¡…O MUERTE!

Tulio Hernández


Tulio Hernández
hernandezmontenegro@cantv.net

¿Qué siente, me pregunto, un militar profesional, no convencido por el proyecto bolivariano, cuando se ve obligado a saludar en público a otro uniformado gritando a voz en cuello, con histriónica emoción: “¡Paatria, socialissssmo o muerrrte. Venceremos!”? ¿Cómo se verá a sí mismo? ¿Cómo se escuchará jurando varias veces al día que está dispuesto a dar su vida por el proyecto político del gobierno de turno a pesar de que nada de eso, nada de socialismo, aparece en el texto constitucional ante el cual algún día juró ser leal? ¿Rumiará de amargura por las noches? ¿Aceptará el hecho sin chistar como parte de sus deberes de obediencia? O la pregunta no viene al caso simplemente porque la purga oficialista ha sido tan eficiente que no quedan ya en la academia oficiales que no sean incondicionales al proceso.

Me lo pregunto, porque, vista de lejos, con la mirada de quien no está hechizado por el liderazgo mesiánico del Presidente comandante, la escena del saludo sacrificial resulta anacrónica y, de alguna manera, caricaturesca. Es como si bajo los gobiernos de Acción Democrática se hubiese obligado a los militares a desgañitarse diciendo: “¡Socialdemocracia o muerte, venceremos!”.

O bajo los de Copei: “Democracia cristiana o muerte”. Huele a nostalgia amarillenta de guerrillero de los sesenta convertido en jefe militar. A funcionariado cubano en tareas de asesoría ideológico-policial. A versión caribeña de ejército prusiano mal entrenado.

La consigna no parece digna de la institución castrense y, mucho menos, de una población civil democrática por una razón de peso. Porque la estructura de la frase es una conminación del tipo “la bolsa o la vida”, “las llaves del carro o un tiro”, “te quitas del medio o ya verás”. Sólo que estas opciones son en Venezuela parte de actos frecuentes pero no oficiales. En cambio, “¡Socialismo o muerte!”, esto es: “¡Proyecto político del gobierno de turno no contemplado en la Constitución o muerte!”, dicho en voz alta y en tono aguerrido por alguien que porta legalmente un fusil o una pistola y que forma parte de una institución que se supone ejerce el monopolio de la fuerza para proteger a todos los venezolanos y no a una sola parte de ellos, es una amenaza colectiva. Algo de otras dimensiones.

Habría que indagar si quienes profieren la consigna guerrera entienden que hablan de su propia muerte. Y, por supuesto, la de los adversarios. Otros venezolanos. Porque la esperada invasión gringa, lo sabemos todos, ya no ocurrió. Ni ocurrirá. Tampoco la guerra con Colombia. Menos ahora que, gracias a la computadora de Reyes, la amistad con Santos y Holguín no es una alternativa sino una obligación. Podría ser también que el saludo sea pronunciado por la mayoría de las víctimas de la misma manera como muchos católicos mastican sus oraciones. Mecánicamente, sin darse por enterados del significado profundo de lo que pronuncian.

Cualquiera que sea el caso, todo proyecto político que tenga como contraparte el “¡… o muerte!” no puede ser democrático. Imagínense por un momento a alguien gritando: “¡Democracia o muerte!”. A Obama con el puño en alto: “¡Reforma de la salud o muerte!”. O a Lula: “¡Eliminación del hambre o muerte!”.

Un absurdo. Porque lo propio de la democracia es, precisamente, aceptar de antemano que cualquier proyecto puede ser rechazado, transformado o postergado por la acción de la pluralidad de ideologías que actúan libremente en la sociedad. Y no pasa nada, se vuelve a empezar. Pero cuando en el marco de una sociedad de civiles que se supone quieren dirimir sus diferencias pacífica, civilizada e institucionalmente se pronuncia el “¡… o muerte!” la política queda suspendida, el asunto se convierte en una declaración de guerra, y una lógica totalitaria echa a andar por su cuenta y lo contamina todo. El mensaje es transparente, como el de los secuestradores en las películas de Hollywood: O imponemos nuestro proyecto político, o alguien muere.

Viene al caso aquella escena de La caída, la película de Oliver Hirschbiegel, donde la esposa de Goebbels le da sus dosis de veneno a cada uno de sus cuatro hijos y bebe ella misma la poción mortal mientras sentencia: “La vida no vale la pena sin el nacionalsocialismo”. O muerte.

 
Tulio HernándezTulio Hernández

Un Comentario;

  1. Ignacio Götz said:

    En 1936 Don Miguel de Unamuno, Rector de la Universidad de Bilbao, se vio de repente ante el grito del general Millan Astray, “Viva la muerte!” Se levanto Unamuno y hablo for diez minutos en contra de esa paradoja. Casi le costo la vida. La esposa de Franco lo salvo cuando le dio el brazo para salir del salon universitario. Desde ese dia hasta su merte seis meses despues estuvo secuestrado en su casa. En breve, Unamuno dijo que hay paradojas que se deben oponer. Pero para hacer eso se necesita coraje, mucho coraje.

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