El poder del voto

Francisco A. Bello Conde

Francisco Bello

El pasado 26 de septiembre, quedó claro que siempre vale la pena votar. En un escenario donde el ventajismo del Gobierno Nacional era evidente: El uso y abuso del dinero de los venezolanos para pagar la propaganda oficial, la utilización exagerada de los medios públicos y las cadenas gubernamentales en horario estelar, interrumpiendo la programación de los medios privados para hacer proselitismo político, la utilización de los medios de transporte de diversos organismos que dependen del poder central para movilización electoral, las amenazas a los trabajadores del Estado, la parcialidad manifiesta del árbitro, la redistribución obscena de los circuitos y en general la perversión del sistema electoral, se logró un importante triunfo y se dio un paso importante hacia la restitución de un régimen de libertades.

Este logro tiene muchos protagonistas. Los partidos democráticos que aprendieron a ceder espacios e incluso a convivir respetuosamente con sus pares de otras corrientes para lograr el fin mayor: La unidad para vencer. Los medios de comunicación plurales que no se dejaron amedrentar; los empresarios que entendieron la necesidad de devolverle al país un poco de lo mucho que éste les ha brindado; los jóvenes estudiantes; los gremios y muchos otros. Sin embargo, los verdaderos héroes de esta jornada son los ciudadanos de a pie,  aquellos que no han perdido la fe, que no se resignan a vivir en esta Venezuela pero no les permite la conciencia abandonarla, aquellos que salieron a votar y aguantaron el saboteo de las máquinas, la violación del protocolo promulgado por el CNE, los atropellos del Plan República y de los coordinadores de centro; aquellos que salieron decididos a cambiar las cosas.

Una de esas heroínas, tiene nombre y apellido y su gráfica acompaña este artículo; se trata de Gabriela Rangel de Medina. Una muchacha de “veintipico”, ingeniero, trabajadora, que a pocas horas de la cesárea que trajo al mundo su primera bebé, amenazó con escaparse de la clínica si no le daban permiso para ir a votar. Con su silla de ruedas y su frasco de suero terminó con el dedo pintado en su centro de votación.

Yo conozco sus razones y sé, sin que lo diga, que fueron los ojos de su hija los que la lanzaron a restearse por un país diferente, por un futuro mejor.

Diría Andrés Eloy: “cuando se tiene a un hijo se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera”, “cuando se tiene a un hijo se tiene el mundo adentro y el corazón afuera”.

Gracias Gaby. Gracias a todas las Gabrielas de Venezuela por hacernos sentir orgullosos, por recordarnos que la voluntad todo lo puede, por devolvernos la fe y devolvernos los sueños, por regalarnos banderas color esperanza…

 
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