“LA LIBERTAD ES ÚNICA, ES INDIVISIBLE”

“Todos los socialismos democráticos son socialismos que defienden al mercado”

Lo que transcurre a continuación son los fragmentos de una entrevista truncada en sus inicios y que pretendía temas literarios y políticos centrales en la vida y en la obra del inagotable Mario Vargas Llosa. Ahora ya no tiene sentido guardarla. Nosotros podremos ser los mismos, pero él no. Finalmente, ha ascendido al Olimpo de los inmortales por obra del premio Nobel

Boris Muñoz

La escena transcurre a la hora del almuerzo en un salón del hotel Four Seasons de la Plaza Altamira. Afuera una muchedumbre vocifera un arsenal de consignas enlatadas contra la oligarquía apátrida. Adentro miembros de la clase adinerada de Caracas -sector industrial y capitanes de la prensa privada, para más señas–, entre ellos los más abiertamente críticos del gobierno y lo que se conoce como la derecha venezolana, toman el podio para debatir en torno las amenazas a la libertad en Venezuela y América Latina en el marco de la celebración de los 25 años de CEDICE. Nadie puede dudar quien es la figura absoluta del encuentro: Mario Vargas Llosa. Hay pocos intelectuales más fértiles y sin duda ninguno más polémico. Aunque es habitual que Vargas Llosa levante polvaredas a su paso, no es común que el presidente de una república que se dice plural y democrática le dedique, en transmisión nacional de radio y televisión, una buena dosis de su ira de viva voz y también mediante un séquito de virulentos publicistas que se hacen llamar intelectuales.

Usted ha estado históricamente comprometido con el ideal democrático y la libertad, pero siguiendo su trayectoria se puede decir que ese ideal ha cambiado marcadamente con el tiempo. El Vargas Llosa de “La literatura es fuego”, un impetuoso revolucionario, no es el mismo de “Un filósofo discreto”, prólogo que le hizo a “El erizo y la zorra” de Isaiah Berlín. ¿Podría hablar de cómo se produjo ese cambio de visión y de cómo concibe la libertad hoy?

Es un proceso que ha vivido toda mi generación en América Latina, Europa y seguramente otros continentes. En los años 60, el socialismo parecía una solución para los países del Tercer Mundo, atrasados, con enormes desigualdades económicas y sociales. La revolución cubana pareció encarnar ese socialismo abierto, no dogmático y entonces, efectivamente, yo como muchísimos peruanos y latinoamericanos apoyé y vi en el socialismo una solución. La realidad, poco a poco, fue mostrándome a mí y mostrándole al mundo, que el socialismo real era muy distinto al socialismo ficción en el que creíamos. Vi en el caso concreto de Cuba cómo el gobierno se fue identificando cada vez más con el modelo soviético, los testimonios de los disidentes en los países socialistas y sobre todo de la URRSS mostraron la otra cara del socialismo. Para mí el año 68 fue muy importante porque fue la primera vez que fui a la Unión Soviética y descubrí que la realidad no tenía nada que ver con nuestros sueños.

¿Qué vio?

Una inmensa pobreza, colas interminables en las tiendas y restaurantes donde los funcionarios de la nomenclatura tenían enormes privilegios que los colocaban a años luz de los hombres y mujeres comunes y corrientes. Siempre recuerdo la impresión que me causo descubrir que el traductor que me habían asignado soñaba con vivir en Leningrado, hoy San Petersburgo, pero no podía porque prácticamente era imposible para alguien ya instalado en un lugar y con un trabajo asignado cambiar de lugar y de trabajo. Yo me quedé absolutamente horrorizado al descubrir por ese mínimo detalle, lo invivible que podía ser la vida en una sociedad regimentada. Y entonces, digamos, ese fue el inicio de un largo proceso. Un proceso de desencanto con el socialismo pero a la vez de revalorización de la idea democrática, de la cultura democrática. Todo eso lo he documentado en un libro sobre ese tema.

