Una locura

JESÚS HERAS –

Desde un comienzo fue una locura, como locura han sido todos los intentos de Fidel Castro por construir un pie de playa en el Continente. La aventura de Bolivia, recogida por este semanario en un ensayo de quien mejor conoce esa experiencia, Elizabeth Burgos-Debray (cuyo esposo subió a la sierra boliviana con el Che), pone de relieve el error en que el caudillo cubano ha incurrido una y otra vez, al querer trasladar la experiencia cubana a un Continente que a Cuba no se parece en nada. Prueba de ello, que el Che, considerado un intruso por los campesinos bolivianos, irónicamente fracasa, delatado por los mismos que él -en su euforia revolucionaria- pretendió liberar.  Algo similar puede ocurrir acá…

Si usted, amigo lector, se toma la molestia de analizar, columna por columna, el contenido de esta edición, encontrará -como le ocurrió a quien escribe- además de lectura de gran interés, bases suficientes para comprender lo que hemos afirmado.

Varios temas, todos interrelacionados, copan la atención de nuestros escribidores: Las reverberaciones del 26S; la aventura suicida de expropiar inmuebles en construcción;  las implicaciones para la estabilidad del régimen de las denuncias de Walid Makled (páginas centrales); el creciente poder negociador de Juan Manuel Santos; las sintomáticas declaraciones del General Rangel Silva; la debacle en tiempo real que vive la economía venezolana; el cuestionamiento ideológico del Régimen (Entrevista al Profesor Eduardo Vásquez), y el caos terminal al que se encamina el Régimen -según la gente intelectualmente más densa de la izquierda radical (Samán, Aporrea.com, Dieterich, etc.). En fin, un panorama agorero para Hugo Chávez y poco esperanzador para quienes privilegian más su tranquilidad y la arepa que la propiedad, la libertad de expresión y la libertad. Pero retrocedamos el reloj brevemente para comprender todo esto mejor.

El genoma venezolano tiene componentes geofísicos, históricos y culturales muy distintos al cubano. Ambas naciones son caribeñas. Pero hasta allí las similitudes. Venezuela, con sus anchos ríos, profundas selvas, llanos y montañas, también es continental. Y mientras Cuba -como bisagra que fue del poder español hasta finales del Siglo XIX- tiene una subyacente vocación imperial, Venezuela, que se independizó un siglo antes, es de inclinación rebelde y de vocación libertadora. Y existe una diferencia importante adicional. Mientras en los últimos cien años, Cuba poco o nada conocía de democracia, Venezuela vivía, con todas su imperfecciones, más de medio siglo de libertad.

Entonces, trasplantar la revolución cubana a Venezuela, que no otra cosa se ha querido hacer, es figurativamente atravesar al Orinoco por el centro de Cuba. A su paso, el majestuoso río todo lo arrasaría… y al final, sus caudales (los caudales de la revolución) se los tragaría el mar.

Es eso, precisamente, lo que ocurre hoy en Venezuela y lo que recoge esta edición. Son las secuelas terminales de una locura, y el escenario que al Presidente tanto le atormenta.

 
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