LA OSCURIDAD Y LA LUZ *

HENRIQUE SALAS RÖMER –

Escribo cuando el décimo minero sube a la superficie. Se le ve fuerte y sano. Sale entre los primeros porque sufre de alta tension. Sus hermanos lo llaman el Pato, “porque así caminaba cuando niño”. Al abrirse la cápsula, abraza a su mujer, a sus hermanos, expresa su agradecimiento al pueblo chileno. “Chile tiene muy buenos ingenieros”, dice. El Presidente comparte el regocijo.

“El Pato” Vegas cumplió 33 años abajo, a 700 metros de profundidad, enterrado bajo tierras arenosas. Ese día habló en video conferencia con su familia. “Tratábamos de transmitirle fe y era él quien nos daba ánimo”. ¿Por qué?, preguntan, “El es así”, responde uno de los hermanos.

La escena continúa, uno tras otro, van saliendo los mineros atrapados. El mundo entero sigue el “milagro” en tiempo real.

No sé porque me vienen a la mente aquellos “negativos” que por más de un siglo capturaron las imágenes que en blanco y negro lograban captar las cámaras fotográficas. Todo consistía en capturar en una delgada lámina de celuloide una imagen en sentido inverso. Donde le daba la luz, la lámina se ennegrecía, donde no le daba, ocurría lo contrario. Luego, el proceso se invertía. Lo blanco se hacía negro y lo negro se hacía blanco.

Qué alegría sentimos al ver a estos mineros emerger del vientre de la Tierra. Sólo que es un parto extraño. No son niños los que salen a la luz. Los que pare la Pacha Mama son hombres fornidos, maduros, rebosantes de alegría.

Quizás por ello regresaron a mi mente los “negativos” de antaño. Lo oscuro que sale a la claridad. “Negativos” que se transforman y recuperan su color.

Mi mente divaga con el símil pero algo que pasa como un celaje me interrumpe el viaje. Es una cápsula que se interna aceleradamente hacia la oscuridad. La fuerza de la gravedad apura su caída. Al igual que en Chile, es el Presidente quien la guía.

Veo imágenes que asustan, muertos abandonados, disparos, presos, cascos militares, alimentos putrefactos, caras angustiadas, prostitutas, desempleados, calles rotas… y desde los confines de una nación vecina, retumba la confesión de una voz encarcelada.

Escucho un chirrido. Siento un golpe. La caída de la cápsula se detiene. Miro hacia arriba. La guaya está tensa. Una multitud se agolpa. Entreveo rayos de luz.

* hoy cedemos nuestro espacio editorial a Henrique Salas Römer, quien no requiere presentación

 
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