Néstor Kirchner: las dos caras del poder


El escritor venezolano Gustavo Valle, residenciado en Buenos Aires, nos habla del legado de Néstor Kirchner.

Gustavo Valle

Día de censo nacional: ni un alma en las calles, ni un solo negocio abierto. Todos esperando la llegada del censista. Pero antes de que tocara a nuestra puerta la noticia estaba en las pantallas: murió Néstor Kirchner. Al silencio de un día feriado se sumó la consternación, la perplejidad y el asombro.

Si los ochenta fueron de Alfonsín y los noventa de Menem, la primera década de este siglo perteneció por derecho propio a Néstor Kirchner. Razones abundan. Su presidencia sacó de abajo a una Argentina en estado comatoso tras ocho años de Menemismo y dos con Fernando de la Rúa. Luego de una crisis económica, social y política sin precedentes, Kirchner, un desconocido dirigente peronista, Gobernador de la provincia de Santa Cruz, alcanzaría la Casa Rosada en el 2003 con un 22% de votos; porcentaje aún menor que el alarmante 24% de desocupados que había por aquel entonces. Argentina inició a partir de allí un veloz crecimiento económico (las exportaciones se vieron favorecidas por la brutal devaluación), canceló la totalidad de la deuda con el Fondo Monetario Internacional, y se llevaron a cabo importantes avances en materia de Derechos Humanos, como fue la derogación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida que amparaban a los represores de la última dictadura. Los juicios que se llevaron y se llevan a cabo hoy en día en Argentina han servido para limpiar la memoria y restañar heridas. Así, en muy pocos años el agujero negro del 2001 y 2002 comenzaba a cerrarse. Se habló, y ya casi lo olvidamos, del milagro argentino.

Luego vendría la llegada al poder de su esposa, Cristina, y el inicio de una segunda etapa de características dinásticas repleta de desaciertos, obstáculos y problemas de todo tipo. El enfrentamiento con los productores agropecuarios, con los medios de comunicación, la inflación galopante, las mafias sindicales, la inseguridad descontrolada, en fin, una auténtica pesadilla política y social donde sin embargo brillaron logros en materia de libertades individuales como la promulgación del matrimonio igualitario, o alcances sociales como la Asignación Universal por Hijo. Por otra parte su actitud hacia Chávez, otro aspecto controversial, pasó de ser la del ciudadano agradecido (miles de millones en compra de bonos de la deuda externa) para convertirse en la de quien se hace la conveniente vista gorda justo en un momento en que la evaluación de la imagen de Chávez de parte de la opinión pública argentina se desplazaba rápidamente de la admiración al escepticismo, para desembocar muchas veces en el rechazo y hasta en la burla del líder venezolano y sus pirotecnias. De un momento a otro, Kirchner (o los Kirchner), dejaron de ser los artífices del milagro para convertirse en blanco de críticas y escrutinios. Los momentos de gloria habían pasado y ahora tocaban años amargos que mostraron la otra cara del poder: la beligerancia y la soberbia. Para colmo, la pareja presidencial amasó una importante fortuna personal que agravó todavía más el asunto. Todo esto dio combustible a una dirigencia opositora casi siempre descaminada, disgregada y sin claros referentes políticos. Por si esto fuera poco el peronismo se dividió todavía más y el Vicepresidente, reclutado de la Unión Cívica Radical según la fórmula mixta con que ganó Cristina, se pasó a la oposición. El debilitamiento del poder kirchnerista se hizo evidente y el país entraría de nuevo en una etapa de dos bandos enfrentados que a muchos hizo recordar, con mayores o menores diferencias, la época del general Perón.

Como hombre fuerte, sobre Kirchner descansaba la maquinaria que había conseguido aglutinar a gente de la Unión Cívica Radical, del Socialismo y del Partido Comunista, junto con el sector más importante del poderoso movimiento peronista. Por eso el periodista Jorge Lanata se preguntaba con gran sagacidad tras la muerte de Kirchner acerca del futuro del llamado kirchnerismo: ¿sobrevivirá un kirchnerismo sin Kirchner?

Se especuló, y mucho, acerca de su injerencia en el gobierno de su esposa. Casados desde hace 35 años y formados juntos en la militancia peronista desde muy jóvenes, era natural que este hombre jugara un papel fundamental en el ejercicio del poder de Cristina. De modo que su muerte agrega un problema más a la Presidenta, quien debe ahora lidiar no sólo con el ejercicio del gobierno sino con las intrigas internas del Partido Justicialista (Kirchner era el presidente) de cara a las elecciones del próximo año.

La noticia cayó como un meteorito. Y no sólo por la muerte de él sino por la viudez de ella. La muerte de uno y la viudez de otra redoblan el impacto en la sociedad en términos políticos y simbólicos, pero también en términos emocionales que resultan casi imposibles de medir. No en balde la cobertura televisiva y mediática de este acontecimiento ha insistido en un aspecto poco frecuente en la agenda política: la historia de amor entre Néstor y Cristina.

Por suerte las voces sensatas han prevalecido y hasta ahora hay cierto consenso: lo importante es colaborar con la última etapa del gobierno y no aprovechar la grieta para patear tableros y ganar territorios. En la historia del país hay suficientes ejemplos de vacíos de poder que terminaron con los militares en el poder o con un baño de sangre. Por ello el siniestro paralelismo con la muerte de Perón y la asunción de Isabel (que luego terminó con la llegada de la dictadura) es evitado por la opinión pública como si se tratase de un anatema. Si bien la ausencia de Kirchner abre de una forma inusitada el juego político en el país, al mismo tiempo lo llena de riesgos, trampas y arenas movedizas. Es lo que ocurre con la muerte de toda figura fundamental. No olvidemos que Kirchner, guste o no, fue el gran protagonista y marcó la agenda política del país durante los últimos siete años. Que la oposición (y sobre todo el peronismo) tengan la suficiente claridad para acompañar el término de un gobierno ya debilitado, sin necesidad de debilitarlo hasta su destrucción, que sería la del país.

Desgarbado, poco carismático, con aspecto de tambaleante pingüino y con un estilo muchas veces confrontativo en el que prevalecía el pragmatismo y la demostración fuerte de sus convicciones, Kirchner subirá por derecho propio al panteón de los símbolos peronistas sólo precedido por el general Perón y por Evita, según lo ha canonizado el poderoso y temible líder sindical Hugo Moyano. Los aislados bocinazos que se escucharon de parte de quienes celebraron su muerte, o la actual circunstancia política que vive el país y que no lo beneficiaba en lo absoluto, no impedirán que la historia registre su paso por la Casa Rosada (2003-2007) como una eficaz presidencia asumida en unos de los peores momentos de la historia política argentina. Pero también registrará su segunda etapa en la que la acumulación de poder, el ambidiestro juego político y la falta de decisiones consensuadas lo convirtieron en un líder intolerante. En todo caso pienso que su gran acierto fue la firme actitud frente a los criminales militares de la última dictadura y su indeclinable propósito de llevarlos a la cárcel. Esto explicaría por sí solo, y con suficiente razón, las multitudinarias demostraciones de afecto popular que hemos visto en estos días.

 
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