El valeroso descubridor de América

Charito Rojas

Charito Rojas

Charitorojas2010@hotmail.com


La ignorancia es sin duda atrevida. Y hay que serlo mucho para tratar de borrar de la historia, 500 años después y sin tener aval académico alguno, a ese navegante que tuvo la valentía de lanzarse a un océano infinito y atemorizador, armado con su rudimentaria carta marina y guiado por las estrellas.

La historia sólo se reescribe para agregarle información, para aportar nuevos elementos de conocimiento, nunca para manipularla y menos aún a favor de mezquinos intereses políticos temporales. El 12 de octubre de 1492 marcó un antes y un después en la historia de la Humanidad y su protagonista indiscutible fue Cristóbal Colón. Su importancia es tal que el Día Nacional de España es el 12 de octubre; que todos los hispanoparlantes celebran el Día de la Hispanidad el 12 de octubre. El devenir de la época transformó -por racista- el Día de la Raza en el Día del Descubrimiento de América. Cuando se celebraron los 500 años del suceso, lo transformaron en el Día del Encuentro de Dos Mundos. Y ahora, unos atrevidos correctores de la plana histórica pretenden rebautizarlo como Día de la Resistencia Indígena.

Sin entrar a discutir tal resistencia, un hecho es cierto: el Almirante del Mar Océano, Cristóbal Colón, estará para siempre inscrito en las páginas principales de la historia de la humanidad y los aspirantes a enmendar la plana histórica serán apenas un borrón en ese libro.

Los descubridores

Sobre Cristóbal Colón se han escrito infinidad de libros; él mismo dejó el diario de su primer viaje, “El libro de la primera navegación”. Luego, Fray Bartolomé de las Casas escribió “La Historia de las Indias” entre 1527 y 1561, llena de datos tomados de los documentos del Almirante; y su segundo hijo Fernando, que le acompañó en el cuarto viaje, escribió su biografía, publicada en Venecia en 1571. Cristóbal Colón zarpa de España sin la menor idea de la distancia que recorrería, no tenía conocimiento (y nunca lo supo) que se toparía con un continente. En su diario de viaje cuenta las millas marinas, pero sólo informa a la tripulación de un tercio de la verdadera distancia recorrida, según él por el temor que si supieran lo alejados que estaban de las costas europeas, cundiría el pánico.

En el siglo XV Europa veía al Atlántico como una muralla de agua que rodeaba al mundo conocido. Lo llamaban el “mar océano” y no se sabía de nadie que lo hubiera atravesado. Era pintado por los artistas de color negro, con hidras y dragones asomando su cabeza en la superficie, grandes peces, pavorosos vientos y olas altas como montañas. Pese a que muchos navegantes y geógrafos estaban ya de acuerdo sobre la redondez de la Tierra, como no tenían en cuenta la ley de la gravedad, unos creían que los buques que se aventuraran a la travesía “caerían lanzados al espacio”. Por eso, cuando Colón comenzó a proponer su plan de cruzar el “mar tenebroso”, muchos creyeron que estaba loco.

Sin embargo, los escandinavos Leif y Thorvald Ericson ya habían navegado el Atlántico norte en el año 1000, llegando hasta Islandia y Groenlandia, sin tener idea exacta de dónde estaban. Más tarde Thorfin Karlsefni en el siglo XI, parece que exploró el noreste de los Estados Unidos, o sea lo que es hoy Connecticutt, New York, Delaware y Maryland, pero esto no alcanzó la categoría de descubrimiento. Si bien identificaron a sus habitantes, describieron el clima, y se comenzó a hablar de Vinland y Groenland como “tierras descubiertas”, no establecieron la identidad de las mismas, considerándoles islas más bien. Tampoco lograron rutas permanentes que poblaran o integraran esas pequeñas colonias al mundo de entonces.

Cristobal Colón

Génova era en el siglo XV una ciudad marinera. Por ello, el que Cristóbal Colón pudiera provenir de esta urbe cuna de hombres de mar, resulta más que probable. Aunque mucho se ha especulado sobre la procedencia portuguesa, catalana o incluso judía de este personaje, la mayoría de los historiadores creen que era genovés, primogénito de Doménico Colombo y de Susana Fontanarossa. Pese a que su padre tenía un taller de tejidos de lana, el mismo Cristóforo dijo que desde los 14 ó 15 años estaba navegando como grumete. Cuando comienza a revolucionar las cortes de Portugal y de Castilla con su proyecto de atravesar el Mar Océano, ya tenía casi 50 años, edad más que avanzada en una época en que la expectativa de vida difícilmente superaba los 40 años.

