El electricista que desafió al comunismo de Europa del Este

ISRAEL VIANA | MADRID

Lech Walesa dirigiéndose a la población tras la victoria en las elecciones de 1990.

Durante el verano de 1980, cientos de miles de obreros de Polonia pusieron al mundo en vilo, mediante un gigantesco movimiento de huelgas salvajes que se extendieron como la pólvora por todo el país. Aquel movimiento, liderado por el sindicato clandestino Solidaridad, fundado en agosto por Lech Walesa, se convirtió en nada menos que el primer sindicato independiente de un país del bloque soviético. En poco tiempo, tal y como se podía leer en ABC el 28 de agosto de 1980, esta rebelión obrera hizo temblar a la clase dominante de Polonia y otros países: «Los paros de solidaridad con los trabajadores de Gdansk en las fábricas de Wroclaw afectan a más de 80.000 trabajadores, aumentando la cifra total de trabajadores en paro a más de 300.000 personas en toda Polonia».

Este sindicato, que daba entonces sus primeros pasos en la lucha contra el comunismo autoritario polaco, dio lugar a un amplio movimiento social y no violento, que en su mayor auge llegó a unir hasta 10 millones de miembros y contribuyó decisivamente a la caída del comunismo estalinista de Europa del Este.

Lech Wałęsa, ex electricista y líder del movimiento, ha pasado a la historia como uno de los personajes más carismáticos e influyentes de la Polonia del siglo XX, ganando el Premio Nobel de la Paz tan sólo tres años después de aparecer en escena, en 1983, y accediendo a la presidencia de Polonia entre 1990 a 1995.

«En total, al menos diez ciudades de toda Polonia están en huelga», contaba ABC. Por aquel entonces, sin embargo, Walesa era consciente de que la población de Gdansk, germen de toda aquella rebelión obrera, dependía económicamente de otras regiones de Polonia, por lo que, dijo, «si las huelgas se extienden a todo el país se podrían producir numerosos problemas y una muy mala situación», afirmó.

Diez años de lucha y un desenlace feliz

La situación, lejos de amainar, se fue endureciendo durante la década de los 80. José María Carrascal, corresponsal de ABC en 1982, en Nueva York, escribía: «Lo más parecido a las imágenes que nos llegan, vía satélite, de Polonia, es una guerra civil», y añadía, en referencia al movimiento de protesta contra el presidente del Gobierno, el Mariscal Wojciech Jaruzelski, que había declarado la ley marcial y encarcelado a la mayoría de los dirigentes de Solidaridad, prohibida el 8 de octubre de 1982, que «por lo menos una parte de la población se ha levantado contra las últimas medidas de las autoridades y hace frente como puede al masivo despliegue de carros blindados».

«Herida abierta en el sistema comunista». Sin embargo, este movimiento obrero, que Rodrigo Rubio definió en febrero de 1982 para ABC como «herida abierta en el sistema comunista», se fue multiplicando y reforzando hasta que, a finales de la década, Solidaridad era lo suficientemente fuerte como para forzar al Gobierno, en 1988, a negociar con ellos.

Desde entonces, dejó de presentarse como sindicato para hacer públicas sus pretensiones como partido político, poniendo en jaque al régimen estalinista e influyendo en el proceso de restauración de las libertades democráticas, el respeto a los derechos humanos y el capitalismo y el libre mercado como bases del sistema económico que debía llegar.

Aquellos cientos de miles de obreros que comenzaron su lucha en 1980, liderados por Lech Walesa, terminaron dando lugar, en el verano de 1990, bajo un régimen multipartidista electoral parlamentario, al moderno Estado polaco, que sirvió de ejemplo a otros países de la Europa del Este que sufría profundos cambios tras la caída del muro de Berlín.

 
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