Al Che Pereira

Jhonny Castillo

Letras de fútbol

Por: Jhonny Castillo
jhocas10@hotmail.com

Cuando aquel hombre alto y atlético, de casi dos metros de altura y voz de trueno llegaba al periódico causaba revuelo y desconcierto  en la redacción. El marcado acento argentino, sus inquietos ademanes y la irreverencia con la que vestía generaban  curiosidad entre los presentes. Llegaba casi siempre al mediodía, en el conticinio de la redacción, cuando las computadoras callan y los periodistas se disponen a almorzar, ese momento que alguna vez  García  Márquez definiera como la hora  de los fantasmas.

El técnico Che Pereira y el equipo de periodistas

Jamás durante los cinco años que estuvimos encargados de la fuente futbolera lo dejamos de atender, a pesar de saber que casi nunca teníamos espacio para informaciones sobre fútbol amateur, y menos aún para las ligas populares del Sur de Valencia a las que él le dedicó tanto tiempo y esfuerzo.

Estamos hablando de El Che Pereira, uno de los hombres más honestos, humildes y trabajadores que haya tenido la historia de la dirigencia deportiva en el estado Carabobo. El Che dedicó gran parte de su vida a promover el fútbol en los barrios pobres de Valencia, organizó la Liga Industrial y por muchos años se convirtió en un entusiasta promotor de los torneos interbarrios

Este emblemático dirigente deportivo siempre criticó a los alcaldes de  Valencia porque según él, estaban permitiendo la sustitución de  las pocas canchas de fútbol de la ciudad por estadios de béisbol. Una  de sus grandes  obsesiones fue tener un equipo de fútbol profesional que se llamara Magallanes FC, y que llegara a tener más fanáticos que el club de marras.

Cuenta el Che Pereira que se formó como futbolista  en las inferiores del Independiente de Avellaneda de Argentina y luego contratado para  jugar en el  Deportivo Pereira y en el Unión Magdalena, ambos de Colombia. A Caracas  llegó en 1958 y más tarde se radicó en Valencia  donde se dedicó a la promoción del fútbol y a la formación de niños y jóvenes en los sectores  más pobres de la capital carabobeña.

En varias ocasiones lo vimos por ahí, solitario, inquieto y cabizbajo deambulando a grandes zancadas, entre el bullicio y la angustia de la ciudad. Quizás regresando de esas instituciones sórdidas y burocráticas donde siempre iba optimista y esperanzado a implorar limosnas para el fútbol, un deporte por el que aún le palpita el corazón.

Recordamos que hace tres años  cuando ocupábamos un cargo público, nos llevó una carta escrita en excelente castellano y fina caligrafía  dirigida al gobernador Acosta Carlez en las que solicitaba una pensión de vejez para intentar  sobrevivir dignamente. Cumplimos con entregarla y hacerle seguimiento, pero como casi siempre, nada se pudo lograr.

Cuentan que el Che siempre vivió frente a la Plaza Bolívar de Valencia en el Edificio Tarbe. Dicen sus amigos al respecto que cuando alguien le solicitaba la dirección de su casa, enseguida  contestaba que le preguntaran  al Padre de la Patria, quien siempre estaba señalando con la mano derecha hacia su apartamento.

Carlos Del Valle Pereira, nacido en Buenos Aires en 1932, ha sido un eterno enamorado del balompié nacional. Siempre manifestaba que la historia de nuestro fútbol sería otra si la dirigencia hubieran aprovechado el histórico momento cuando  los equipos amateur La Salle  y Loyola, por allá en la década de los cincuenta,  metían 40 mil personas en un estadio. “Aparicio hubieras sido un habilidoso mediocampista, Galarraga defensa central y Vizquel un excelente portero”, solía decir con ironía.

Ya el Che lamentablemente  escucha poco, recuerda menos y ni siquiera puede disfrutar por televisión los partidos de su lejana  Argentina. Ahora pasa sus últimos días en la casa hogar “Buen Pastor”, ubicada en la urbanización La Alegría,  gracias a la ayuda y  gentileza  de sus amigos Guillermo Parra y Antonio Lesmec.

Ayer fuimos a visitarlo para tratar de conversar con él. Lo trajeron de allá del fondo de la  vieja casa y lo sentaron cuidadosamente en un sillón. Ya frente a nosotros intentamos reconocernos con miradas  perdidas  en la nada. Apenas pudimos hablar algunas cosas. Pero ¡qué vaina!: la existencia se va y con ella la memoria.

 
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