La extraña “muerte” del Nazi más buscado

José María Irujo

Heim (1942)


Misterio criminal. Por primera vez se hacen públicas las declaraciones judiciales del hijo de Aribert Heim, el Carnicero de Mauthausen. En ellas revela los 30 años de vida oculta de su padre en Egipto y asegura que falleció de un problema renal

Julio de 1991. Rüdiger Heim, de 35 años de edad, descolgó el auricular de una cabina telefónica en Girona, España. Llamó al número secreto que le unía como un misterioso cordón umbilical con Aribert, su padre, el nazi más buscado de Alemania; el médico que asesinó a decenas de presos en Mauthausen, Austria; el Doctor Muerte de la era de Hitler.

“Me pidió que fuera a visitarle. En las últimas conversaciones noté que no se encontraba bien. Viajé a Baden-Baden, tomé el avión para El Cairo y llegué por la tarde. Fui al hotel donde vivía y lo encontré sentado en una silla de bambú. Me dijo que tenía que decidir si se quedaba acostado o en una silla de ruedas. Permaneció en la cama, donde estuvo los últimos 20 días hasta morir”.

Rüdiger Heim tiene hoy 54 años de edad y es uno de los hombres más vigilados de Alemania por los cazanazis.

El pasado 13 de julio declaró por primera vez y en el mayor de los sigilos ante tres jueces y un fiscal del tribunal de Baden-Baden, Alemania. Contó las cuatro veces que visitó a su padre en su refugio de El Cairo. El juez Neerforth le leyó sus derechos y este hombre alto, de ojos azules, anchas espaldas y cabello algo canoso, reveló su secreto durante tres horas. Su decisión de declarar se ha guardado con celo.

Heim (1950)

El diario español El País tuvo acceso a su declaración judicial, que describe las andanzas del médico de las SS (poderoso organismo de seguridad del Tercer Reich) que sembró el terror en los siniestros quirófanos de la Revier, la enfermería del campo de concentración de Mauthausen ­uno de los más duros e inhumanos, construido durante la ocupación alemana­ donde varios doctores asesinaron a cientos de prisioneros con inyecciones en el corazón. Rüdiger facilitó, también, al juez Neerforth y al fiscal Klose una decena de cartas manuscritas por su padre desde su escondite egipcio, pero rechazó que le tomaran una muestra de saliva para comprobar su ADN.

Egipto. El cuerpo de Heim continúa sin aparecer y no son pocos los que dudan de su muerte. ¿Cómo vivió uno de los hombres más buscados del mundo? ¿Ha fallecido el médico que utilizaba cráneos de sus víctimas como pisapapeles? Esta es la versión judicial de su hijo: “Allí comenzó la última fase de su sufrimiento sin asistencia médica. Sólo vinieron una vez a inyectarle un analgésico. Cada día un empleado del hotel traía leche fresca. Me rogó que su cadáver fuera donado a la ciencia.

Quería evitar que se abriera su tumba para hacer una prueba forense. Él era conocido allí como un europeo que por motivos de salud vivía en Egipto.

De su pasado nadie sabía nada”, relata Rüdiger en su declaración judicial.

El doctor Heim rara vez se dejó fotografiar durante su estancia en Egipto. Esta imagen, tomada en 1971, se cree que fue en Alejandría, donde era propietario de una casa.

La agonía del viejo Heim, tenía entonces 78 años de edad, se aceleró en su habitación del hotel Kasr el Madina, en el número 414 de la calle Port Said. “En los últimos días la comunicación con él se cortó. Al final de julio o principios de agosto hacía un calor tremendo en la habitación y compró un gran ventilador.

Aquel aparato le produjo un resfriado y se quedó sin voz.

Nos comunicábamos con un papel. Siempre me escribía: `No te olvides de donar mi cuerpo’. La situación empeoró. En 1990 le habían detectado un carcinoma de recto, no operable. Le hicieron una colostomía con salida al lado izquierdo. El 9 de agosto de 1991, me di cuenta de que los dolores eran incontrolables. Tenía que ayudarle a orinar. La situación fue muy estresante para mí. Murió de una disfunción renal”.

Rüdiger ­el único de los dos hijos de Heim que le visitó y asistió durante su fuga­ relató a los jueces cómo fue la noche en la que supuestamente murió su padre, en el mismo hotel en el que se paseó durante años con su cámara de fotos y jugó al tenis con los niños en la terraza.

