Una mujer decidida que había soñado ser bailarina o trapecista

Dueña de una vida dura, fue torturada por la dictadura. Y se convirtió en la mano derecha de Lula.

Claudio Mario Aliscioni

Al pensar en Dilma Rousseff, los años ‘70 se descuelgan sin permiso. La nueva presidenta del Brasil mira decidida al futuro, pero al mismo tiempo tiene – ella sí, en historia propia, sin discurso- un vínculo de carne con el pasado. Torturada durante 22 días con picana y golpes, uno la oye hoy y es ganado enseguida por temblores: “Nadie se imagina cuántas secreciones salen de un ser humano cuando es golpeado sin parar y es torturado. Porque esa cantidad de líquidos que tenemos, la sangre, la orina, el excremento, aparecen en su forma más humana”, recordó hace un tiempo. De ese tronco, pues, es la primera mujer presidente en la historia de este enorme país.

En su juventud, según revelan los archivos, quería ser bailarina o trapecista. Pero la época la signó y el golpe de Estado de 1964 la encontró en la secundaria de Minas Gerais, un foco de efervescencia de la izquierda nacional. Había nacido en 1947 en Belo Horizonte, hija de maestra brasileña y de inmigrante ruso. Al revés que Lula da Silva, su padrino político golpeado por la extrema miseria del nordeste, Rousseff creció en un hogar de clase media interesado en las cuestiones sociales.

A los 16, Dilma comenzó así a militar en la organización Política Obrera y a los 19 años, luego de casarse con el primero de sus dos maridos, pasó al aquí famoso Comando de Liberación (Colina), que derivó en el grupo Vanguardia Popular Revolucionaria Palmares (VPR).

Fue en ese momento cuando comenzó a ser perseguida por el régimen, aunque no participó en acciones armadas, como le enrostró en la campaña la oposición. Ella misma dijo en febrero al diario Folha de Sao Paulo que, antes de ser arrestada en enero de 1970, tuvo entrenamiento militar en una chacra de Uruguay, sobre la frontera con Brasil. La “Juana de Arco de la subversión”, según la llaman documentos de la dictadura, estuvo en presidio 23 meses.

Pero un ser humano no sólo es su pasado, sino además lo que ha hecho con él. Fiel a ese credo, Dilma se mudó a Porto Alegre al salir de la cárcel, tuvo a su única hija, Paula, y se graduó como economista. Afiliada al partido de Lula en 1999, su hora en la historia comenzó en 2002, cuando su mentor la descubre y le encomienda el ministerio de Energía. Después, cuando los escándalos de corrupción quemaron en 2005 a otros presidenciables con vuelo propio, un año más tarde Lula volvió a elegirla como jefa de gabinete, en medio de su reelección.

Ella fue quien le dio una impronta gerencial al cargo, puso a todo el mundo en caja y quedó al mando del megaplan de obras públicas, su lazo directo con la bonanza económica que vive Brasil.

El tiempo aún no la devastó con sus estragos. A sus 63 años, todavía tiene el cutis fresco, el mentón voluntarioso, una nariz personal, sin cirugías. Carece del carisma de Lula. Pero luce sensata y práctica, a ras de tierra: eso es gema de oro que entre otros presidentes se echa de menos.

En 2009, le diagnosticaron cáncer linfático. No se mostró como un árbol vencido. Dio pelea y ganó, sin goce de licencia. Dejó el cargo sólo para devenir candidata presidencial e instaló pronto su lema: “Continuar el trabajo de Lula y erradicar la miseria”.

Cuando habla, mueve fervorosa las manos y acentúa las palabras con la convicción del que hizo bien los deberes. Es parca en la sonrisa. Por eso, durante la campaña, suavizó una imagen a veces dura y hasta debió disolver críticas de sus enemigos – exaltadas por la oposición- sobre un carácter destemplado y áspero, desmentido por los suyos. Para explicarse, dijo esto entre risas y ante periodistas que la acosaban en San Pablo: “Estoy en un gobierno, en un país en el que ningún hombre asume sus posiciones. Soy la única mujer, dura, cercada por hombres suaves”.

En una campaña brutal -la peor de la historia dicen todos los especialistas en las peleas electorales en este complejo país – la rociaron con calumnias: atea, abortista, inepta para el cargo … y siguen los etcéteras incluso sobre su sexualidad. Rousseff replicó: “No guardo rencor porque hace mal para seguir la vida”. Los que la quieren dicen que la honradez la define. Aquellos que la detestan desconfían de su historia. Pero ella ha sido respetuosa de la inteligencia como forma superior de la conducta. Quizá por eso llegó tan lejos.

La primera mujer en llegar a la presidencia de Brasil es divorciada y el mes pasado fue abuela por primera vez.

Fuente: Clarin

 
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