La ceguera revolucionaria

Argelia Rios


Argelia Ríos

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En apenas diez semanas estaremos ya en 2011: la competencia presidencial lucirá tan cercana que el país experimentará, inevitablemente, una atmósfera de esperanza renovada. El nerviosismo comienza a dominar las entrañas del “proceso”, cuyos jerarcas -ocupados en fingir que todo sigue igual- se muestran inquietos ante la posibilidad de que la radicalización -el camino escogido- termine generando el efecto perverso de una derrota estrepitosa. Tras la seguidilla de acciones arrogantes emprendidas después del 26S, Chávez da las primeras muestras de que el Gobierno seguirá acumulando graves errores en su ruta hacia 2012. Aunque parezca lo contrario, la revolución se encuentra a la defensiva y errática, empleando un libreto que ya no garantiza las ganancias de otros tiempos.

El romanticismo y la pureza que se le adjudicaba a los sustitutos de la clase política del pasado, no están presentes en este ciclo. Aquella aureola de probidad que favoreció al Gobierno frente al “enemigo”, estará ausente en el trayecto que resta hasta 2012. El desgaste producido por el tiempo, las escabrosas desviaciones del poder y el desastre de la gestión pública, además del inocultable entramado de corrupción que afecta a la médula de la revolución, han restado la autoridad moral que le permitía al Gobierno contrastarse con la llamada IV República.

A estas alturas, con tan poco tiempo por delante, superar las dificultades de su penosa gestión pública hoy parece un objetivo inalcanzable. Los problemas se han vuelto colosales y resulta cuesta arriba ofrecerles solución en el plazo que Chávez necesita. Mucho menos con este envejecido recurso humano, que no ha podido afrontar con decoro los desafíos administrativos y gerenciales de estos doce largos años.

El grueso raudal de obstáculos gubernamentales supera con creces los alcances del guión que una vez fue eficiente para manipular a gusto la confianza de los venezolanos. El Gobierno no es el mismo, como tampoco lo es el país, ni la revalorizada opción de la alternativa democrática, que consiguió desescualidizarse al ampliar su público en los sectores populares… Todo ha cambiado, frente a los ojos de una revolución negada a ver y reconocer los sensibles giros ocurridos en su entorno.

La nación democrática ha mostrado una terquedad inflexible. El esfuerzo del Gobierno por aniquilar la expectativa de cambio, encenderá su avidez por sacudirse a Chávez y a su legión de picapleitos. Ciertamente, la radicalización es la única alternativa de la que disponía “el proceso”, aunque ésa también sea el camino de su ruina. En contra de lo que cree la nomenclatura, el abuso reproducirá los conflictos y el deseo de cambio. Doce años después, un 48% es un buen número, pero el libreto escogido no asegura un milagro.

@eluniversal

 
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