Veterano de los mercantes que surcaban el Mediterráneo, hizo también incursiones guerreras, al parecer en oriente medio. Tenía fama de osado e incluso algunos decían que se le daba hasta la piratería. Pero era un gran astrónomo y mejor marino. No se sabe si arribó a Lisboa después de un naufragio o si fue llamado por su hermano Bartolomé que se había establecido en esa ciudad como cartógrafo. Lo cierto es que en 1476 capitaneaba barcos mercantes entre Lisboa y la isla de Madeira. En 1479 se casó con Felipa Moñiz de Perestrello, hija de un ex gobernador de la isla de Porto Santo, en las Azores, donde nació su hijo Diego. Este matrimonio le dio a Colón cierto nivel social y la oportunidad de codearse con experimentados navegantes portugueses, llegando él mismo hasta Guinea, en África. Tal vez fue la época en que navegando esas rutas, ideara ir más allá. En Lisboa oyó hablar por primera vez de las expediciones de los escandinavos y leyó con avidez las leyendas sobre las islas que aparecían y desaparecían cuando se atisbaba el horizonte desde las Islas Canarias. Uno de sus libros favoritos, que hoy se conserva en los Archivos de Indias, en Sevilla, fue el de los viajes de Marco Polo, al cual le hacía anotaciones en sus márgenes.

Colón concluyó que a través de la ruta del océano desconocido llegaría desde el este a las costas de Cipango y Catay. Una y otra vez intentó el financiamiento en la corte de Lisboa para luego irse a Granada, donde estaban los Reyes Católicos. Entre los años de 1487 y 1488, mientras esperaba en Córdoba la decisión de los monarcas, conoció a Beatriz Enríquez de Arana, una joven de humilde procedencia, que le dio un hijo: Hernando Colón. Después de mucha insistencia, la reina decidió a su favor. Las condiciones del viaje eran claras: todas las tierras que pisara serían puestas a la orden de la corona española, todas las riquezas pertenecerían a los Reyes y a cambio el obtendría títulos y riquezas. En tiempo récord, Colón logró reunir tres barcos con sus tripulaciones. En el puerto de Palos contrató dos carabelas: “La Pinta”, propiedad de Cristóbal Quintero y “La Niña”, que pertenecía a un marino llamado Juan Niño. Ambas eran pequeñas, de unas 60 toneladas y de 25 a 30 metros de largo. El tercer barco, del tipo nao, se llamaba Marigalante, pero Colón lo cambió por el de “Santa María”. Es de notar que el factor principal por el cual algunos historiadores piensan que Colón era judío, lo causa su ferviente cristianismo, típico de los conversos.

En estas naves que se hicieron a la mar iban unos 90 hombres, entre ellos un intérprete de lenguas orientales llamado Luis de Torres. Tal era el convencimiento de Colón de que llegaría a las Indias Orientales. El 3 de agosto de 1492 la expedición se hizo a la mar en el puerto de Palos. La avería en una de las naves lo hizo escalar en las Canarias, de donde partió el 6 de septiembre para sólo ver el inmenso mar hasta llegar al que creía su destino. Venciendo el temor de la tripulación, el deseo de virar, la amenaza de motín, las tormentas, las averías, las enfermedades y el mar de los Sargazos, finalmente el Almirante escuchó el tan ansiado grito de “¡Tierra!”, de boca de Rodrigo de Triana que vigilaba desde la proa de La Pinta, según consta en las crónicas del viaje. Era la madrugada del viernes 12 de octubre de 1492.

Dimensión desconocida

Habían llegado a una isla, que Colón creía era de las Indias Orientales. La llamó San Salvador y bajó a tierra con la tripulación para tomar posesión de ella en nombre de la Corona española. Los recibieron unos nativos morenos y semidesnudos que estaban tan asombrados como ellos ante el aspecto de los otros. Sin embargo, el encuentro fue pacífico, nada de resistencia indígena ni de violencia. Hubo hasta intercambio de regalos. Los indígenas llamaban a esta tierra Guanahani.

Tres veces más zarparía Colón en viajes de descubrimiento, durante los doce siguientes años. En su primer viaje, después de Guanahani (San Salvador) navega hasta Cuba (bautizada “Juana”) y Santo Domingo (“La Española”). El segundo viaje, realizado entre 1493 y 1496, lo hace con 17 naves y 1.500 quinientos tripulantes. Descubre las Antillas Menores, Puerto Rico y Jamaica. Va otra vez a Cuba y a Santo Domingo.

El tercer viaje (1498-1500) es su primer contacto con tierra firme… aunque Colón no lo sabía. Entró por Trinidad y se enfrentó a las costas de Paria y a las desembocaduras del Orinoco. La llamó “Tierra de Gracia” por el lujurioso verdor y exuberantes frutos. Pero Colón jamás llegó a pisar tierra venezolana: no se bajó del barco, por tener lo que se supone era una conjuntivitis.

En su cuarto viaje, entre 1502 y 1504, con una austera expedición de 4 naves y 140 tripulantes, Colón descubre Honduras, Costa Rica y Panamá. Ya muchos barcos surcaban las aguas de los nuevos territorios. La Corona había incumplido el ofrecimiento de hacerlo Virrey de las Indias y víctima de la traición, es apresado y regresado a España como un delincuente. Aunque la reina le devolvió su rango de Almirante y los bienes a que tenía derecho, no pudo borrar la humillación y murió en Valladolid el 20 de mayo de 1506, sin saber que Isabel La Católica, la reina que lo había honrado permitiéndole sentarse en su presencia, también había muerto. Y sin saber que había descubierto un nuevo continente, cuyo nombre -injusticias de la historia- se lo dio Américo Vespucio, el cartógrafo de las nuevas tierras y no el Almirante Cristóbal Colón, su valeroso descubridor.

 
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