Escrotocracia y Universidad *

Alberto Barrera Tyszka

Alberto Barrera Tyszka
abarrera60@gmail.com

Las universidades autónomas son las aguafiestas en el plan educativo del Gobierno. El espacio de mayor tradición revolucionaria del país no está con la revolución.

Tengo un lector o lectora, devoto o devota, que cada domingo religiosamente me insulta. Al principio, mandaba correos largos.

Poco a poco fue cansándose y restándole palabras a cada correspondencia. Con el tiempo todo se ablanda, incluso los más serios rencores.

Aun así, nunca falla. Aunque sea con una línea feroz, lanzada como mensaje de texto desde su teléfono celular, siempre me llega su pedrada. Su queja nunca cambia. No tolera que yo me meta con el Presidente.

Incluso cuando toco otro tema, sus palabras al inicio llegan con un ánimo tramposo, en plan de “ya usted ve, se puede escribir sobre otras cosas”, pero pasan de inmediato a un regaño admonitorio, previendo de seguro mis próximos pecados.

Recordé esa tradición dominical cuando me senté a encarar la crónica de esta semana. Había pensado escribir sobre las universidades y sus protestas. Hace unos días me crucé con un compañero que da clases en la Escuela de Letras. Compartimos juntos tres cuadras y más de un desaliento. Un profesor como él, con una maestría en el extranjero, que ha leído y estudiado desde el Popol Vuh hasta Ricardo Piglia, que debe mantenerse actualizado, investigando, probablemente gana lo mismo que un motorizado que, con astucia y velocidad, se rebusque varios clientes. Y con esto no quiero decir que un profesor universitario vale mucho más que un profesional de la encomienda motorizada, con una especialización en Yamaha. Sólo digo que probablemente los dos están a la misma distancia de vértigo del sueldo mínimo.

Cuando fui a buscar alguna declaración oficial, comenzaron los problemas. Me tropecé con el ministro Edgardo Ramírez y lo escuché hablar y no entendí por qué tenía que decir tantas veces las palabras “comandante presidente”. Recordé entonces a mi lector o lectora, devoto o devota, y pensé que quizás estaba dejándome llevar por una pulsión muy personal. Pero no. Lo volví a escuchar y me quedé con la sensación de que el ministro no se aguanta un punto y coma sin soltar la referencia. Un, dos, tres, “comandante presidente”. Cuatro, cinco, seis: otra vez lo mismo.

Ministro Edgardo Ramírez

Siete, ocho, nueve: ¡de nuevo! En un momento llegué a sentir, incluso, que tenía un contrato, que le pagan por hacer una cuña. También me pasa con otros funcionarios. Siento que, cada equis cantidad de minutos, en medio de cualquier parlamento, parecen estar obligados a cumplir con una pauta publicitaria: “Todo esto que les estoy diciendo es cortesía de”. Otra vez con lo mismo. ¡De nuevo! Uno entiende que la vida está dura, que hay que mantener el puesto; uno también entiende que cada quien puede tener sus propias euforias, sus vehemencias… pero es un exceso convertir el discurso personal en una pieza de propaganda. Por supuesto que no es un caso aislado. Se trata de un protocolo que cada vez se impone más fervientemente en el país. Hay hasta un joven, elegido en las pasadas elecciones, que todavía no ha asumido el cargo pero ya dice que no quiere ser diputado sino foca. Felizmente foca. Que no nos vengan con vainas: esto no es socialismo sino pura escrotocracia del siglo XXI.

Pero volvamos al tema. El problema de los presupuestos, de la burocracia y del rendimiento en las universidades autónomas es tan viejo como complejo. Sólo puede solucionarse de manera concertada con todos los sectores involucrados. El Gobierno menciona los compromisos que ha honrado, cita la crisis del capitalismo e invoca las auditorías. Nada de eso tampoco es demasiado novedoso. También Jaime Lusinchi invocó las auditorías cuando tuvo una crisis universitaria durante su gobierno. Pero a todo esto, ahora, se suma otro elemento.

Tiene que ver con el sometimiento al proyecto oficial. Las universidades autónomas son las aguafiestas en el plan educativo del Gobierno. El espacio de mayor tradición revolucionaria del país no está con la revolución.

El ministro Ramírez habla del proceso bolivariano y dice que es necesario formar a profesionales “sensibles”, que tengan “amor por la patria”, que quieran luchar por la “independencia” y por la “soberanía”. El viceministro Quintana dice que las universidades están “desarraigadas” de las “necesidades del pueblo”. Todo está verbalizado en términos ambiguos, puede ser interpretado de cualquier manera, depende de la discrecionalidad de quien ejerce el poder. Si las universidades fueran rojas rojitas quizás nada de esto pasaría. La resistencia y la diversidad son el enemigo.

Quizás sólo quieren estudiantes que deseen graduarse de focas. Tal vez sólo buscan profesores que, cada dos por tres, digan “comandante presidente”.

Ni modo. Hoy también me sale domingo con pedrada.


* TITULO ORIGINAL: Profesores y Focas

 
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