El país busca otro camino *

Colette Capriles

A partir de su derrota en 2007, el Gobierno se había preparado para gobernar como minoría insurgente. – La sorpresa del 26S, entonces, no fue esa. Sino la derrota de Chávez mismo.

Colette Capriles
Colettecapriles@hotmail.com

Todo esto pone a pensar sobre el significado de los actos electorales. En las democracias maduras, las elecciones son el mensaje. El acto electoral tiene una semántica, es decir, unas reglas de asignación de sentido: enuncia algo, afirma algo. O lo niega. Tras la forma binaria “victoria-derrota” está condensado un mensaje que exige interpretación.

En regímenes para-constitucionales como este, en los que el poder selecciona arbitrariamente los fragmentos de la Constitución que le apetece honrar (es decir, en los que el poder no se somete a la carta magna sino que la utiliza para los fines de su perpetuación), no se concibe el significado de las elecciones sino como uno: la aclamación plebiscitaria. Todo el esfuerzo comunicacional del Gobierno se ha volcado ahora, después de una noche de estupor, a reconstruir hechos y números de modo de continuar adornando una versión de los resultados electorales que acalle el mensaje. Que, sin embargo, poca interpretación necesita: el crecimiento de los votos no chavistas en los últimos torneos electorales muestra una tendencia irreversible, estructural, hacia la alternabilidad.

Dicho simplemente, se refrenda la fecha de vencimiento de esta “administración” para 2012. Voto-castigo, voto-cansancio, sí.

Pero también voto-comparado, cuando se examinan las gestiones de gobernadores y alcaldes de oposición con respecto a las del oficialismo, y voto-repudio, y votovergüenza y voto-decencia.

Voto-moral y voto-arrechera.

Los matices, así, son complejos y diversos.

Pero el sentido es claro: el país está buscando otro camino y ni la hipnótica verborrea del Presidente ni la intimidación militar y judicial, ni mucho menos las volátiles cédulas de Gracias al Sacar o lavadoras portentosas, parecen distraerlo.

Y quizás lo más siniestro en este espectáculo es que el régimen, que le toma el pulso a diario a la opinión pública, sabe perfectamente que el lecho estructural que le sostenía se ha quebrado, como lo demuestran las manipulaciones autorizadas por la ley electoral que se fabricó impúdicamente. Se ha dicho y es evidente que el Gobierno no acaba de descubrir ayer que representa a una minoría que se achica cada vez más, sino que lo sabe desde que así ocurre.

A partir de su derrota en el referéndum de 2007, el Gobierno se ha preparado para gobernar como minoría, o más precisamente, como minoría insurgente frente a la propia sociedad a la que debería servir. La sorpresa del domingo, entonces, no fue esa. Sino la derrota de Chávez mismo.

Al plebiscitar la campaña, el Presidente puso sobre la mesa (linda metáfora, ¿no?) sus numeritos de popularidad, confiando en que podían multiplicarse en votos.

Pues parece que las simpatías que los electores puedan sentir, la famosa “conexión” metafísico-popular que tanto agrada a ciertos encuestólogos arrobados, no alcanza ya (si es que alguna vez fue, en verdad, fuente tan principal de votos).

Las consecuencias de este nuevo estado de cosas son, para la fisiología del régimen, catastróficas, en el sentido de que tocan lo más íntimo de su metabolismo y obligan a reconsiderar lo que hasta el domingo parecía una plácida rutina electoral en la perspectiva de 2012.

Por lo que se puede inferir, la única respuesta que ha podido articular el régimen es la negación compulsiva; quisiera creer que, aun dentro de su laberinto, en el oficialismo puedan estarse discutiendo, o susurrando, los términos del dilema que ahora tiene por delante: procurar enderezar las cargas moderándose o por el contrario, persistir en el aislamiento y la insurgencia.

@ELNACIONAL


* TITULO ORIGINAL: Control de daños

 
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