseguridad, de la desigualdad o de las inhumanas concentraciones urbanas no es motivo suficiente para pensar que hemos dejado de ser lo que éramos. Si esos valores están en las simientes, fácil es rescatarlos a fuerza de educación, legalidad, modelaje, empeño y verdadero compromiso público.

Los valores de nuestra cultura podrán estar en el piso, pero eso no significa que hayan desaparecido, como lo hubieran querido los credos dominantes. Ya Jung ha hablado del inconsciente colectivo que subyace en las culturas como fuerza para generar cambios y recuperar los viejos legados.

En tal sentido, no deja de ser admirable que en Venezuela medio país recuerde de dónde venimos y el otro medio se conforme con la instantaneidad y el oportunismo, o padezca la miseria. Si la mitad o más de nuestra población ha vivido sin una visión de futuro, ésa será siempre nuestra mayor condena.

La superación de la división, que el Gobierno ha hecho tanto por remarcar, pasa por trascender esta aberrante dicotomía y entender que cualquier recuperación de la tradición conlleva una ruptura o corrección: la de no repetir nunca más modelos que no aseguren las mismas posibilidades para todos: sobre todo las esenciales de educación, salud y seguridad. Nuestra ruina histórica siempre ha estado en la incapacidad para generar verdadera soberanía individual (independencia de juicio) en todos nuestros ciudadanos, pues el populismo y la demagogia se alimentan del caldo de la ignorancia.

Escribo esta columna el 26 de septiembre en la tarde, después de haber votado. Es comprensible que, en esta nueva cita electoral, las dos visiones que imperan en el país vuelvan a encontrarse. La que se orienta por el reconocimiento de la tradición, sin temor a ajustes, remiendos o rupturas, debería imponerse por encima de aquella que sólo ve lastre en el pasado y que apuesta a una ruptura hueca. Pero si acaso la visión negadora de nuestra tradición se impone, al menos recordemos que las reservas morales siguen vivas y que medio país seguirá incólume, pagando una especie de penitencia, a la espera de que algún futuro no muy remoto nos permita recuperar nuestra tradición republicana en política y nuestra tradición más que diversa en cultura.

 
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