LOS ANTIGUOS LIMOSNEROS *

Guillermo Mujica Sevilla

Guillermo Mujica Sevilla

El sábado era variable, amanecía a veces, esplendoroso y lleno de sol. Otras, triste nublado y hasta neblinoso. Pero lo que sí era seguro era que en la mañana comenzaban a oírse los pasos cansados en el zaguán. Allí los pasos se detenían y una voz quejumbrosa, a la vez lastimera y amable se dejaba oír: “Una limosnita, por el amor de Dios”… De la casa rica o humilde, salía alguna persona con algún centavito, con un bollito de pan o con algo de comida, y entregaba el regalo al limosnero.

Éste cargaba generalmente, bolsas o latas, donde guardar lo que le habían dado. Y se retiraba conforme, luego de recibir su limosna, con el clásico “Dios se lo pague”. O también diciendo “Que Dios y la Virgen los ayuden”.

Era el sábado el día de las limosnas. En bodegas y pulperías ponían varios centavos o “chivas” sobre el mostrador. Allí la cosa era más organizada. Llegaba el limosnero, entraba, cogía su centavo y salía. Y el dueño del negocio estaba pendiente de que alguien no diera la vuelta y entrara dos veces.

Con frecuencia, el limosnero presentaba en la pierna alguna úlcera crónica, prolongada por la suciedad o por la contaminación por hongos que era como su “credencial de limosnero”. Y trataba de mostrarla para que vieran que sí tenía razón en ser limosnero.

El dueño del negocio, muy soslayo, si el limosnero era desconocido, miraba la lesión cutánea, y si la úlcera era grande, a veces, compadecido, le decía: “Hermano tome dos centavos”. Concediendo aquel pequeño “extra” monetario, debido al tamaño de la lesión.

Así era el limosnero

El “pobre”, era generalmente un viejito delgado, de pómulos salientes, bigotes y barba descuidados, ojos hundidos, sombrero desgastado y ropas raídas.

A veces, no era un viejito sino una dulce viejita o una pulcra y hermosa hermanita de los pobres que, con sus cestitas al brazo, ingresaba al zaguán, ocultando humildemente a los ojos del mundo su belleza juvenil o algo ya caduca, cumpliendo con su encomiable labor para ayudar a los pobres.

Para nuestros ojos infantiles, era natural que fueran pobres. Eran personas que formaban una parte imprescindible de la vida familiar y de la ciudad.

Con frecuencia, el viejito cargaba un palo, el cual era la ayuda necesaria para caminar y también para defenderse de algún perro ladrador o de algún pícaro callejero, más que para atacar a alguien.

Desde tiempos inmemoriales

Algunos casos han sido llevados al teatro y a la pantalla de cine, como el célebre “Dios se lo pague” donde Arturo de Córdoba personificaba a un mendigo, experto en el arte de pedir limosnas, que cuando no ejercía esta profesión, era un acaudalado personaje, dueño de salones y de finas maneras. Recuerdo también a la gran recitadora argentina Berta Singerman en un poema que sólo consistía en decir: “una limosna por el amor de Dios”. Pero qué gran creación hacía de esta sola oración… Se ubicaba en el fondo del escenario y se venía poco a poco hacia adelante evocando la imagen de un limosnero en una calle concurrida y pedía “una limosnita por el amor de Dios… señor”, y así hasta que, agotada la paciencia al ver que todo el mundo pasaba indiferente, terminaba diciendo, violentamente: “¡Una limosna, por el amor al Diablo… Cuánta maldad hay en este mundo!”.

En nuestras ciudades, periódicamente, ha habido siempre proliferación de mendigos, que constituyen como una úlcera en el físico de nuestras comunidades. Los tiempos modernos han hecho más agresiva la limosna. Ahora ésta, pocas veces se da en el domicilio, por temor a encontrarse con un asaltante disfrazado. Además, el pobre de hoy en día, ha subido sustancialmente su tarifa. Hay casos en que, si se da menos de cinco bolívares corre el riesgo que le digan “yo no soy limosnero, menor de cinco bolos, oyó mi pana” y se lo dejan en las manos murmurando…

Es conocido también aquel caso del borrachito que una vez pidió un mediecito por amor de Dios. La dama que se lo dio, le dijo: Aquí tiene. ¡Pero ya sabes, que no lo sea para beber!…

A lo cual él contestó: “sí, mi señora. ¿No ve que con él me voy a comprar una casa?”.

En este mundo en que ha desaparecido la pacífica y sana limosna, aquella que hacía desfile a tantos pobres, viejos, viejitas y aquellas hermanitas de los pobres, evocamos los versos de Aquiles Nazoa, dedicados a un dulce “Don Anselmo”… y yo, durante muchos años sin fallar, veía a la hora del almuerzo día tras día… en el quicio de mi casa se sentaba un pobre viejo… y se ponía a contar los centavitos que recogía, mostrando su sombrero tierno y paternal, y tendía su mano para hacerles “arrumacos a algún perro”.

¿Por qué evocamos con cariño a aquellos limosneros? Porque ellos retribuían la limosna con amor, con cariño, con mucha bondad. O nos daban motivo para diversiones. O nos obsequiaban con sonrisas plenas de dulzura enternecedoras.

Por eso, en este mundo duro, agresivo y casi incontrolable, nos hace sentir aquellos pobres viejecitos que iban con las manos extendidas solicitando algún centavo, pero que eran inmensamente ricos en bondades, en dulzura, y, en sonrisa plena, de lo más hermoso del corazón humano.

@ El-Carabobeño

*Ligeramente editado por razones de espacio.

 
Top