LA VOZ FRENTE AL ESPEJO

Alberto Barrera Tyszka


Alberto Barrera Tyszka
abarrera60@gmail.com

Quizás los venezolanos, los avispados, los muy pilas, nos demos cuenta de que tenemos democracia cuando ya no la tengamos.

No sé muy bien de dónde los venezolanos hemos sacado la idea de que somos muy avispados. No sé por qué creemos que somos un pueblo con una sobredosis de pilas. Que estamos en todas y que nadie nos gana una. Yo confieso que, cada vez con más frecuencia, tengo la sensación de que la realidad no hace sino decirnos lo contrario. Ahí está el ejemplo de Bochum. Sospecho que la mayoría de nosotros no sabía qué era Bochum hasta hace dos semanas. Por supuesto que tampoco sabíamos que, en la ciudad alemana de Bochum, los venezolanos éramos dueños de la refinería Ruhr Oil.

Nos enteramos porque el Presidente la vendió. Nos enteramos cuando ya estaba vendida.

Es otro ejemplo de las paradojas que vamos siendo: sabemos lo que tenemos cuando ya no lo tenemos. Estamos a nivel de refrán.

Para seguir con los espejismos de nuestra identidad, quisiera traer hasta la página una de las frases que el Presidente utilizó a la hora de explicar la venta a Rusia de esta refinería: “Me quité un peso de encima”.

Todo el proceso de información, de análisis, de consultas y de controles, que debía implicar una operación de ese tipo, de pronto podía resumirse en una exhalación y en esa expresión personal. Mientras tanto, todos los propietarios, ya ex propietarios, de esa empresa, nos quedamos mirándonos, como si estuviéramos frente a un crucigrama sin vocales. ¿En verdad somos avispados? ¿Somos pilísimas? Probablemente hay, en ese “me quité un peso de encima”, más revelaciones de la tragedia nacional que en el negocio realizado. Quizás tampoco ahora nos estamos dando cuenta de lo que tenemos, de lo que estamos perdiendo, de la acelerada personalización de la vida social que estamos viviendo.

Es un proceso que ha ido creciendo y expandiéndose desde 1998. No es un desarrollo natural. Es un programa. La política oficial sólo se conjuga en primera persona del singular. Yo quiero, yo vendo, yo compro, yo quito y yo doy, yo invierto, yo pago, yo exijo… A excepción de lo que tenga que ver con asumir responsabilidades, todos los otros verbos sólo se pronuncian desde el yo insaciable del poder.

El yo quiero de Chávez se nos ha convertido en paradigma público. A cualquiera se le cuela una desolación debajo de la cédula de identidad. Hace poco, a propósito de la educación, dijo: “Yo quiero que para 2019…”. Poco importa lo que viene después. Ya con eso basta. Ya establece una definición de la historia, del tiempo, de su manera de entender la política y su relación con el resto de los venezolanos. La realidad social que nos propone sólo es una prolongación de su gimnasia individual, sin ningún tipo de límites. El personalismo del Presidente nos hace menos país.

Porque cuando uno dice país piensa justamente en lo opuesto. Uno piensa en reglas, en acuerdos, en negociaciones, en las fronteras de esa cantidad desenfrenada de yo quieros que constituyen las sociedades. De eso se trata. De que los banqueros no puedan hacer lo que les da la gana. De que el comercio tenga necesarias regulaciones.

De que los intermediarios no puedan establecer a su antojo lo que desean ganar. De que los medios de comunicación no hagan lo que quieren sin respeto a los códigos y a la veracidad… Pero, también, se trata de que la educación pública sea exigente e independiente. Se trata de que la justicia funcione y sea imparcial.

De que el Gobierno y las instituciones sean controladas por los ciudadanos. Posiblemente, la diferencia fundamental entre una democracia y una autocracia radica ahí, en ese espacio donde el poder se socializa, o se concentra y se privatiza en una única persona.

El Gobierno distribuye la fantasía de que Chávez es el pueblo, su más genuina imagen, para trabucar el sentido de la representación y de la participación popular en una experiencia individual: la suya. El Presidente ya no necesita consultar con nadie sus decisiones o sus acciones.

Cuando se mira al espejo se encuentra con el pueblo.

En su famosa carta al zar Nicolás II, Tolstoi arremete contra la soberbia sorda del poder: “No se puede hacer el bien a una persona a la que tenemos amordazada para no oír qué es lo que quiere para su propio bien”. Ya en dos oportunidades, por lo menos, la mitad del país le ha dicho al Gobierno lo qué prefiere y lo qué rechaza. Pero el Presidente insiste en no escuchar, en no ver. Sigue actuando como si nada. Como si no existiéramos. Sólo oye su propia voz.

Diciendo siempre lo mismo. Diciendo siempre yo quiero.

Quizás los venezolanos, los avispados, los muy pilas, nos demos cuenta de que tenemos democracia cuando ya no la tengamos.

Demasiado tarde.

 

Un Comentario;

  1. Alexandra Carniel said:

    Qué bueno su artículo Sr.Tyszka, pero en mi opinión ya no tenemos democracia y estamos de espectadores, sólo esperando que aparezca el “THE END”, el cual pienso que no pasará de este año.

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