EL LEJANO OESTE

Américo Martin


Américo Martín

Mi artículo de esta semana ha tenido una vida tan accidentada como la de Venezuela. Me proponía extraer lecciones del balotaje de Brasil. Aun cuando la probable victoria de Dilma deja el poder en los predios de Lula, surgen nuevas fuerzas críticas y las iglesias cobran una influencia inusitada. Pero se atravesó la muerte de Néstor Kirchner, un personaje clave, como dicen con probidad sus cercanos amigos. Era el cemento de la conflictuada administración de Cristina, y el jefe del justicialismo, estremecido por una lucha interna que, sin su presencia, pareciera aproximar el fin en las próximas elecciones. El hábil ex presidente pensaba ganarlas, aprovechando la división de una oposición hoy mayoritaria. Ahora reina la incertidumbre.

Pero el bárbaro atentado de un grupo armado oficialista contra tres valientes líderes empresariales, ametrallados y golpeados sin piedad, me obliga a volver al tema del salvaje deterioro de la seguridad en Venezuela. Nadie se atreve a explicarle a Chávez que cuando uno se sepulta en un hueco lo primero que debe hacer es dejar de cavar. El país hierve en protestas, la capacidad productiva se ha derrumbado, las universidades reclaman, la gente exige asistencia económica que el presidente le regatea, distraído en la compra de juguetes bélicos que jamás utilizará porque, aunque sus febriles delirios le digan lo contrario, nadie peleará con Venezuela, ni Venezuela honrará las bravatas que adornan su discurso.

Mientras 25 importantes universidades nacionales están a punto de cerrar, el hombre se trae 35 tanques rusos de uso inservible hasta para sus turbas agresivas e inútiles contra enemigos hipotéticos invocados en pomposas salas situacionales. El oficialismo ha entendido la radicalización revolucionaria como un asalto masivo contra derechos humanos e instituciones democráticas residuales. Con una pueril y peligrosa peculiaridad: el presidente no dialoga, sigue bajo la creencia de que a la derrota (por ejemplo, la electoral del 26 de septiembre) hay que responder doblando la mano. Vale decir: sigue cavando.

Una rápida relación de actos violentos protegidos y alentados por el régimen hace pensar en un país ocupado por los “fuera de la ley”, como en el Lejano Oeste de ciertos filmes de Hollywood. Forajidos tomaron la ciudad de Mérida paralizando todas las actividades; periodistas, trabajadores rurales, urbanos, transporte, educacionales en todo el país son apaleados y encarcelados. Es el Nido de Ratas de Marlon Brando.

Las universidades nacionales autónomas son estranguladas y atacadas con bombas lanzadas por encapuchados que los acusan de defender el pluralismo democrático y votar una y otra vez por opciones democráticas y contra candidaturas chavistas. Una lacrimógena ahogó las palabras de la rectora Cecilia García Arocha, cuando en un formal acto académico informaba sobre la crisis presupuestaria que afecta a las universidades. Cecilia, digna descendiente del gran Humberto García Arocha, se crece con los ataques

En la atormentada parroquia caraqueña 23 de enero, se instalaron desde hace años los “colectivos”, armados hasta los dientes, financiados por el oficialismo y convencidos de que han consolidado un Territorio Liberado. Pero como no hay los guerreros enemigos que supusieron, sino organizaciones civiles que avanzan victoriosamente con el arma del sufragio, aquellos forajidos se han dado a asesinarse entre sí, sin que la fuerza pública se dé por enterada. El saldo es, por lo bajo, de un homicidio diario. Los policías, según confiesa el ministro del Interior, responden cuando menos por el 30% de los delitos comunes. Aparte de policías y “colectivos” revolucionarios también la Guardia Nacional lleva su siniestra contabilidad. Los hacendados y trabajadores que resisten las absurdas expropiaciones son sus fáciles víctimas.

Es el Far West, sin solitarios justicieros como Wayne o Ladd, pero con la hez de la corte de los milagros escupiendo “revoluciones” a un lado y otro.

@informe21.com

 
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