La sepultura del metro


Fernando Luis Egaña

Lo que sorprende no es la debacle del Metro -a pesar, por cierto, del dineral presupuestado para su funcionamiento en los últimos años. No. Lo que llama la atención es que aún no haya colapsado de manera definitiva, luego de una década larga de manejo absolutamente irresponsable por parte de los tres gobiernos consecutivos del señor Chávez.

En otras palabras, así sería de sólida la obra desarrollada por el equipo gerencial de José González Lander, que la negligencia destructiva de la llamada “revolución” no ha conseguido, todavía, desbaratarla de forma irremediable. Y ello es válido, además, para otras corporaciones del Estado venezolano como Edelca o Pdvsa, otrora orgullo de la capacidad nacional y hoy devenidas en caricaturas burocratizadas e inoperantes.

Con el nombramiento de Haiman El Troudi, ex-ministro de Planificación y Desarrollo, al frente del Metro, ya van 12 presidentes en menos de 12 años. Cada uno compitiendo con los otros en cuanto a peor desempeño. En ese triste elenco han figurado oficiales militares, dirigentes sindicales, funcionarios de tercera, y más de un avispado con intereses subalternos. Demasiado ha tenido que aguantar el Metro de Caracas, porque aplastante ha sido el peso de semejante montonera.

La empresa pública que construyó González Lander, desde la primigenio planeamiento en los años 60, la constitución formal de la C.A. Metro de Caracas en 1977 y el subsiguiente desarrollo de la red de transporte subterráneo en los 80 y 90, llegó a ser ejemplo internacional de continuidad administrativa y eficiencia profesional.

Entre sus múltiples realizaciones estaba la de brindar asesoría venezolana a otros países de América Latina, y más allá, que deseaban construir sistemas parecidos al modelo caraqueño. Y es que cuando González Lander se jubiló de la presidencia del Metro en 1998, parte de su legado fue la formación de un tren gerencial de primera línea que tendría la responsabilidad de continuar los diversos planes en marcha.

En 1999, Chávez comenzó la obliteración de ese capital humano al ir sustituyendo los criterios meritocráticos por otros de naturaleza político-burocrática y, en la actualidad del 2010, 12 directivas más tarde, el Metro es apenas la sombra de lo que llegó a ser.

Cierto que en medio de ese desbarajuste, se logró concluir la segunda etapa de la Línea 3 y la primera de la Línea 4, cuya segunda fase sigue a cargo de la contratista brasileña Oderbrecht. Pero no lo es menos, que esos procesos se han demorado en exceso con el correlativo aumento de los costos, y por si fuera poco el desmejoramiento de todas las estructuras funcionales es, para decirlo con prudencia, imposible de obviar.

En distintas dimensiones, la “sepultura” del Metro es un símbolo del proceder de la revolución bolivarista. Cataratas de petrodólares manejadas al margen del más mínimo sentido institucional, cuyas consecuencias o platos rotos son pagados por el conjunto de la comunidad, en términos de quiebre de servicios públicos y regresión de calidad de vida. Un drama que continuará mientras siga imperando el presente.

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