PERÓN DEBE MORIR

Manuel Felipe Sierra

FABULA COTIDIANA

MANUEL FELIPE SIERRA
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El 9 de agosto de 1956 Juan Domingo Perón baja del avión en Maiquetía. Meses antes había comenzado el exilio en Panamá bajo la amenaza de agresiones y atentados. Para los militares que lo sustituyeron en el poder, se trataba de un “objetivo de guerra” y el presidente de ese país, Arnulfo Arias, días antes de una reunión de mandatarios latinoamericanos con Eisenhower, le recomendó dejar el territorio panameño.

Juan Domingo Perón

Ya le había escrito a Pérez Jiménez: “mis enemigos han pretendido asesinarme hasta en mis habitaciones del hotel Washington en Colón”. Al descender del avión eludió las declaraciones con una frase irónica: “la política, la guerra y las mujeres no son cosas para viejos”. Los meses en Caracas le servirían para la organización de la resistencia. Trabaja afanosamente en su apartamento del séptimo piso del edificio “Jos Mary” de la avenida Andrés Bello, en compañía de María Estela Perón “Isabelita”, a quien había conocido en el night clubHappy Land” de ciudad de Panamá. Por esos días termina el libro, “La fuerza es el derecho de las bestias”, título de una frase de Cicerón y en el que da cuenta de su gestión de gobierno.

Perón no mantuvo una relación estrecha con Pérez Jiménez. En las conversaciones con sus compañeros de exilio era más bien crítico de la obra del dictador porque consideraba que ella carecía de proyección social. En una oportunidad comentó: “me gustaría advertirle al propio Pérez Jiménez estas cosas pero desde que estoy aquí no lo he visto. Sin embargo, me ha ofrecido una hospitalidad generosísima que compromete para siempre mi gratitud”.

Sus contactos frecuentes eran con Pedro Estrada quien había colocado la SN al servicio de su protección. Para el otro factótum del régimen, Laureano Vallenilla Lanz, (que había celebrado su derrocamiento en septiembre de 1955), “Perón era un adeco uniformado”.

Ahora desde la quinta “Mema” en El Rosal sigue día a día la política de su país, recibe visitantes y apuesta a un pronto retorno. El periodista Américo Barrios recuerda: “la casa que habitaba Perón era modesta, tenía un vestíbulo no muy amplio. Sobre una repisa había un retrato de Eva Perón realizado en delicada acuarela; en un rincón un hermoso piano de caoba claro de gran marca que Don Fortunato Herrera, un venezolano amigo del general, había obsequiado a “Isabelita”. Sillones comunes y sillas rodeando una mesa para comer convertían a esta sala en un living, eso y dos dormitorios eran toda la casa”.

En las tardes paseaba por la urbanización con sus mascotas “Canela” y “Negrita”; mientras Isabel tomaba clases de inglés y él ocasionalmente acudía a una oficina en la esquina de Las Ibarras, propiedad de un viejo financista de su partido.   Estaba consciente, sin embargo, que sobre él pesaba la sentencia de muerte de los “gorilas”.

Un día se presentó a la casa un personaje llamado Jack, que había llegado de Tánger y quería contarle que había sido contratado por el gobierno argentino para asesinarlo, pero que cuando se enteró que la víctima sería Perón (cuyas ideas compartía) se había arrepentido.  El mercenario fue remitido a Pedro Estrada quien le pagó cinco mil dólares, la cantidad tasada para el crimen y arregló lo necesario para que abandonara el país.

El asesinato de Perón se había programado para el 25 de mayo de 1957, día de la independencia de Argentina. Con ese objetivo fue designado embajador en Caracas el general Carlos Severo Toranzo Montero. A las siete de la mañana cuando el chofer, Isaac Gilaberte, se dirigía a buscarlo en el pequeño “Opel” que había traído de Panamá, explotó un artefacto entre las esquinas de Venus y Paradero en La Candelaria. Gilaberte logró escapar porque hubo una falla en el tiempo calculado para el estallido. Los operadores del atentado suponían que Perón y su secretario Pablo Vicente, viajaban en el auto siniestrado. “El Nacional” destacó el atentado: “Ochenta y dos ventanas se fragmentaron en diecisiete apartamentos en tres edificios de la cuadra”. Pérez Jiménez acusó la injerencia extranjera y rompió relaciones con Argentina. El 23 de enero de 1958, Perón se refugió en la embajada de República Dominicana huyendo de la furia popular y a los días marchó rumbo a Santo Domingo.

El exilio, el retorno y su muerte en 1974, pertenecen a la historia reciente. Luego del paréntesis dictatorial, Argentina recobró el camino de la democracia con el radical Raúl Alfonsín en 1983. En 1989 Carlos Menem, de la tendencia neoliberal, asumió la presidencia para dos controvertidos períodos.  Pero fue gracias a Néstor Kirchner que las tendencias de un vasto rompecabezas logran una dirección coherente y reivindican en el imaginario popular la simbología de la pareja presidencial como atributo del peronismo.  Néstor y su esposa Cristina ejercen el poder desde el 2003.

El miércoles 27 de octubre un infarto decretó la muerte de Kirchner. Todo indicaba que se presentaría a la reelección del próximo año con alta posibilidad de victoria. En el universo del peronismo conviven 40 tendencias que encontraron en él un catalizador. Su desaparición habría de provocar la dispersión o despejar el camino para la reelección de Cristina. Hoy cobra fuerza la segunda opción. El jefe de la CGT , Hugo Moyano, “Las Madres de Mayo” y otras figuras peronistas se inclinan por otro mandato para la viuda. Se habrían despertado los secretos mecanismos de la mitología peronista en el subconsciente argentino. Mientras los restos del líder eran velados en la Casa Rosada, en las calles se escuchaba: “Che “gorila”/ Che “gorila”/ no te lo decimos más/ si le pasa algo a Cristina/ qué quilombo se va a armar”. Como dice un amigo porteño: “Gardel, el Boca Juniors y Perón nunca mueren”.

 
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