Fue una noche larga a juzgar por su relato. “Me pidió que disolviera un medicamento contra las piedras renales y que se lo diera. Eché en un vaso una dosis normal y se enfadó. Cogió el envase y lo derramó todo. A las 10:00 pm se durmió, pero todavía estaba con vida. Me tumbé en el suelo sobre una esterilla. Estaba cansado, exhausto, nervioso. Dormí como dos horas.

otel Kasr El Madina donde vivío el Dr. Muerte durante una década hasta sus últimos días.

Cuando me desperté, el 10 de agosto, mi padre seguía vivo pero no reaccionaba. No se despertó más. Permanecí al lado de su cama. Su respiración se apagó y murió”.

Rüdiger asegura que aquella noche Doma, el dueño del hotel, estaba de viaje en Alejandría. “Bajé a la recepción y le dije al portero que Tarek Husein Farid (nombre de Heim desde que se convirtió al islam a principios de los años ochenta) había muerto. Me acompañó a la habitación y se asustó un poco. Yo le había puesto una venda en la cabeza para que su boca quedara cerrada. Llamé por teléfono a Doma y volvió de Alejandría.

Permanecí junto al cuerpo de mi padre. Vino un oficial municipal para dar fe de la muerte y documentó que Tarek Husein había fallecido. Me llamaron de la recepción donde estaba el oficial porque yo era el hijo. Tuve miedo de que todo saliera a la luz y le mentí. El oficial no hablaba inglés y dije que mi nombre era Rolf y el apellido Rüdiger”.

Tarek. El viejo Heim se había convertido al islam en la mezquita Al Azhar de la Universidad de El Cairo. Recibió el nombre de Tarek Husein Farid y ésa era la identidad que aparecía en su documentación y tarjeta de residencia.

Sobrevivientes del campo de concentración de Mauthausen.

El oficial certificó que su hijo podía hacerse cargo del cuerpo. “Con este documento fui a ver a Doma para cumplir la última voluntad de mi padre.

Su cuerpo fue lavado por dos hombres para cumplir las leyes islámicas y lo pusieron sobre una sábana blanca de lino.

Condujimos por las calles de El Cairo durante horas porque en el primer y segundo hospital no aceptaron el cadáver.

Rüdiger Heim

Por la tarde fuimos al hospital Shames el Aimi, que es parte de la universidad. Los doctores de urgencias se hicieron cargo del cuerpo y redactaron un documento en el que se decía que lo había entregado su hijo Rolf Rüdiger. Indiqué a aquellos médicos jóvenes que era la última voluntad de mi padre.

Le tumbaron en una cámara frigorífica en una morgue que parecía una sala de anatomía. Fue la última vez que lo vi. Su última voluntad se había cumplido”.

Heim acostumbraba examinar perso- nalmente la dentadura de sus prisio- neros, si éstos tenían sus dientes en perfecto estado, los asesinaba con una inyección letal, luego mandaba a cortarles la cabeza, y quemarlas “con mucho cuidado”en un crematorio du- rante horas, hasta que todo tejido car- noso fuese despojado. Posteriormente preparaba cada cráneo para ser utilizado como pisapapeles, decoración de escritorio u obsequio para sus amigos.

El hijo de Heim asegura que regresó a El Cairo en 1995 y recogió documentos que demostraran su muerte. Logró la nota de su conversión al islam en la mezquita, la carta de identidad a nombre de Tarek. Dice que los autentificó el Ministerio de Salud. “En esa última visita me di cuenta de que la voluntad de mi padre no fue cumplida. Doma me habló de forma ambigua.

Su dentista, Monem el Rifai, me dijo que el cuerpo fue enterrado. Pregunté dónde estaba y no recibí respuesta.

Sobre los motivos sólo puedo especular. Regresé con los tres documentos y dejé una copia al odontólogo por si fuera necesario”. Este médico, según el testigo, es hoy un enfermo mental y no recuerda nada.

El testimonio de Rüdiger concluye así: “Conservé los documentos junto a su análisis sobre los testigos que le acusaron. Quemé toda la documentación al final de octubre de 2005. Lo hice porque se investigaron las huellas de mi vida”. Además, menciona sus confidencias a un abogado alemán, al que develó el misterio. “Me preguntó: `¿Sabe usted dónde está enterrado su padre?’. Le dije que no tenía ni idea y me respondió: `Pues si es así no habrá ninguna posibilidad de probar su muerte’. Compartí y comparto esa opinión”.

¿Cuenta el hijo de Heim toda la verdad? El abogado del nazi pide que se cierre el caso, pero los jueces de Baden Baden siguen investigando.

Desde 1948 existe un expediente judicial con una orden de búsqueda y captura contra Heim, vigente hasta que no se verifique su muerte. El misterio continúa.

@ElPaís

 
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