¡Todo bajo control!

Rodolfo Izaguirre

izaguirreblanco@gmail.com

Nunca antes la palabra “contenedor” había conocido tanta resonancia trágica como en la Venezuela bolivariana, aunque parece sonar mejor la voz inglesa “container” que designa no sólo el “recipiente destinado al almacenamiento y transporte de mercancías” sino el “depósito de residuos diversos”. En Venezuela ha generado otras acepciones como las de “recipiente amplio para ocultar alimentos podridos” o “embalaje metálico que multiplica la corrupción de un régimen”.

Lo que se corrompe junto con los alimentos, lo que se degrada hasta podrirse, es la condición humana de quienes se pervierten desde su respectivo nivel de autoridad movidos por la avidez del dinero, al comprar alimentos a bajo precio y a punto de caducidad para venderlos caros a un gobierno incapaz de asegurar su inmediata distribución. ¡Es algo difícil de olvidar! En once años continuos también el régimen militar se ha excedido en su caducidad y se ha deteriorado al punto de no ser apto para su consumo.

¡Asociada a los contenedores va la basura! Junto con la inseguridad personal y jurídica, las agresivas incontinencias de Miraflores, la inflación y las precariedades de la salud, la basura es otro de los graves asuntos que doblegan la dignidad del país.

El Gran Mariscal

La memoria me obliga a referir la desventura de un amigo mío que tuvo que consignar unos recaudos en la sede de la Misión Sucre. Preguntó cuáles eran y se los detallaron. Preguntó entonces dónde quedaba la Misión Sucre y su jefe inmediato, funcionario chavista, le explicó que quedaba detrás del edificio del Banco Unión, en la esquina de El Chorro. Y agregó: “¡Donde está la basura!”.

Conocemos los puntos de referencia y las señales de orientación tradicionales: “De la farmacia Asunción hacia abajo”; “después del segundo semáforo a la izquierda”; “al lado de la casa pintada de verde que tiene unas ventanas muy grandes”; “subiendo por el Excelsior Gama dos cuadras a la derecha”. ¡Es una convención secular! La basura como punto de referencia que se ofrece desde una alta esfera oficial revela el verdadero deterioro del país; quiero decir que el detritus, la negligencia, la degradación y la indiferencia se han institucionalizados hasta adquirir una deplorable dignidad que campea a escalas de la más cotidiana familiaridad.

Al salir del Metro mi amigo vio la basura pero comprendió que para encontrar la Misión Sucre tenía que llegar a la esquina de El Chorro. ¡Y allí estaba la verdadera basura esperándolo! Enorme, colmado de toda clase de desperdicios, desbordado, convertido él mismo en una basura descomunal, un gigantesco container ocupaba buena parte de la calle y sobre la angosta puerta de un edificio anónimo un orgulloso cartel anunciaba que había llegado a la Misión Sucre.

Al cruzar el umbral de la misión, se abre un corredor con hileras de sillas a uno y otro lado en las que, enfrentadas, están sentadas unas gentes tristes que parecieran estar allí como a la espera de algo, de una dádiva, de un milagro.

Un tipo guachamarón, vestido con una chaqueta que en la espalda, en letras muy llamativas, ostenta el lema: “Misión Sucre” y debajo en caracteres más pequeños: “¡Héroes de Ayacucho!”, recibió a mi afligido amigo con voz excesivamente amistosa. Al enterarse del motivo de su presencia lo remitió a un muchacho esmirriado que detrás de un pequeño escritorio recibía los recaudos.

Pero no fue el container ni aquella degradada Caracas lo que terminó de aniquilar a mi amigo, sino el hecho de avistar, colgado de la pared y al fondo del aquel pasillo de quebradas ilusiones, el afiche que mostraba un teléfono celular y tres inquietantes palabras: “¡Todo bajo control!”.

 
Rodolfo IzaguirreRodolfo Izaguirre
Top