El chavismo y los mineros

Caos y enormes colas para inscribirse en el Registro Militar


Marcos R. Carrillo P.
mrcarrillop@gmail.com

Mientras Chile y su gobierno daban un ejemplo mundial de cómo la organización, la persistencia, el conocimiento, la humildad y la cooperación internacional se unieron para salvar la vida de los famosos 33 mineros, las majaderías presidenciales no paran en nuestro atribulado país: abrumado por la atención que los medios han dado al ingenioso rescate, y con seguridad herido en su ego, decidió hacer una cadena y sale con eso de quererse montar en el tren de la energía nuclear. El principal y casi único responsable de un gobierno que acabó con un servicio eléctrico confiable y dejó que el Metro de Caracas, otrora ejemplo mundial, se degradara hasta ser un tétrico carrusel que ofende a todos sus usuarios, el jefe de un gobierno que permite 19.000 muertes violentas al año y es incapaz de poner orden en una cárcel, quiere seguir botando el dinero de los contribuyentes ahora con alguna chatarra enviada por el pana Ahmadinejad a cambio de la hipoteca del país.

El Gobierno chileno, conformado por personas competentes y serias, ha logrado enfrentar dos calamidades en unos pocos meses y ha salido adelante. Por su parte el venezolano se devana los sesos pensando en el cambio de uniformes para los militares, en los inútiles y constantes cambios de nombre a los entes públicos, en deshojar la margarita con Colombia, en la retórica balurda, obsoleta y desgastada sobre “la invasión yanqui” y en los caprichitos de viajar a visitar a cuanto paria quede en el mundo.

El contraste entre la sobriedad chilena y la cómica criolla quedó de manifiesto en lo que se vivió esta última semana: Mientras se afinaban los últimos detalles de la gesta chilena aquí la Asamblea Nacional procedía a reformar a la carrera la ley que ordenaba la inscripción militar a toda persona comprendida entre los 18 y los 60 años. La modificación no fue por violar algún derecho fundamental (que en efecto lo hacía) sino por el despelote que se armó, por la improvisación, por la chapucería, por el despropósito que tal requerimiento significa.

El problema no es que Piñera y su equipo sean de derecha o de izquierda. Con seguridad Bachelet también hubiera actuado con la misma eficiencia. El problema es que Venezuela se ha transformado en un inmenso disparate en el que todo se hace depender de los desvaríos televisivos de una persona. El problema es que mientras el ministro de Minas chileno lo primero que hizo fue llamar a la NASA para solicitar su ayuda y experticia, los amanuenses que encarnan esos roles en este país habrían tenido que llamar a Chávez para que éste le preguntara a Fidel -quien obviamente es especialista en perforaciones de gran magnitud- qué hacer y, finalmente, se dignara a mandar un escuadrón cubano a supervisar lo que se decidió luego de la consulta de rigor con los babalaos.

Los chilenos seguirán celebrando la gran victoria de este rescate y de la reconstrucción del país devastado por el terremoto. Nosotros seguiremos viendo el desprecio por el estado Vargas y el deterioro general de cada ciudad. Lo de Venezuela no es sólo un problema ideológico, hemos caído tan bajo que es una lucha por poder rescatar la cordura y la decencia en las instituciones. Somos millones de personas atrapados en el abismo atávico y trastornado del chavismo. El túnel de rescate ya se comenzó a abrir el 26 de septiembre. Queda, sin embargo, mucho camino por recorrer.

@ El Universal

 
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