A eso voy. Quizás un socialista o anarquista puro diría que eso que usted vio no es el socialismo, sino un capitalismo de estado en un régimen totalitario

Muy bien, entonces hablamos de un socialismo que no existe, sino en el mito y en la retórica. Eso que he descrito es el socialismo real en todos los países donde se ha instalado. Y hay ejemplos peores como el de la revolución cultural china con Mao. ¿Dónde existe el socialismo real hoy en día? En Corea del Norte, en Cuba, donde se ven formas más extremas todavía de degradación, empobrecimiento y regimentación de un país. Hay otro socialismo, un socialismo democrático que tiene cabida en la sociedad democrática porque acepta elecciones, coexistencia en la diversidad, libertad de expresión y libertad crítica. Desde luego ese socialismo forma parte de la cultura democrática.

Incluso hay un socialismo de mercado, como lo postula John Roemer.

Todos los socialismos democráticos son socialismos que defienden al mercado. El Partido Socialista Español defiende al mercado y la empresa. ¿Hay una sola empresa que haya sido nacionalizada en España con Felipe González o Rodríguez Zapatero? Ni una sola. Lo mismo vale para los socialistas en Chile. ¿Lula ha nacionalizado alguna empresa? Tabaré Vásquez, ¿nacionalizó alguna empresa? Todos esos gobiernos defienden el mercado, la empresa privada, la inversión extranjera, atacan la inflación y por eso controlan el gasto público. !Si eso es socialismo, bienvenido! Es en todo caso, un socialismo tan contaminado de liberalismo que de socialismo solo tiene el nombre. ¿No es cierto? Ese socialismo no ataca a la democracia, sino que se apoya en ella y por eso es uno de sus pilares en el mundo.

La segunda parte de la pregunta iba sobre la libertad

La libertad es única, es indivisible. Tiene muchas manifestaciones en distintos órdenes de la vida social y privada. Hay libertad política, libertad económica, libertad sexual. Todo lo que aumenta la soberanía individual o social es una manifestación de ese valor supremo en la civilización. Y eso es lo que defendemos los liberales. Que la libertad, en todos los campos de la existencia, en el mundo social como en el privado, se manifieste y pueda expandirse, porque eso es lo que ha traído desarrollo, progreso y ha humanizado la vida. Y eso es lo que defendemos los liberales.

¿Cómo se puede reconciliar ese concepto liberal de libertad con una característica resaltante del sistema capitalista: la explotación del hombre por el hombre?

Eso no es verdad. La explotación del hombre por el hombre es una fórmula caricatural de un sistema que ha traído enormes beneficios a la humanidad. El sistema de libre empresa y mercado ha traído un desarrollo económico que era inimaginable y eso ha ayudado a crear mejores condiciones de vida. Ha acentuado la desigualdad en muchos casos, eso sí. Ahora, si uno busca la igualdad absoluta, el concepto del que hablo es inconcebible. Pero hay que preguntarse: ¿qué ha resultado a lo largo de la historia de los regímenes que han querido instaurar la igualdad absoluta? ¿Hubo igualdad absoluta en la Unión Soviética o en China Polular? ¿La ha habido en Cuba o en Corea del Norte? Ser burócratas de la nomenclatura en esas sociedades supuestamente igualitarias crea unas diferencia y crea una situación de privilegio para una minoría que es infinitamente mayor a las desigualdades de la sociedad capitalista. Tener un automóvil en una sociedad en la que solo tienen automóviles quienes forman parte de la nomenclatura ya coloca a un funcionario a una distancia verdaderamente astral de un ciudadano común. Poder salir al extranjero en la Unión Soviética y en China Popular, había que pertenecer a esa minoría privilegiada. El resto, que era la inmensa mayoría, no podía salir con libertad. Entonces, ser parte de esa minoría es algo tan atractivo que se convierte en una fuente infinita de corrupción y abyección de la persona humana. Porque para llegar hasta la nomenklatura uno debe estar dispuesto a todo absolutamente, hasta a matar a su madre, en sentido metafórico. Entonces, eso fue lo que yo descubrí en mi viaje a la URRSS. Que lo que yo había estado defendiendo era un sistema en el que no habría podido vivir, una sociedad en la que hubiera sido una cucaracha social como llamaban a los disidentes, o un exiliado o estaría en el Gulag con los millones y millones de soviéticos que se pudrieron en el Gulag.

Refiriéndose a Venezuela, Mariano Picón Salas, escribió una vez: “Los estallidos del desorden frente a los intentos de orden democrático son también parte de un problema de cultura colectiva”. ¿Cree que se puede extrapolar esta visión a América Latina, siendo usted un latinoamericano?

