Chávez en la encrucijada

Roberto Guisti


Roberto Giusti
rgiusti@eluniversal.com

En diciembre del año 2006 Hugo Chávez vivió su momento de máximo esplendor. Logró superar los siete millones de votos y ganó la reelección con más de tres millones sobre Manuel Rosales. Valido de un triunfo que consideraba abrumador, decidió cobrar duro y sabroso y así anunció, primero, el cierre de Radio Caracas Televisión y casi enseguida, la estatización de Cantv y de La Electricidad de Caracas.

El 2007 se inició entre los opositores con un sentimiento de frustración y de fatal resignación, ante un país que parecía haberse decantado por la concepción chavista. Y Chávez estaba tan convencido de eso que en agosto formalizó la celebración de un Referéndum Constitucional. La reelección indefinida y una reingeniería del sistema político que privilegiaba el nacimiento de lo que él mismo ha dado por llamar “la institucionalidad revolucionaria”, constituían la nuez de una propuesta cuyo objetivo no era otro sino echar las bases de un régimen totalitario legitimado por la vía electoral.

Ensoberbecido por su empatía con las masas y creyéndose poseedor de una patente de corso, supuso que esas mismas mayorías que le habían comprado su discurso de campaña, primero con énfasis en las misiones y la soberanía y luego con el mensaje almibarado y cursilón del amor (“… pintor por amor al árbol, soldado por amor a la patria y presidente por amor al pueblo”), harían lo mismo con su receta radical.

El 2D sufrió el primer revolcón que, en su caso, le restregaba la intuición de una sociedad capaz de distinguir entre la demagogia (2006) adobada con petrodólares y el obsceno apetito de poder puesto en evidencia en el 2007. Subestimó al pueblo que dijo amar, mientras miraba al infinito azul del cielo, y su ego sufrió lo indecible por ese cambio de humor de unos dos millones de votantes que lo dejaron en la estacada.

Sólo que ahora, cuando el pueblo, de nuevo, le dijo no, actúa exactamente igual que en el 2007. Es decir, como si hubiera ganado. Esto nos dice varias cosas: una, que no le importan los resultados electorales, mucho menos si los pierde. Dos, el objetivo sigue siendo el mismo, con o sin mayoría. Tres, si perdió por la vía electoral y ésta ya no le sirve, ¿por qué insiste en la radicalización? ¿Se quitará la careta y finalmente dará la patada a la lámpara? ¿No es ya demasiado tarde para eso?

O será simplemente, que el gran táctico, aquel que cuando la oposición iba por él, ya venía de regreso, está equivocándose y marcha hacia la gran debacle electoral del 2012? No lo sé. Quizás él tampoco.

 
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