l sábado era variable, amanecía a veces, esplendoroso y lleno de sol. Otras, triste nublado y hasta neblinoso. Pero lo que sí era seguro era que en la mañana comenzaban a oírse los pasos cansados en el zaguán. Allí los pasos se detenían y una voz quejumbrosa, a la vez lastimera y amable se dejaba oír: “Una limosnita, por el amor de Dios”… De la casa rica o humilde, salía alguna persona con algún centavito, con un bollito de pan o con algo de comida, y entregaba el regalo al limosnero.

Éste cargaba generalmente, bolsas o latas, donde guardar lo que le habían dado. Y se retiraba conforme, luego de recibir su limosna, con el clásico “Dios se lo pague”. O también dicien- do “Que Dios y la Virgen los ayuden”.

Era el sábado el día de las limosnas. En bodegas y pulperías ponían varios centavos o “chivas” sobre el mostra- dor. Allí la cosa era más organizada. Llegaba el limosnero, entraba, cogía su centavo y salía. Y el dueño del ne- gocio estaba pendiente de que alguien no diera la vuelta y entrara dos veces.

Con frecuencia, el limosnero pre- sentaba en la pierna alguna úlcera crónica, prolongada por la suciedad o por la contaminación por hongos que era como su “credencial de limos- nero”. Y trataba de mostrarla para que vieran que sí tenía razón en ser limosnero.

El dueño del negocio, muy soslayo, si el limosnero era desconocido, mira- ba la lesión cutánea, y si la úlcera era grande, a veces, compadecido, le de- cía: “Hermano tome dos centavos”. Concediendo aquel pequeño “extra” monetario, debido al tamaño de la lesión.

Así era el limosnero

El “pobre”, era generalmente un vie- jito delgado, de pómulos salientes, bi- gotes y barba descuidados, ojos hun- didos, sombrero desgastado y ropas raídas.

A veces, no era un viejito sino una dulce viejita o una pulcra y hermosa hermanita de los pobres que, con sus cestitas al brazo, ingresaba al zaguán, ocultando humildemente a los ojos del mundo su belleza juvenil o algo ya caduca, cumpliendo con su encomia- ble labor para ayudar a los pobres.

Para nuestros ojos infantiles, era na- tural que fueran pobres. Eran personas que formaban una parte imprescindi- ble de la vida familiar y de la ciudad.

GUILLERMO MUJICA SEVILLA

Con frecuencia, el viejito cargaba un palo, el cual era la ayuda necesaria para caminar y también para defen- derse de algún perro ladrador o de al- gún pícaro callejero, más que para atacar a alguien.

Desde tiempos inmemoriales

Algunos casos han sido llevados al teatro y a la pantalla de cine, como el célebre “Dios se lo pague” donde Arturo de Córdoba personificaba a un mendigo, experto en el arte de pedir limosnas, que cuando no ejercía esta profesión, era un acaudalado persona- je, dueño de salones y de finas mane- ras. Recuerdo también a la gran reci- tadora argentina Berta Singerman en un poema que sólo consistía en decir: “una limosna por el amor de Dios”. Pero qué gran creación hacía de esta sola oración… Se ubicaba en el fondo del escenario y se venía poco a poco hacia adelante evocando la imagen de un limosnero en una calle concurrida y pedía “una limosnita por el amor de Dios… señor”, y así hasta que, agotada la paciencia al ver que todo el mundo pasaba indiferente, terminaba dicien- do, violentamente: “¡Una limosna, por el amor al Diablo… Cuánta maldad hay en este mundo!”.

En nuestras ciudades, periódica- mente, ha habido siempre prolifera- ción de mendigos, que constituyen co- mo una úlcera en el físico de nuestras comunidades. Los tiempos modernos han hecho más agresiva la limosna. Ahora ésta, pocas veces se da en el do- micilio, por temor a encontrarse con un asaltante disfrazado. Además, el pobre de hoy en día, ha subido sustan- cialmente su tarifa. Hay casos en que, si se da menos de cinco bolívares co-

rre el riesgo que le digan “yo no soy li- mosnero, menor de cinco bolos, oyó mi pana” y se lo dejan en las manos murmurando…

Es conocido también aquel caso del borrachito que una vez pidió un me- diecito por amor de Dios. La dama que se lo dio, le dijo: Aquí tiene. ¡Pero ya sabes, que no lo sea para beber!…

A lo cual él contestó: “sí, mi señora. ¿No ve que con él me voy a comprar una casa?”.

En este mundo en que ha desapare- cido la pacífica y sana limosna, aque- lla que hacía desfile a tantos pobres, viejos, viejitas y aquellas hermanitas de los pobres, evocamos los versos de Aquiles Nazoa, dedicados a un dulce “Don Anselmo”… y yo, durante mu- chos años sin fallar, veía a la hora del almuerzo día tras día… en el quicio de mi casa se sentaba un pobre viejo… y se ponía a contar los centavitos que recogía, mostrando su sombrero tier- no y paternal, y tendía su mano para hacerles “arrumacos a algún perro”.

¿Por qué evocamos con cariño a aquellos limosneros? Porque ellos re- tribuían la limosna con amor, con ca- riño, con mucha bondad. O nos daban motivo para diversiones. O nos obse- quiaban con sonrisas plenas de dulzu- ra enternecedoras.

Por eso, en este mundo duro, agre- sivo y casi incontrolable, nos hace sen- tir aquellos pobres viejecitos que iban con las manos extendidas solicitando algún centavo, pero que eran inmen- samente ricos en bondades, en dulzu- ra, y, en sonrisa plena, de lo más her- moso del corazón humano.

 
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