Nosotros no hemos tenido una tradición democrática. Nuestras dos vertientes, tanto la pre-hispánica como la europea, no son tradiciones democráticas. La Europa que llega a nosotros es la de la contrarreforma que da una batalla terrible contra el Islam y el protestantismo. Es decir, una Europa fanática, dogmática, como lo eran los imperios pre-hispánicos. Todos los imperios prehispánicos eran monarquías absolutas, como prácticamente todos los imperios en la historia. Esa tradición no se interrumpe con la independencia. Al contrario, como hay mucho desorden, el caudillismo militar la continúa, con contadas excepciones como la de Chile, gracias quizá a un Andrés Bello, por ejemplo. Ahí se instalan instituciones civiles y se crea una sociedad civil poderosa y mantiene unas instituciones y costumbres democráticas que han permitido que Chile se recupere, como ahora, de la experiencia dictatorial mucho más rápido que otros países latinoamericanos. Pero los otros, como Venezuela o Perú, sufren el caudillismo, el militarismo. No tenemos tradiciones democráticas, salvo en sectores muy limitados de derecha o izquierda que no lograban imponer la cultura democrática. Y esa es la razón de nuestro fracaso económico, social y político.

¿No son precisamente el militarismo y el caudillismo nuestra principal tradición? ¿No somos lo que somos precisamente en virtud del militarismo y el caudillismo?

Habría que matizar un poco esa idea. Todos los países si uno rasca un poco y retrocede tienen una tradición autoritaria. La tradición democrática es recientísima. Es una adquisición de los tiempos modernos. No debemos sentirnos acomplejados. Debemos sentirnos acomplejados sí, por haber sido incapaces de haber roto antes esa tradición autoritaria. Pero ha habido progresos importantes. Cuando yo era joven, América Latina era dictaduras militares de extremo a extremo, con mínimas excepciones. Hoy día hay un ámbito democrático amplio, aunque se trate de democracias muy imperfectas. La única dictadura que hay es Cuba. De resto lo que hay es semi-dictaduras como Venezuela o Bolivia.

¿Llama usted semi dictadura a Venezuela? ¿No es una autocracia más bien?

Es la misma cosa, ¿no es cierto?

Hay matices y diferencias importantes.

Si, porque, hay espacios de libertad y si no no estaríamos aquí diciendo estas cosas. ¿No?

En el debate actual entre la izquierda y el liberalismo, al menos en América Latina, se escuchan ecos de otro debate más antiguo y bastante arraigado entre nosotros: el debate civilización-barbarie.

Si, diría que es un debate que se manifiesta, aunque yo no diría que entre liberalismo e izquierda. El liberalismo no está enfrentado con una izquierda democrática. Eso no es exacto. Hay una izquierda democrática y hay una izquierda liberal, como en España. España ha progresado fantásticamente desde el punto de vista social, no solo gracias a la derecha del Partido Popular, sino también a la izquierda del Partido Socialista. Esto ha contribuido muchísimo al progreso español, porque la izquierda se contaminó de liberalismo. Desde luego, a ellos o a los socialistas chilenos no les gustaría oír eso, pero esa es la realidad. No estamos reñidos con la izquierda que forma parte de la cultura liberal. Hay otra izquierda reaccionaria, dogmática, insensata, troglodita, si, como también hay una derecha dogmática y troglodita. Los liberales estamos reñidos contra esas fuerzas que son antidemocráticas y no creen en la libertad política y económica. Eso lo decía un gran pensador liberal. Von Mises no quería que hubiera partidos liberales. El decía que el liberalismo debía ser una cultura, un medio ambiente en el que prosperaran y compitieran socialistas, derechistas, centristas que habían hecho suya la cultura liberal. Algo de eso ha pasado en el mundo. Las grandes reformas liberales en Gran Bretaña, quién las hace. ¿El partido Liberal? No. El partido Liberal no era liberal. Las hace Margaret Thatcher, al frente de un partido Conservador que hace reformas absolutamente liberales. En España las reformas liberales las hacen los socialistas. De modo que creo que hay que combatir esa caricatura según la cual el liberalismo es de derecha. Somos de derecha, si la izquierda es antiliberal, si es liberal no somos de derecha.

TOMADO DE PRODAVINCI.COM

 
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